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Eladio Gil: Pintor y escultor de eternidades

Eladio Gil tiene una fortaleza serena, visto de cerca es un hombre que controla el tiempo, no parece tener prisa pero jamás ha dejado de pintar. Fini, su mujer, dice que nunca ha habido un día desde que lo conoce, en que no haya dejado de pintar. “Es como un reloj que jamás falla. Es un árbol que siempre está dando frutos y sombra a la familia”.

Se despierta temprano y antes del primer café de las cinco de la mañana, ya tiene un color pendiente. El patio donde está su taller era hace cincuenta años, un solar casi abandonado por donde cruzaban los rateros de la penumbra de las seis de la tarde y las cuatro de la madrugada, en la isla de Manga.

Siempre está pintando y esculpiendo. Hasta el punto que toda su casa es prácticamente, un laboratorio de color, y todos en ella, procuran vivir junto a los colores.

Eladio Gil es un temperamento disciplinado, férreo pero dulce a la vez, de un perfeccionismo que lo torna a ratos, impaciente.

  A él lo desvelan los pequeños detalles que conforman su reino: el lienzo templado, la luz en su lugar, la música suave que susurra un detalle de color para una bailarina de flamenco. El gesto de la mujer, las manos que tienen su propio lenguaje en la pintura. Ella dice que de tanto limpiarle los restos de pintura en los pinceles y espátulas, ella misma sintió el deseo de explorar el mundo absorvente y maravillos de la pintura, y desde hace años, Fini es una dibujante y colorista, digna de su maestro. Pero no sólo ella: también sus hijas Ana Raquel y María José pintan y hacen cerámicas. Toda la casa respira arte en todos sus rincones.

  Eladio Gil—el tercero de ocho hermanos—nació en Pruna, Sevilla, en 1929, pero se siente de Cartagena de Indias.

“Prácticamente yo he desarrollado mi arte en Cartagena de Indias”, dice.

  Hijo de Juan Gil, un  sembrador de cebada, trigo y habas que estudió leyes, y escribía poemas, y de Ana Zambrana que trajo al mundo 16 años, de los cuales murieron 8.  El padre era republicano y lo había perdido todo bajo el régimen de Franco. Se acogió Juan Gil a la reforma agraria del gobierno y la familia se trasladó a Jerez, “en esa tierra nos criamos”.  Luego, el gobierno los trasladó a una pequeña tierra de regadío en  Torno. “Pasamos muchas fatigas y necesidades en la postguerra. Creo que el único acierto que tuvo Franco fue el Instituto Nacional de Colonización”.

Desde temprano el joven pintor inició su tarea con un lápiz y un papel, haciendo retratos de vecinos, vírgenes, paisajes y animales.

“Leí mucho en esa época en el campo. No existía la televisión ni teníamos radio. Estábamos en una pobreza esencial. Fue entonces, cuando decidí irme para el ejército. Fue mi salvación. El General Ricardo Rada Peral fue un mecenas. Fui protegido por Jaime  Milans del Bosch y del Pino, director del cuartel en Sevilla. Era un soldado hábil en las armas, pésimo en la puntería al tiro al blanco. Era bueno montando a caballo. Por eso me dieron a cuidar los caballos. Recuerdo que en el cuartel modelé un soldado que caía en una alambrada. Y desde entonces, en el cuartel tuvieron noticias de mis inclinaciones por la pintura. El director del cuartel me propuso que entrara a la Escuela de Bellas Artes.  Me inscribí y de 40 que participamos, 15 fuimos escogidos. Yo fui el número 13”.

  Vino a Cartagena hace cincuenta años con una carta del historiador Enrique Marco Dorta, dirigida a la Escuela de Bellas Artes, y tuvo la sensación de que no había llegado a otro país sino a un pueblo de España.

Arribó a la ciudad un 7 de febrero de 1961 y el 1 de marzo empezó a trabajar en la Escuela de Bellas Artes, en la clase de color que antes dictaba la artista Cecilia Porras.

“El segundo día que llegué me dirigí a la Escuela de Bellas Artes de Cartagena que estaba en la Calle del Cuartel. Allí conocí al músico Adolfo Mejía,  un artista con una gran sencillez y un sentido del humor, que llevaba una chaquetilla al hombro.   Conocí a Jaime Gómez O´Byrne, Miguel Sebastián Guerrero. Fueron mis alumnos al llegar, Alfredo Guerrero, Darío Morales, Augusto Martínez, Cecilia Delgado. Blasco Caballero era el líder estudiantil de ese entonces”.

En un rincón de la casa, está una enorme escultura descabezada de Alonso de Heredia,  que jamás se colocó en Mompox como estaba previsto porque el pedestal terminó costando más que la misma obra. Y una descomunal Gaitana, de cuatro metros, con los pies dispuestos al vuelo que lleva en una mano la cabeza de Pedro de Añazco. Es la misma escultura que está erigida en Timaná, en el Huila.  En los rincones hay rastros  en miniatura de la India Catalina, su escultura de tres metros que se convirtió en símbolo desde 1974. Había concebido a la india Catalina, de cinco metros, en un gesto de dar un paso hacia delante, pero prefirió dejarla quieta. Muchas veces al mismo Eladio Gil, le ha tocado reponerle la pluma  a la india y hacerle mantemiento.

La pintura de Eladio Gil es un retrato de dos mundos, entre España y Cartagena: guerreros, arlequines, toreros y músicos, ángeles y jugadores de cartas, caballos y gallos de pelea, vírgenes y amantes, prestidigitadores y criaturas de circo. Hay en su universo algo de juguetona y festiva inocencia y una gracia y picardía que ha enriquecido en el solar cartagenero. Su rostro papal forja en silencio una fisonomía en barro o una línea que define un temperamento. No parece alterarse por nada, pero su espíritu se agitó cuando vio la mudanza del Monumento de la India Catalina. Lamentaba que en el lugar donde la habían puesto se disminuía su impacto visual en un punto de confluencia vehicular y peatonal muy complicada.  Conserva la paciencia del maestro para escuchar y guiar a los aprendices del arte. A lo largo de treinta años fue profesor en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, y hasta su casa, no dejan de llegar algunos de sus alumnos a consultarle. Acude a la invitación de sus alumnos. No hace alarde de nada. Su sencillez es proverbial como su grandeza humana. Se detiene a veces a ver su Monumento a los Alcatraces y se conmueve al ver que la sal ha ido carcomiendo el ala de sus pájaros.

El artista está allí en un haz de luz del patio de su taller en Manga. Y ha pedido café para mantener el calor de este diálogo de largo metraje. Su mujer le ha pedido que se quite la franelilla blanca, para la foto. Él no sonríe. Solo dice: “Me visten de cuadro”. E intenta irse a su cuarto, mientras su mujer da su opinión sobre él mismo. “Estamos de pelea hoy”, dice ella riéndose. “Es malgeniado pero tierno, demasiado tierno”, dice ella para que él escuche. Y él se ablanda con las palabras de su mujer, y enfatiza: “Soy un hombre que da lo que tiene. Cuando tengo, lo reparto. Lo que tengo se lo dejo en vida a mis hijos”.

Hay entre los dos una sonrisa que sostiene al mundo más allá de todas las contrariedades del día y del tiempo: un color y una talla en silencio les devuelve a los dos, la gracia de ser felices en este mundo.

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