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El troncomóvil

El año pasado tuve una experiencia profesional que me acercó mucho al gremio de los arquitectos restauradores de la ciudad. Se trata de un puñado de pensadores que me cambiaron la visión sobre lo que significa Cartagena.

Uno los ve como rescatistas de casas viejas que no piensan en el resto de la ciudad. Lo cierto es que son especialistas en un lenguaje caído en desuso. Y eso requiere talento que se forma en la pasión, en la imaginación, en la inventiva, en la rigurosidad y en la idoneidad.
Son profesionales que sólo se pueden formar en Cartagena, en virtud de su objeto de estudio, el cual es una pieza única en el mundo como es el Centro histórico. Se apoyan en cierto enfoque histórico que valora el corralito de piedra como un texto que “habla” y revela sus fascinantes secretos. Por ahora tienen una visión fundamentada en un enfoque tradicional de la historia; es decir, aquel enfoque que valora solamente los aspectos económicos y políticos privilegiando el papel de las élites. Digo por ahora porque están comenzando a visibilizar y resaltar en sus debates el papel de los sectores populares en la historia que acaeció en nuestra ciudad vieja y muchos aspectos de su vida cotidiana. Los arquitectos restauradores, finalmente, articulan las dinámicas urbanas de la actualidad con un material tan delicado y tan maltratado como el Centro.
Un buen día tuve el honor de embarcar en mi chicamóvil azul, a un gran arquitecto restaurador como Fidias Álvarez –dicho sea de paso, fue quien restauró el parque Bolívar en el 2000. Se imaginarán ustedes que en mi trasegar automovilístico, se conversa mucho. Íbamos atravesando una parte de la Cartagena profunda. Estábamos en la intersección marcada por el semáforo donde se cruzan los barrios de El Campestre, Almirante Colón, Los Caracoles y un sinnúmero de sectores barriales. Caía la tarde. Mientras esperábamos el cambio del semáforo, nos agarró un silencio inesperado. Metí primera y arranqué. “¿Qué te comunica esta parte de la ciudad?”, me preguntó Fidias. “Desorden” Contesté. “Nada. No dice nada” replicó el arquitecto. Y un silencio infinito prosiguió su sentencia. Ya sabía desde dónde hablaba Fidias. Habló desde la ética y la estética del lenguaje arquitectónico, lo que implica un profundo respeto por la gente y el hecho social de lo que significa vivir en una casa, en una ciudad y en sus edificios. De repente, frente a nosotros pasó el Troncomóvil. Recuerdo con claridad que lo miramos, pero la agenda de conversación iba por otro tema.

En los días de Semana Santa pasada asistí al delicioso ritual que se oficia en la mesa de fritos de la Señora Nubia, allá en el Almirante Colón. Esperaba la confección de una arepa con huevo, entregado sin remilgos al sabor del queso envuelto en una carimañola. Cuando apareció el Troncomóvil. Se trata de un trencito de cinco vagones diseñados como el carro de la familia de Pedro Picapiedra. Un convoy jalonado por un campero disfrazado de dinosaurio, cuyo claxon suena con estridencia de vaca vieja. Tal cual como lo había visto la primera vez, el aparato iba con todos los puestos ocupados por niñas, niños, jóvenes, abuelos, abuelas, mamás y papás. Luces fosforescentes de color verde iluminan su interior. Todos parecen marcianos contentos.
El Día de la Madre me fui a Los Corales a comer un shawarma trifásico, aprovechando que mi adorable esposa está en estricta dieta con magníficos resultados. Lo de trifásico es por el chorizo, el cerdo y el pollo. Me acuerdo que cuando llevé a Fidias, enloqueció con la sazón. Ya iba por lo mejor de aquella vianda, es decir, a punto de deglutir el último pedacito, cuando apareció el Troncomóvil verde dinosaurio, esquivando los escombros de la ampliada carretera del Bosque. En el estribo del último vagón iba guindando un sparring con su respectivo chaleco de mototaxi. La gente iba feliz. El chofer tocó el claxon con fuerza. Los comensales y los transeúntes no se cansan de mirar su trayectoria. El Centro histórico es invaluable, sin duda, porque fue pensado con sabiduría admirable. Pero ¿Qué significa vivir en una Cartagena que no fue pensada para la gente? No queda más remedio que atribuirle sentido a un montón de cemento desordenado. Con la comida, con la bebida, con la música, con el baile y ahora con el troncomóvil. Vale dos mil pesos la boleta.

ricardo_chica@hotmail.com

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