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Eladio Gil Zambrana: In Memoriam

Eladio Gil Zambrana lo dejó claro desde una de sus primeras frases: «Me sacaron un papel que había mandado Héctor Lombana, y yo dije que no hacía eso, que yo era lo suficientemente escultor para modelar otra cosa»…

Ya había entrevistado en Cartagena al Maestro Víctor Nieto, creador del Festival Internacional de Cine de Cartagena y quien ordenó hacer la estatuilla como trofeo del Festival en 1961. Ya había conversado en Bogotá con el Maestro Héctor Lombana, el que hizo la estatuilla para el Festival de Cine a partir de la indígena que aparece en el antiguo escudo del Estado de Cartagena de Indias. Faltaba hablar con el escultor del gran monumento a la India Catalina en Cartagena.

Esa mañana cuando llegué a su taller del barrio Manga, estaba inmerso en su labor, como un niño que juega absorto. Antes de ir a su casa me había documentado y supe que se recuperaba de un infarto de miocardio extenso, pero allí estaba en camisillas, como un niño robusto concentrado en moldear la arcilla para construir una maceta. Apenas le anunciaron mi llegada, me soltó su saludo sevillano, alegre y fraternal, como si fuéramos viejos conocidos. Luego de los quesos, el jamón y una copa de vino tinto, empezamos a hablar del asunto. Fue cuando desapareció su estampa de niño juguetón y su rostro se tornó severo, algo triste. Fue al grano:

“A mí me pusieron a que hiciera como monumento la estatuilla que daban en el Festival Internacional de Cine de Cartagena, que es una estatuilla de Héctor Lombana, y entonces yo dije que yo no hacía eso; exactamente, no. Yo haría una escultura que tuviera algunos rasgos de la estatuilla del Festival de Cine, y que yo hacía una escultura de mujer.

“Entonces yo cogí una modelo, una niña de San Juan Nepomuceno llamada Judith, de rasgos indígenas, que trabajaba con nosotros, que me podía ver como a un padre. Tenía trece años y yo no quería que me posara completamente desnuda. Fue mi mujer quien la convenció y me convenció a mí, y entonces me posó en pantaloncito caliente. Ella tenía lo que me hacía falta: unos senos erectos, duros y una carne prieta. Hoy en día la considero mi hija, como la mayor, está casada y vive en República Dominicana.

“Para la cuestión del pubis de La India Catalina llamé a una modelo profesional de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena de apellido Espitia, y me posó también con mediación de mi mujer. Y así hice la escultura que me encargaron, como se hace, como se debe hacer, nada más. No hice más. Pero te advierto que ya la estatuilla que entregan en el Festival se parece más a la mía; la han ido mejorando y ya se parece muchísimo a la mía. Lo que Héctor hizo está bien como símbolo.

“Dicen que mi estatua es el monumento más importante de Cartagena, pero hay veces que yo dudo que me haya favorecido mi estatua de La India Catalina, sobre todo porque algunos me han considerado como un ladrón y mucha gente que no conoce la historia ha creído eso, y siento que después me han ignorado como escultor. Ahora, con el tiempo, han venido homenajes, pero la cosa es así”.

Me invadió tanto la franqueza de este artista, visiblemente perturbado, sin duda afligido al repasar esta historia, que yo mismo derivé la conversación por vericuetos sevillanos y por interrogantes sobre estética que se me ocurrían, mientras con disimulo apagaba la grabadora. No necesitaba preguntarle más. Entendí que la estatuilla y el monumento de la India Catalina, vestida con prendas indígenas, están impregnados de nuestro ideal de retorno, del anhelo del triunfo sobre la muerte y el infortunio, que la estatuilla y el monumento nos regresan a esa niña, Catalina, tal como deseamos interiormente que siempre hubiera permanecido; esa niña raptada por los españoles, que vivió como hispana, y que ahora, por gracia de Lombana y Eladio, se resiste a morir y a volver a vestirse de manola.

Hoy, en la mañana, al ir a la Escuela de Bellas Artes a darles mis condolencias a su viuda y a sus hijos, no pude dominar el impulso de acercarme al féretro para ver por última vez el rostro del gran maestro y amigo. Me pareció que tenía la misma semblanza que aprecié mientras me contaba en 2005 la historia del monumento a La India Catalina: vi otra vez su rostro severo, afligido, como resignado a la ingratitud que, incluso, en Cartagena de Indias llevó a relegar su estatua a un rincón atosigado de vendedores ambulantes, con lo que perdió relevancia en el paisaje urbano su histórica obra. Me cruzó por la mente en ese instante que Eladio Gil era parte del enigma de la India Catalina: siempre incomprendidos, siempre trascordados, siempre sustraídos.

Cartagena de Indias, 18 de enero de 2011.

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