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El secreto

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De niño, la bruma y el rocío marino habitaban el patio del barrio El Cabrero en una fiesta de cumpleaños.

Un patio inmenso de una casa de puertas largas que, con sus paredes cargadas de salitre, le daba la espalda al mar. Por eso no me olvido del hueco que había en la pared de aquel patio. Un color verdoso, lechoso me daba la impresión de que aquella casa moría, pudriéndose poco a poco. No me acuerdo quién cumplía años, pero, Ana Felicia, una de sus  tías – abuelas solteronas no paraba de reírse como una bruja desdentada y metida en un traje de rombos blancos y negros. Por el hueco de la pared del patio se veía el mar. Primero la avenida Santander y un poco más allá esa masa marina a la cual profeso respeto y miedo.

Me da vértigo Marbella. Al final del siglo me encontré dentro de una de esas casonas llena de una soledad aguda y más aguda aún porque allí vivía un ermitaño isleño, negro, rasta. A pesar de la soledad era una casona alegre, quizás porque la hicieron con la fachada de frente al mar. Pero aún así presentía la tentación de una entrega fatal que ocurriría en cualquier momento, sin anuncio alguno. Al caer la tarde la luz de las velas podía atenuar el vértigo y fue cuando decidí tomarle fotos, por las luces. Las luces de aquella casa en Marbella dijeron el carácter a todas horas: el color de la bruma de madrugada, el color de las sopas al medio día, el color del hambre al aproximarse el final de la tarde y el color de la gente por la noche. La misma casa viajando por los sentidos, hasta que un día, por el periódico me enteré. El rasta huyó de la policía, corrió hacia el espolón y no regresó jamás.

Por más que me esfuerzo no logro acordarme cómo conocí al pintor gringo de Marbella. Lo que no se me olvida es que siempre he visto al hotel Bellavista de lejos. Nunca me atreví a entrar hasta que conocí a Tim, el pintor. La casa del cumpleaños despareció hace tiempos, convertida en un desobligante edificio. La casa del ermitaño rasta la modernizaron y la encerraron sobre sí, a punta de aire acondicionado; pero, el hotel, ahí. Ha sido lugar preferido de gente que crea, que le regala al  mundo cosas de apariencia inofensiva: una novela, un repertorio de cuentos, puñados de canciones y de poemas, las pinturas de Tim y las ganas de hacer una buena película ambientada en los años setenta, un domingo a las cuatro de la tarde, que es la hora del ahogado. La hora del vértigo que les vengo diciendo. Cuando entré a los aposentos de Timothy Hall me encontré de frente con un cuadro que, sólo hasta hace unos días, me enteré que se intitula: “Un toque del Caribe”. Yo de pintura no se un carajo, pero, aquella obra nunca se me borró de la cabeza, es un óleo sobre lienzo y lo que más me sedujo fue el realismo de la expresiones de la gente que pintó Tim. Un montón de negras y de negros disfrazados y en plena algarabía callejera, vespertina. Todos lucen atuendos coloniales, lo que magnifica los gestos. Eso es lo que me parece inolvidable. Los gestos tan barriales, tan de aquí. Hay un man, por ejemplo, hablando por un celular de embuste en postura de ejecutivo importante; hay antifaces con las manos; hay cojos, niños, viejos. Hay vendedores ambulantes y todos vienen de frente, poniendo el pecho. Hay gente escondida. Hay chisme y hay burla. Uno siente que todo ese pueblo pintado ahí desconfía de algo, desconfía de los poderosos. Ya van hacer casi veinte años que vi por primera vez el cuadro y no sabía cómo iba terminar, hasta cuando lo vi de nuevo el lunes pasado.

La exposición pictórica El Secreto, de Tim Hall, se organizó en el Palacio de la Inquisición en este abril que acaba. “Un toque del Caribe” forma un altar junto a un par de cuadros más. Un altar de la vida, de la cultura del pueblo y parece una foto. Es decir, al menos yo, me veo ahí. Hay otro conjunto de cuadros donde la gente se secretea cosas. El lunes pasado en la Inquisición encontré partes de las casonas del barrio El Cabrero puestas en algunos cuadros de Tim: balaustres, calados, ventanas, puertas largas y el hueco en la pared en aquel patio de mi infancia, una tarde de cumpleaños: el cuadro se llama “Nos queda la pregunta”.

ricardo_chica@hotmail.com

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