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El Tuerto López: Mirada única

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Las generaciones posteriores, descendientes de los aludidos, tampoco se lo perdonaron e insistieron en la perversión de inventarle un destino torcido al poeta, como venganza por desnudar a Cartagena y a los cartageneros: Es que ese Tuerto López era un borrachín. Es que ese Tuerto López era un vulgar hazmerreir de la comarca. Un payaso. Un hombre inofensivo que hace reír. La malintención y tergiversación de una visión estética se volvió una infamia, una mirada de soslayo, un desprecio, una mentira repetida y aceptada incluso por académicos y despotricadores del poeta.

Sesenta y dos años después de su muerte, el poeta Luis Carlos López no descansa en paz. La ciudad y el país siguen en deuda con él. No pudieron soportarlo ni sus propios amigos.

      López solo publicó cuatro poemarios: “De mi villorio” (1908), “Posturas difíciles” (1909),  “Varios a varios” (1910), en colaboración con Manuel Cervera y Abraham Z. López Penha, y “Por el atajo” (1920), libros que le merecieron ser “el más importante  poeta en el siglo XX  colombiano posterior al modernismo”, según el crítico Ángel Rama. Y la exclamación de Rubén Darío: ¡Admirable! Es un gran poeta, indiscutiblemente un gran poeta. Ante estos muchachos que vienen percibo la sensación de que voy pasando de moda y que en breve, tal vez, Lugones y yo seremos el número de los clásicos”.

     Su mirada no esquivó a nadie, ni siquiera a sí mismo. Por sus poemas cruza la villa amuralla de San Pedro Claver, “donde han nacido Rafael Núñez y Antonia La Pelada”, cruza la ciudad y  sus habitantes: retrata al político que parece un perro escarbando en la basura, al cura que tiene pelo en pecho y vende al interés los diezmos de la semana, al comerciante mezquino y codicioso, a la solterona de provincia mirando tras la ventana, a Dorotea que al verla daban ganas de correr, se describe y se burla de sí mismo, retrata a su madre que desde niño le tomaba el pulgar de su mano derecha para enseñarle a rezar y al evocarla en su soneto A mi madre,  confiesa que “he mamado la leche de mi raza: hoy no puedo sin sentir un espasmo de fanático miedo, acostarme de noche sin ponerme a rezar. Y como soy muy triste, como soy muy huraño, me dan ganas a veces de meterme a ermitaño… ¡Pero temo que al bosque me siga mi mamá! 

     Perfila a su amigo Jacob del Valle, Rey del Bodegón, con su “olfato comercial agudo y fino, tipógrafo y masón… y asegura que su tatarabuelo fue un rabino… Hitler no pudo verlo ni en pintura… no sé por qué razón este ladino señor original de alta estatura, le tiene un odio formidable al vino y ante un sancocho pierde la cordura”. A veces, se vuelve despiadado en sus retratos como en el poema Se murió Mussolini,un perrito de una amiga, que enterraron debajo de un caimito. Por qué Señor, por qué- clama el poeta- por qué se muere un can hermoso y no se muere un tal Ernesto Posso? Cosas de Dios, que no comete un yerro, según dice en su epístola San Pablo, que le quita la vida a un pobre perro y le deja la vida a un pobre diablo”

    Cartagena es retratada en Mi burgo, con un epígrafe que es una plegaria aún vigente en los labios de Jeremías: Señor, ten piedad de tu pueblo y sálvalo de la ruina. Cartagena sigue intacta allí lo mismo en 1940 que en 2012: Los mismos rudimentos de hace tres siglos… Nada de una protesta. Todo completamente igual. Callejas, caserones de ventruda fachada y un sopor, un eterno sopor dominical. Población anodina, roñosa, intoxicada de incuria- aquella incuria del tiempo colonial- con su falsa nobleza de acéfalos, minada por el fraile y la hueca política venal. Pobre tierra, caduca tierra que tanto quiero, que hoy rumia mansamente su estolidez, venero de las intransigencias del medio parroquial que aún vive- si es acaso vivir en la atonía de lo incurable- bajo la risueña ironía de un cielo azul, de un cielo siempre primaveral!...

    Su percepción rescata y desmitifica héroes locales y salva de la desmemoria criaturas populares de la Cartagena de su infancia como Antonia La Pelada, que cuando él tenía seis años, salía por las calles de la Cartagena de 1885 a pregonar su defensa de  Rafael Núñez, que en aquellos días en que los rebeldes de tomaron la ciudad, Núñez decide sitiar a Cartagena. El poeta recuerda a Antonia La Pelada como “una negra muy conservadora y muy simpática, demasiado popular, que para aquellos años de 1885 y 1886 era ya muy vieja. Su pelo prieto de negra pura no crecía, por lo cual la llamaban La Pelada: iba por las calles saludando a todo el mundo y danzando. Era una grandísima admiradora de Núñez, y cuando el cañón retumbaba en las refriegas del 85, Antonia La Pelada bailaba por las calles de La Heroica, un poco más descubierta que Tórtola Valencia, ebria de gozo por el triunfo. Era un producto raro de Cartagena, como Rafael Núñez. Por eso la he colocado yo a su lado”.

      Pero López, incomprendido por sus contemporáneos, fue en esencia, una sensibilidad excepcional en Cartagena,  un hombre con un sentido profundo del humor que salía sus entrañas, de adentro a afuera, con una desoladora e iluminada carcajada sobre el mundo. Él mismo se definía como un ser “conmovido por dentro y burlón por fuera”. Y en uno de sus versos se califica de “bisojo, medio cínico, de cáusticas sonrisas de Voltaire”. Su visión trágica del humor se había nutrido de muchas fuentes, entre ellas, del filósofo Schopenhauer, Nietzsche. Uno de sus libros predilectos era El sentimiento trágico de la vida, de Unamuno. El poeta cubano Nicolás Guillén fue uno de los primeros en referirse a la paradoja de su “carcajada dolorosa” de López, cuando conoció en Cartagena en 1946. Guillén lo invitó a Cuba diciéndole que allá lo admiraban muchísimo, pero López, escurridizo, huraño, le inventó que él ya no se movía sino de su casa de Manga hasta El Bodegón,  le inventó la excusa de que ya no era fácil movilizarse a sus 75 años. López  era “un filósofo del desencanto y un quijote del trópico”, ha dicho Juan Gossaín. Una de las  sentencias Schopenhauer, figura en un epígrafe de su libro Posturas difíciles: “Nadie puede mandar al poeta que sea noble, elevado, moral, que sea o deje de ser esto o lo otro; porque es el espejo de la humanidad y presenta a ésta la imagen clara y fiel de lo que siente”.

Pero no todo es ironía en la poética de López. Su epifanía descubre la belleza y la resuelve en tres líneas, como en ese poema a Sara Román: Oh, divino contraste la locura: ¡Tu hermosura es un bálsamo a la herida que hiciste al corazón con tu hermosura! Pero también  es implacable al desnudar el artificio que se viste de aparente belleza. En el poema: Y eres traidora: Nadie remotamente se imagina tu matinal rubor, ese rubor disuelto en pinceladas de anilina, producto de farmacia y tocador. Deleitas el olfato con tu fina fragancia, noble y arrogante flor de papiro- sutil treta supina de gitano prestidigitador: Pesar que  asoma en ti, pesar que vuela lejos, con la jocunda francachela de tu risa de hueco cascabel. Y aunque finges reír con el que llora penas del corazón, eres traidora como la cerradura de un hotel.

    Lo inesperado y cómico de la cotidianidad es descrito también en una escena instantánea, de un intenso poder visual,  digno de un cortometraje, un cuento o un episodio teatral. Puede uno imaginarse a la muchacha que pasa en el poema Apuntes callejeros: Oh que moza flexible y sandunguera de pueblo, alegre como un cascabel, y con algo de avispa y de pantera! Ojos como brasa y boca de clavel. Con qué garbo, pindonga y zalamera cruza la multitud. Y don Abel surge al paso gentil de la hechicera--- ¡Qué chica hecha de sal y hecha de miel! Don Abel agiotista adinerado, voluminosamente colorado, le suelta un beso a la muchacha: está sudoroso, la faz congestionada… Y ella le grita, en una carcajada, vibrante y juvenil: ¡Adiós, papá!

El poeta se burla de todo,  de su retrato de perfil como “una coma y un signo musical, bajo un violento golpe de luz, la oreja”, ironiza sobre su escritura y sus libros: “Mi libro, este librejo destila amargo dejo y es, cual lo complejo del vivir interior, mezcla de mal olor y un aroma de flor”,  se burla “de las provincianas vidas que florecen como las patatas”, de su española raza y de su origen vasco por todos los costados, de  su deseo de quedarse viviendo en un rústico corral, “para vivir, durmiendo en el olvido de las mezquinas luchas cotidianas, como bajo el influjo de un cloral”, de la prosopopeya de los cortejos y la solemnidad con que hemos mirado y leído a los escritores consagrados, y les hace decir cosas que jamás dijeron solo con la intención de bajarlos de su panteón y humanizarlos y confrontarlos.

Nietzsche escribe: Y después dijo el asno: I-A”, Hamlet llega a decir en uno de sus epígrafes que “este siglo está dislocado”, Proudhon se pregunta ¿Qué es la propiedad?,  Tasso, “confieso que estoy loco”, Peter Altenberg “ten valor para tus desnudeces”,  Unamuno: Libértate, Señor. San  Juan Crisóstomo: El rico es un bandido. En las pocas entrevistas que concedió en su vida, se burló todo el tiempo de sí mismo e inventó obras que jamás había escrito ni soñaba escribir, hasta el punto que despistaba a los estudiosos de su obra, inventando títulos a sus obras, como el cuento popular La vaca peluda y  las novelas  El Huerto de Nazareth, Proscenio bárbaro y María Paz. En 1909 anunció luego de la aparición de Posturas difíciles, que estaba escribiendo una novela que se llamaría Los indefensos. En 1918 le volvieron a preguntar en una carta por esa novela y no respondió. Más tarde el periodista cartagenero Aníbal Esquivia Vásquez le insistió y López respondió: “Tengo adelantados algunos capítulos y espero un nuevo consulado en el Tibet para terminarla”.  Ese espíritu juguetón, burlón, mordaz, satírico, lo lleva a desmitificar a poner en los labios de los grandes escritores y pensadores frases que jamás dijeron.  A Víctor Hugo  lo trae con picardía a uno de los balcones cartageneros: Asómate a la ventana para tirarte un limón, epígrafe de su Serenata, una visión de la mujer amurallada en sus temores y prejuicios, vulnerada desde la Inquisición a no expresar su propia sensualidad y sexualidad: ¡Ay, Camila, no vuelvo ni al portón de tu casa, porque tú, la más bella del contorno, me matas con promesas que saben a bagazo de caña! ¡Nada valen mis besos y achuchones! ¡Y nada si murmuro en tu oreja, tu orejita de nácar, cuatro cosas que tumban bocarriba a una estatua! ¡Ah, te juro que nunca tornaré por tu casa, ya que tú, más bonita que agridulce manzana, tienes, ¡ay! La simpleza del icaco y la guama! ¡Y eres más que imposible, pues tus mismas palabras son candados, pestillos, cerraduras y aldabas de tus brazos abiertos y tus piernas cerradas!

Su palabra es una lección de limpieza y profundidad verbal.   A uno de sus amigos le escribe un poema invitándolo a abandonar el artificio de unas metáforas huecas y cursis. La verdad del epígrafe y del poema a su amigo Luis Carlos Visbal es de una desnudez contundente: Luis Carlos Visbal, fabricante de calcetines y, desgraciadamente, eximio poeta: Tira los libros y huye de la literatura, legándoles a otros bardos, colega sin igual, “la sonrosada aurora”, “la negra desventura”, “los ojos de azabache”, “la boca de coral”… No hagas más lindos versos. ¡Deja esa chifladura! Fabrica calcetines, engorda tu caudal, pues hoy- y te lo dice tristísimo este cura- se pierde mucha plata zurciendo un madrigal. De niño, no previendo tu lírico calvario, ¡Cómo te asesinaron con el abecedario, sin ver, mi viejo amigo, pues no pudieron ver, que tú mejor hubieras querido ser un cero, para un lugar de un cráneo llevar altivo y fiero sobre tus hombros una cabeza de alfiler!

    Pero de las percepciones cotidianas, callejeras, mundanas, el poeta descubre lecciones de una inusitada e inquietante soledad existencial. Veamos En la penumbra: A la intemperie mi alma. ¿Quién me abriga, quién me da de esperanza algún destello? Y apuré con mis fardos de fatiga la sed caliginosa del camello. Te vi… pero  te vi bajo la ortiga de tu sayal, tu escapulario al cuello, con el cilicio, que a Satán fustiga, y la profanación de tu cabello… Sentí, por el Nirvana de tu influjo mi espiritualidad. Wagner, el brujo, interpretó la dualidad de un treno en la pequeña nave de la ermita donde tú, buena Hermana Carmelita, me hacías bueno, extrañamente bueno.



      Los últimos años del poeta los vive en la pobreza en una modesta casa del barrio Manga. Aturdido por la escasez le escribe el soneto Varillazo a su amigo Daniel Lemaitre, en la que no es capaz de prestarle dinero sino ofrecerle en venta una sortija de poco valor. La pena desigual de mi bolsillo, que no porta ni un céntimo, me fija la obsesión de llegar a ser un pillo si no quieres hacerte a la sortija que ahí te voy a mandar, es un anillo que finge una pequeña lagartija con dos ojos… ¡Verás que por el brillo de sus ojos no es una baratija! Porque tú, gran pintor, músico, poeta, aeda, y un famoso industrial, que no se hospeda sino en la magnitud de sus ingresos, bien me puedes mandar – pero no a trueque de la sortija- un apreciable cheque por una suma de unos cuantos $

   El poeta soñó poco antes de partir en publicar su obra completa con el título Algo es algo. Autorizó al amigo y periodista Aníbal Esquivia Vásquez, Ave, reunir algunos de sus poemas inéditos y otros muy conocidos en una antología de solo quinientos ejemplares, que finalmente apareció en 1946, cuatro días después de sufrir un derrame cerebral.

El poeta murió cuatro años después, de una insuficiencia cardíaca,   a las nueve y diecisiete de la noche del treinta de octubre de 1950. Murió a sus 71 años, con la ilusión de poder comprar algún día la casa donde había nacido en la Calle del Tablón un 11 de junio de 1879. La casa nunca pudo sucumbir a su destino comercial: ha sido a lo largo de estos sesenta y dos años, ferretería, almacén de baratijas, tienda de miscelánea.

Eloy, el muchacho que hoy atiende la tienda donde alguna vez el poeta vendió cebollitas en vinagre, sospecha de la grandeza del fantasma que habitó esa casa por la gente que viene a preguntar por ese famoso tuerto que jamás fue tuerto sino bizco y supo mirar en el tiempo el espíritu de los cartageneros. La casa soñada se ha encarecido por la magnitud eterna del fantasma.



***



Las interpretaciones críticas y juiciosas de la obra de López tardaron en revelarse. En 1962 el poeta Jorge Zalamea Borda publicó La comedia tropical (selección de la poesía de López) Ediciones Nueva Prensa. En 1972, el crítico Guillermo Alberto Arévalo publicó Obra poética (edición crítica), Publicaciones Banco de la República. En 1982 Valencia Editores reeditó la obra crítica de Arévalo, que aportó una visión analítica y de conjunto a toda la obra de López.

Arévalo precisa que en la obra del poeta aparece la naturaleza, en su primera época,  dibuja el paisaje como si pintara una acuarela en tonos ocres y grises (el apunte es de Eligio García), tonos parecidos a su coterráneo el acuarelista Hernando Lemaitre. Y Arévalo nos recuerda que el poeta fue alumno de dibujo y pintura del más grande retratista colombiano Epifanio Garay en 1887, quien luego sería el primer director de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena. Este dato poco difundido, dice Arévalo, “ayuda a explicar su capacidad plástica”, a la hora de forjar sus poemas. Ese mismo aspecto alude Jorge Zalamea, cuando señala que “el poeta cartagenero pintó en todos sus detalles, con una alucinante precisión neorrealista, el escenario de su comedia tropical- o de su farsa, si se prefiere”.

Otro aporte definitivo a la interpretación y comprensión de la poéticas de López la hizo el norteamericano James Alstrum en su libro “La sátira y la antipoesía de Luis Carlos López”, publicado por el Banco de la República en 1986. Dice Alstrum que “el rompimiento con la lírica convencional en la obra de López marca un hito en la historia de la poesía hispanoamericana, porque representa el primer ejemplo verdaderamente creativo que ofrecía la antipoesía en América Latina. El lenguaje en sí es la ruptura; lenguaje que aparece construido a base de voces populares y prosaicas, sitúa lo poético al alcance del hombre común y hace poetizables todos los aspectos de la vida cotidiana. El interés que debería tener la antipoesía de López para nuestro tiempo no estriba solamente en su carácter de obra precursora, sino en el hecho de que presenta una visión tragicómica y antiheroica de un mundo en el que el hombre moderno sufre, en parte, porque está aburrido y no puede creer en casi nada”.

La aparición en 2011 del libro “Luis Carlos López. Poesía completa”, publicado por El Áncora Editores, con prólogo de Juan Gossaín y epílogo de Guillermo Alberto Arévalo, es sin  duda, el más reciente y deslumbrante aporte a la obra general de Luis Carlos López, en el camino de reividicar su lenguaje y su criterio estético. Hoy, se le reconoce como una de las fuentes que nutrió la mirada de los nuevos narradores y poetas del Caribe colombiano y el país, en  la segunda mitad del siglo XX, los retratos humanos de la Cartagena de su tiempo perviven por sus calles con los rasgos morales que él mismo desnudó y satirizó. Y la caterva de vencejos, esos cartageneros que como pájaros negligentes, empollan y se echan a dormir, y cuando quieren echarle la culpa a alguien tienen  a Morillo el sitiador de la ciudad o a Pedro de Heredia, el fundador español de Cartagena. Pero los propios sitiadores están aquí entre nosotros. Cuánta falta hace la mirada oblicua y esencial del Tuerto López. Qué dolorosa carcajada frente al mar.



   

* Palabras en el homenaje a un nuevo aniversario del gran Tuerto López, organizado por la Fundación Casa de Poesía Luis Carlos López, en junio de 2012.

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Comentarios

Gracias por tan grande y

Gracias por tan grande y hermoso articulo dedicado a quien supo captar la esencia de Cartagena la Heroica, de un mundo que subsistio hasta hace unos cuarenta anos, y que ha desaparecido bajo el manto oscuro del abandono y del crecimiento desordenado. Pocos has podido capturar a Cartagena como lo hizo el Tuerto.