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El último niño de Pompeya

Por: Mónica Bilbao

La mítica ciudad de Pompeya (sur de Italia) sigue arrojando señales de lo que ocurrió durante la erupción del Vesubio que la sepultó hace dos milenios. La última, el esqueleto de un menor que trató de esconderse del fuego y la ceniza que acabaron sentenciando la urbe.

Son los primeros restos de un cuerpo humano hallados en 20 años entre las polvorientas piedras de este yacimiento frente al Golfo de Nápoles y hay que remontarse 50 años atrás para datar la última localización de un menor.

Los expertos ya han empezado ha estudiar esta estructura ósea que se presupone de un niño o niña -aún se desconoce el sexo- de entre 7 y 8 años y que ha sido hallada prácticamente completa, con la excepción de una parte del tórax, la mandíbula y fragmentos de las piernas y brazos.

El cuerpo fue localizado en una sala de las Termas Centrales de Pompeya, adonde corrió a cobijarse en el momento en que vio llegar la lluvia de arena, rocas, ceniza y fuego, según una primera reconstrucción del Parque Arqueológico.

Ahí, en medio del caos, se acurrucó contra una pared para esperar a que toda esa nube tóxica pasara, pero fue en vano, pues la erupción acabó aniquilando y sepultando toda forma de vida en esa ciudad y en otras vecinas como Herculano y Estabia.

En este sentido, la teoría es que se encontraba en un espacio cerrado pues sus huesos han sido hallados inmersos en cenizas (flujo piroclástico) y no entre piedras volcánicas.

Su esqueleto fue encontrado “de forma fortuita e inesperada” durante las labores de limpieza del área y estaban bajo una capa de diez centímetros de sedimentos de los que primero asomó el cráneo y después su huesos.
Por ello el director del parque arqueológico, Massimo Osana, calificó este descubrimiento de “extraordinario” y afirmó que concede “una fuerte emoción”.

Los huesos fueron trasladados al laboratorio de investigación aplicada del Parque Arqueológico, donde comenzarán los análisis preliminares para despejar las numerosas incógnitas que envuelven la vida del pequeño.
Entre las pruebas se medirán los huesos y se buscarán improntas de sus ya desaparecidos músculos para tratar de discernir si realizaba trabajos físicos, transportaba peso o si hacía algún tipo de deporte, de lo que se podría concluir también su clase social.

Para determinar con mayor precisión su edad, se estudiará su dentadura y otras pruebas arrojarán luz sobre si sufría algún tipo de patología.

Para esclarecer su sexo, los expertos tendrán que afanarse más pues las formas óseas que determinan el género no están definidas aún en edad infantil, por lo que será necesaria una segunda fase de análisis genético en caso de que se halle material en buen estado.

La responsable del laboratorio, Alberta Martellone, consideró que el estudio de esta pequeña víctima del volcán “será fundamental para reconstruir la composición y el estado de salud de los habitantes de Pompeya en el 79 d.C”, el año del desastre.

“Los resultados podrán proporcionar una mayor contribución al conocimiento de la historia de la ciudad antes de que la erupción la cristalizara”, resaltó la arqueóloga.

Otro de los interrogantes a despejar es por qué estos restos no habían sido aún extraídos pues se cree que ya en las excavaciones realizadas en el lugar entre 1877 y 1878 ya fueron localizados pero “inexplicablemente” no fueron recuperados.

“Tendremos que reconstruir lo que sucedió: si los trabajadores de esa época eran escasos o muy respetuosos y no querían cavar, dejándolo hoy a nuestras tecnologías, o si sucedió algo más”, comentó Osanna.
Pompeya, descubierta en 1748, es una de las joyas arqueológica del mundo y, dado el repentino suceso que acabó con ella, permite gracias al hallazgo de cuerpos estudiar la rutina en la ciudad.

“Normalmente los datos antropológicos que nos llegan de la historia son de individuos muertos y hallados sepultados en las necrópolis. En el caso único de Pompeya nos encontramos, por contra, ante restos humanos de individuos en plena vida”, dijo Martellone.

Por eso el estudio del último niño de Pompeya “permitirá abrir un retrato de la población viviente en la época, que en ninguna otra situación habría sido posible”, para seguir así ahondando en los misterios que la ciudad guarda entre el polvo y las piedras.

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