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El último viaje de Esthercita Forero

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Con las claras del día, antes de hacer la última pitada en el pueblo, el Bus de Quito recorría las calles somnolientas de San Jacinto en busca de noticias para llevarlas frescas a Barranquilla  en su periplo que por más de cuarenta años cumplía diariamente desde las cinco de la mañana, tronara, lloviera o relampagueara.

Álvaro Acosta, el conductor de aquel Bus entrañable, que se parqueaba entre 8  y 11 de la mañana en La orilla del caño de la Ahuyama, en la intercepción de la calle 30 con la carrera 46, era el mejor chismoso del mundo. No sólo recogía pasajeros por encargo, sino ambulantes, razones de boca, mandados y encomiendas para el San Jacintero que como el Viejo Miguel, se habían ido a Barranquilla en busca de consuelo, paz y tranquilidad.  Eso creían quienes copiaban al pie de la letra la canción de Adolfo Pacheco, porque en realidad se volvían un mar de nostalgias que solo apaciguaban visitando diariamente al bus, para que Acosta les contara los últimos acontecimientos del pueblo. De tal modo, que consciente de su deber de llevar noticias frescas a sus paisanos, aparte de la yuca, el plátano, el ñame, el aguacate, el suero, el queso, las galletas de las Vásquez y los papelitos, les encimaba los últimos acontecimientos políticos, los líos amorosos y las  notas luctuosas. Antes de la última pitada para arrancar, en medio del canto de los gallos, que marcaban su territorio de patio en patio sacaba la cabeza por la ventanilla corrediza del bus de palitos,  para ver los carteles de muertos pegados en los postes de la luz.  Cuando no había novedad necrológica ni pasquines, le inventaba la muerte a sus amigos más cercanos, consciente de que ellos no le iban a reclamar.

“El que murió en San Jacinto fue el doctor Nicolasito”, decía, a sabiendas de que este no se moriría pronto, como médico que era. Se creía en el pueblo que los médicos no se morían.

Antes de parquearse en su sitio de siempre, al lado de un basurero, donde los perros y los goleros husmeaban la mortecina, ya había San jacinteros esperándolo. Allí se le abalanzaban estudiantes en espera de encomiendas, razones de boca y chismes. Desempleados, sin oficio o simplemente gente que quería saber del  pueblo se iba al bus a pasar esas tres horas, hasta que pitaba su regreso a las once de la mañana, para volver a alegrar las calles del pueblo con su corneta a las tres de la tarde. Ese era el ritual de 40 años, en los que se accidentó una sola vez.

Aquella mañana de 1985, Álvaro no encontró afiches de muerto reciente en los postes de la luz. Solo un pasacalle que anunciaba la visita de Esthercita Forero, la novia de Barranquilla, pero al llevar la noticia a sus paisanos, no se imaginó que por la tarde, la cotizada cantautora, iba a ser su compañera de viaje en el primer puesto, a su  lado, de regreso al Sitio de San Jacinto, fundado el 8 de agosto de 1776 por Don Antonio de la Torre.

Operado de próstata en Sincelejo, ya casi en los 70 años, pero con su impecable peinado a lo Carlos Gardel, Acosta  relató que Esthercita había sido la pasajera más importante que había llevado en el bus a San Jacinto en más de 40 años de viajes.

Había sido invitada por el Comité Cívico Cultural y su amigo Abel Viana Reyes (QEPD),  cotizado bailarín, engresado de Bellas Artes de Barranquilla, al Reinado del Rostro Angelical, cuando en San Jacinto vestían las calles,  en aquellos amaneceres decembrinos de neblinas, de matas de plátanos y de perendengues. Esthercita se alojó en casa de Viana Reyes durante la fiesta de las calles, durmió en hamaca y sirvió de jurado excepcional del rostro angelical. Quería conocer el cerro de Maco y la historia de los gaiteros, por eso acepto complacida, sin que se le llevara en un carro expreso.

En San Jacinto fue una san jacintera mas, que anduvo por las calles y se confundió en esa sencillez tan innata del San Jacintero, un pueblo que lo ha tenido casi todo. Solo les  falta tener un rey vallenato, un  presidente de la república y un papa de Roma.

Según Acosta, la novia de Barranquilla no solo fue la pasajera más ilustre del Bus de Quito en su largo trasegar en esa  ruta, sino la mejor periodista. En las cuatro horas  del trayecto, no dejó de preguntarle por el famoso bus. ¿Cómo lo adquirieron? ¿Quién fu el primer chofer?  ¿Cuántos viajes ha hecho?

Alvaro le informó que el bus era de su cuñado Quito Jaspe , casado con la seño Emilse Acosta, su hermana. A sus inicios Quito manejaba una camioneta llevando pasajeros entre San Jacinto y El Guamo, la tierra de Otto Serge. Pero alguna vez se le ocurrió entrar en el negocio y compro acciones en Expreso Brasilia, que monto una agencia en San Jacinto. Quito quería la ruta San Jacinto- Barranquilla- San Jacinto, pero los  de Brasilia no estaban interesados, entonces optó por afiliarse a Transportes Renaciente, con sede en El Carmen de Bolívar, quienes  le permitieron la ruta donde viajo Esthercita.  Quito dejo perder su cupo en Brasilia para  cubrir esta ruta, pues San Jacinto tenía más nexos comerciales con Barranquilla que con Cartagena, por la vía Calamar, sin llegar a la Heroica.

Lo que más le llamó la atención a Esthercita, fueron los colores de guacamaya del  bus, sus cojines, sus espejos, esquelas de la Virgen del Carmen, su carrocería de madera y en la parte delantera, las letras que decían “Expreso San Jacinto”, pero todos le decían “El Bus de Quito”, el que se dio  el lujo de realizar el viaje más feliz de la novia de Barranquilla, porque desde que salieron rumbo a la  tierra de la hamaca, Álvaro le echó chistes hasta que  casi se muere de la risa.

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