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El poder de los novelistas

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En ese libro, cada uno de esos autores “debía escribir cincuenta cuartillas sobre su tirano nacional favorito”. El proyecto no se llevó a cabo pero de la idea planteada surgieron las novelas Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, El recurso del método, de Alejo Carpentier, y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. Estas tres novelas escritas y publicadas en la década siguiente a la convocatoria que hizo Carlos Fuentes y Vargas Llosa son las exponentes más destacadas de la denominada novela de la dictadura, que consiste en el aporte que ese género hace de una realidad política dominante en una Latinoamérica común a los tres autores.

Después de haberse efectuado la independencia del dominio español, los distintos países que conformaban la colonia española quedaron a merced de las luchas frontales entre una oligarquía dominante descendiente de españoles y unas bases populares empobrecidas, compuestas por mestizos e indígenas. Esto trajo como consecuencia que se dieran continuos golpes de estado y que se siguiera imponiendo en los gobiernos la voluntad del rey, en el caso de España, y la influencia del dominio ingles y francés. Luego vendría la injerencia de Estados Unidos en la política interna de estos países, llevada a cabo por una imposición en el poder de figuras que garantizaran la protección de sus intereses. Así nacen las dictaduras en esta parte del continente, y la novela aparece como una forma de apartarse de la historia oficial que ha sido contada desde el mismo poder, para reescribir la historia menos conocida y menos divulgada. Refiriéndose a eso Raimond D. Souza afirma que “son muchas las vertientes que utilizan los escritores contemporáneos; sus perspectivas son optimistas o pesimistas, ya que niegan o afirman sus herencias, pero en todo caso la historia es considerada como una carga que debe ser revelada, dominada, negada”.

Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, relata la historia de un Paraguay sometido por la tiranía de Gaspar Rodríguez de Francia, el doctor Francia, durante 26 años, entre los años 1814 y 1840. Esta dictadura arrasó con las aspiraciones de los paraguayos del común, y censuró la libre expresión a través de un elaborado sistema de espionaje. El supremo cerró las fronteras del país para impedir que el pueblo huyera de sus desmanes. Un número considerable de ciudadanos fue privado de la libertad y sentenciado a la desaparición forzada. La cámara de la verdad era una tortura que se usaba contra los sospechosos o quienes el régimen señalaba como sus enemigos. Su calificativo de “Supremo”, obedeció a la decisión del congreso paraguayo que en 1820 lo declara gobernante de por vida.

“El tema del poder, para mí, en sus diferentes manifestaciones, aparece en toda mi obra, ya sea en forma política, religiosa o en un contexto familiar. El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros. Es una condición antilógica que produce una sociedad enferma. La represión siempre produce el contragolpe de la rebelión. Desde que era niño sentí la necesidad de oponerme al poder, al bárbaro castigo por cosas sin importancia, cuyas razones nunca se manifiestan”, dijo alguna vez Augusto Roa Bastos, y basta leer su novela para darse cuenta que su prosa fue puesta al servicio de la denuncia de esa dictadura despiadada que tuvo su réplica en otros países de Latinoamérica. En Yo, el supremo, el premio Cervantes de 1989, confronta la realidad con el mito en una extroversión verbal que procede de muchas fuentes.

El recurso del método del cubano Alejo Carpentier, abarca quince años en la historia de un dictador inspirado en los muchos que gobernaron en Latinoamérica. Este es un tirano ilustrado que deberá enfrentarse a intentos golpistas de sus generales y a la oposición de sus contradictores. Este dictador afrancesado, el Primer Magistrado como lo llama Carpentier tiene a su alrededor a su hija Ofelia, a su amante la Mayorala, a su secretario Peralta y al general Hoffman, personajes que al final no podrán mitigarle los fracasos que deberá rumiar en su ocaso de Paris. Este dictador no es una figura histórica y no tuvo existencia real como el Supremo de Roa Bastos, sino que es una amalgama de todos los que se impusieron en este lado del mundo. El título de la novela está inspirado en René Descartes, por eso cada capítulo se inicia con un epígrafe que contiene el pensamiento del filósofo francés.

En El otoño del patriarca, en bloques narrativos carentes de diálogos y puntuación, Gabriel García Márquez, cuenta de manera retrospectiva la historia, desde su agonía final, de otro tirano de un país incógnito de Latinoamérica. Este Patriarca de García Márquez estuvo inspirado también en varios dictadores de la vida real, pero el mismo autor llegó a confesar que quien más influyó en la concepción de su personaje fue Juan Vicente Gómez, el dictador que tiranizó a Venezuela desde 1908 hasta el momento de su muerte en 1936. Esto le afirmó a Plinio Apuleyo Mendoza en el libro de entrevista El olor de la guayaba: “Mi intención fue siempre la de hacer una síntesis de todos los dictadores latinoamericanos, pero en especial del Caribe. Sin embargo, la personalidad de Juan Vicente Gómez era tan importante, y además ejercía sobre mi una fascinación tan intensa, que sin duda el Patriarca tiene de él mucho más que de cualquier otro. En todo caso, la imagen mental que yo tengo de ambos es la misma. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que él sea el personaje del libro, sino más bien una idealización de su imagen”.

Por la estructura y por su lenguaje, El Otoño del patriarca es considerado un extenso poema en prosa. En esta novela el autor recrea el itinerario de una autoridad desaforada, transformada en manos del tirano en arbitrario autoritarismo que termina siendo un poder solitario, huérfano, y vacío.

¿Y qué de las otras dictaduras más recientes? Todas de una vertiente u otra, derecha o izquierda pueden perfectamente caber en los universos literarios de las obras citadas, porque en cualquiera dictadura no hay líderes sino caudillos, no hay voluntad popular deliberante sino acaudillados, y la democracia termina moldeándose en las manos de estos tiranillos en una figura constitucional mancillada.

vergaraglenda@hotmail.com

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