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El periodismo de Santiago Colorado

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A Santiago Colorado, el Maestro Colorado, suele vérsele rastreando esos lugares de rituales culinarios populares, orientados por las últimas madrazas del palote o al pie de tiendas de barrio hablando con algunos de sus discípulos, durante largas horas, en las que él acude a su memoria y a su gracia para hacer del instante un regalo de enseñanzas.

Casi nadie imaginaría que está ante uno de los más notables testigos periodísticos de la costa Caribe en la segunda mitad del siglo XX. Y mucho menos ante un modelo viviente del mejor humanismo, de ese que nunca ha apostado su razón de ser al verbo sin límites o a la impostación insoportable, sino al desafío vital, al decoro íntimo, al conocimiento funcional de los saberes y las cosas.

Un obstinado testigo social, un ávido veedor de la cultura, un ojo (y un corazón) apasionado, pero compasivo de los elementos, cambios y celadas de la vida social. Esa ha sido durante más de 40 años, la principal actividad de Santiago Colorado en el ambiente cartagenero. Un testigo incómodo, pero tranquilo que ha alcanzado, a fuerza de contemplaciones arduas y reflexiones personales, el sitio de humanísimo privilegio que sus notas de prensa confirman. Y un maestro que enseña sin esperar a cambio nada distinto a la amistad de su oyente o la respuesta de su lector. 

Colorado inicia su carrera periodística en Cartagena, a principios de los años 50, en El Universal de Zabala y López Escauriaza, proviene de ese periodismo cultural que se practicó en el país, en los años 50 y 60, que creía aún en el juego y el valor de las ideas, y en el deber del periodista con la sociedad. Pocos cronistas locales han conocido la noche de Cartagena como Colorado; pocos la han paladeado con tanto gusto. Pocos disponen de nostalgias tan poderosas. Su infancia montañosa, sus orígenes campesinos y su temprana vocación por la cultura, ocurridas todas en una geografía muy precisa –la del viejo Caldas- lo condujeron a un estado de rebelión sistemática, que en otros ambientes podía ser motivo de exaltación o reconocimiento, pero que a mitad del siglo XX, en un país ya tirado en los abismos de la sangre, podía ser motivo de muerte y lo obligó al exilio, que además de permitirle conocer otros lugares de América, le permitió conocer también el amor definitivo.

(...) Maestro al estilo antiguo: el que educa con el ejemplo, el que no acepta el malentendido de las diferencias de edad, el que puede entender el envoltorio de ansiedad absoluta y desbordamiento pasional e imprudencia que es un adolescente, pero también de creatividad y dulzura.

Es capaz de hallar méritos en seres que no tienen uno solo duradero y en mantener la serena humildad ante arrogantes que sólo podrían presumir del ejercicio atroz de un poder heredado. Colorado incluso, los entiende. Debo decir también que generosamente los inventa.

(...) Colorado escogió un camino difícil, la enseñanza viva y gratuita, la indicación oportuna y respetuosa, la militancia fervorosa en el saber literario, dentro de un taller literario para jóvenes. Cuando fundó el taller literario Candil en la Universidad de Cartagena, muy pocos de sus amigos de generación tuvieron la delicadeza de augurarle éxitos. Uno de ellos dijo: “Cosas de Colorado”. Pero él tampoco lo esperaba. Se dedicó a reunir a un grupo de jóvenes que amaban la literatura y se metió en la aventura de compartir incontables amores y algunos odios literarios, de mostrar caminos, limar petulancias y enseñar las flores y las piedras del sendero.

(...) Otra de las virtudes que provocan sorpresa y admiración, es su maestría oral. Colorado tiene como pocos, el don de la precisión oral. Su tarea de maestro de juventudes ha sido una lucha sin pausas contra las nuevas necesidades contemporáneas, que desvían al joven creador de la fértil penitencia creadora y lo echan en la tarima del artificio inútil y la inútil estupidez, y entonces Colorado defiende la humanidad: “No es fácil ser humilde entre tanto pavo real, muchachos!

* Apartes de una bella semblanza de Jorge García Usta (1960-2005), en el prólogo de su libro “Aún nos queda la Palabra”, de Santiago Colorado( 2002)

 

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