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En la Barranquilla de Obregón

En la BarEstuvo de visita en Cartagena el periodista e investigador barranquillero Adlai Stevenson Samper, para efectos de promocionar su más reciente publicación titulada “Obregón en Barranquilla”, que salió a la luz público al amparo de la editorial “La iguana ciega”.

En este compendio de crónicas, Stevenson Samper no sólo describe la vida de quien es considerado uno de los más grandes pintores del Siglo XX en Colombia y América Latina, sino que relaciona esa grandeza con la capital de Atlántico, a donde el artista llegó muy niño, después de haber nacido casi accidentalmente en Barcelona (España).

Como es de preverse, el relato incluye la  relación de Obregón con los personajes que poblaron la noche mítica de La Cueva, aunque hace lo posible por no repetir pasajes ya conocidos hasta la saciedad sobre la bohemia y las desproporciones existenciales del pintor.

Lo suyo es retratar lo mucho que influyó el Caribe colombiano en la natividad de cuadros llenos de colores fuertes y espacios abismales atrapados en lo que sigue siendo la obra del ya legendario maestro de la pincelada taurina, con sigilo de cóndor y voracidad de barracudas bajo la luminosidad misteriosa que suele aterrizar sobre el corazón del litoral.

Adlai Stevenson conversó con El Universal sobre algunos aspectos de su libro.

Decantando datos

¿Por qué investigar sobre Obregón únicamente en el marco geográfico de Barranquilla?

—Lo primero es que yo soy admirador de su obra. Creo que es uno de los pocos pintores que tienen una identidad propia respecto a lo visual del Caribe  colombiano, que es un color muy fuerte. Segundo, porque la época de Obregón en Barranquilla representa un periodo muy feliz de la historia cultural de esa ciudad. Dicen algunos que Barranquilla es una ciudad en donde la utopía funciona hacia atrás. No hacia delante, sino hacia momentos históricos soñados.

En los años 50, que es la época a la que me refiero, Barranquilla tuvo una dinámica muy especial en lo económico y lo cultural. Tanto, que casi  se coló como el eje parcial de la cultura en Colombia. Obregón es un gran protagonista de esa época, y ya de por sí ameritaba una mirada a su vida y a su obra en Barranquilla, sin desconocer que vivió un importante periodo de su vida en Cartagena y que estuvo muchísimo tiempo en Bogotá.

Ahora, Obregón tenía el don de la ubicuidad, quizás porque su familia era socia de una famosa aerolínea comercial, además de que Julio Mario Santodomingo fue su gran amigo y eran parientes políticos, de modo que tenía una facilidad muy grande para abordar un avión.  Con frecuencia tomaba aviones en Barranquilla para ir a Cartagena, lo que me parece lo más absurdo del mundo, porque es más lo que se demora uno yendo al aeropuerto y haciendo el decolaje que lo que podría demorarse viajando por tierra.

¿Cómo no caer en lo repetitivo con un personaje tan comentado, llevado y traído?

—Partiendo de unos datos esenciales que yo conocía y con entrevistas y averiguaciones que hice, me inventé una especie de libro conformado por crónicas, pero cada segmento funciona diferente al otro.

Lo siguiente fue centrarme, más que todo, en los episodios artísticos del pintor en Barranquilla, porque la verdad es que de él existen muchas anécdotas de bar, de burdel, de bohemia...y son cosas que ya están muy dichas.

Pero mi interés era narrar la relación de Obregón con la ciudad y de la ciudad con él, porque tiene legadas a Barranquilla unas 12 obras públicas que hizo con el maestro Héctor Lombana, como el “Telecóndor”, por ejemplo. También tiene unos murales, algunos de los cuales acaban de ser recuperados, ya que se estaban deteriorando; y tiene vitrales en colegios. En fin: es un tipo con una obra muy visible en la ciudad.

Yo me concentré en cómo hicieron esas obras, y todo eso lo fui convirtiendo en crónicas que están documentadas paso a paso en su proceso de creación. Incluí, además, algunas cosas de su vida personal. 

A estas alturas, ¿cómo recoger datos entre situaciones tan antiguas y dispersas?

—Yo diría que esa recolección empezó en mi adolescencia, cuando yo visitaba la casa del maestro Héctor Lombana, en donde hicieron el “Telecóndor”. Ahí conocí a Obregón, aunque de lejos. Para mí, él era algo así como un mito viviente.

Después lo vi en varias situaciones en Barranquilla, cosas que me acercaron al personaje, del cual tenía algunas ideas. Agregado a eso, yo conocía personas que, a su vez, conocieron a Obregón, pero que nunca habían hablado de él.

Y lo otro es que hay unos libros con unas entrevistas largas sobre el pintor, de las cuales saqué fragmentos y las acomodé en una edición para que la cosa quedara como si se estuviera narrando un hecho, pero desde diferentes voces.

Con la investigación tuve problemas, porque en el caso de Obregón en Barranquilla todos los personajes que lo rodearon están muertos. Por ejemplo: el maestro Héctor Lombana, Álvaro Cepeda Samudio, toda la cofradía de La Cueva. Las personas cercanas a Obregón en Barranquilla, también murieron.

En algunos instantes considero que tuve mala suerte. Por ejemplo: cuando contacté a Pedro Obregón Roses, el hermano, éste estaba en Panamá. Allá se cayó, sufrió un derrame cerebral y falleció después de un mes.

Otra anécdota es que estaba buscando el primer estudio de Obregón en Barranquilla, en el Edificio Muvdi, éste se incendió. Lo quemaron unos indigentes. Algunas personas me decían, “tú como que tienes mala energía”. Pero aún así fui recuperando informes poco a poco hasta que llegó la hora de la escritura, que fue muy rápida. La idea es que, asimismo, el libro se lea rápido, que no sea para artistas ni para entendidos sino para gente común y corriente, pues se trata de un personaje interesante, inteligente, lleno de anécdotas y datos históricos.

¿Cómo influyó Barranquilla en la obra de Obregón?

—Creo que eso es lo más importante, porque él nació en Barcelona y llegó a Barranquilla a los 6 años de edad. Su familia tenía mucho dinero. Incluso, creo que fue una de las primeras familias que tuvo dinero en Barranquilla, mucho antes que los Santodomingo.

Tuvieron la primera empresa colombiana de textiles, montaron la primera planta de energía eléctrica para  Barranquilla y construyeron el Hotel del Prado. También tenían una finca por los lados de la localidad de Remolinos (Magdalena), a donde el papá de Obregón lo llevaba de cacería de caimanes. Ahí fue donde el pintor tomó contacto con la fauna y los colores agresivos del trópico colombiano. Él lo contó muchas veces.

Fue como una suerte de deslumbramiento tropical ver ese montón de animales brincando, revoloteando, acosados por el padre de Obregón y sus sirvientes, quienes los mataban a mansalva; y eso marcó al niño Alejandro. Tanto, que él siempre fue cazador.

Toda su vida fue cazador en el sentido total: de animales vivos y muertos, a los cuales disecaba en sus cuadros; y cazador de mujeres. Creo que también se aprendió mucho el mundo espacial, lo que se ve en sus cuadros en espacios abiertos, los ríos, como perdidos, etc.    Él mismo dijo que no era pintor, sino un cazador de espacios.

¿El ambiente de La Cueva influyó verdaderamente en el trabajo de Obregón o es sólo un mito?

—Pedro Obregón, su hermano, decía que ese poco de borrachones de La Cueva no dejaban trabajar a Alejandro. Por eso le montaba talleres en sus empresas, para que se concentrara en la pintura. Pero, la verdad sea dicha,  creo que si no hubiese sido por el ambiente de La Cueva difícilmente hubiera sobrevivido en su mundo. De hecho, Obregón era así: le gustaba tomar, le gustaban las mujeres en cantidades industriales, le gustaba la noche, liarse a trompadas con marineros en un bar de vaporinos, tenía temperamento fuerte, irascible. Era así. Nadie le estaba imponiendo algo.

Ahora, creo que él se encontró con unos calanchines perfectos, como Cepeda Samudio, que fue su compadre y compañero de aventuras. Eran casi hermanos. Algunas personas me dicen que Obregón, pudiendo irse a vivir a Bogotá, prefirió quedarse en Barranquilla, porque ahí encontró el ambiente proclive para lo que le gustaba.

¿Por qué, entonces, terminó mudándose para Cartagena?

—Parece que, en los últimos años, empezó a rodearlo un combo de amigos que le pedía obras en medio de las parrandas. Y el hombre se fue aburriendo de eso. Pedro Obregón me cuenta que muchas veces le tocó salir a proteger al hermano, porque las parrandas también eran una cosa exagerada.

De otra parte, Obregón no se fue de Barranquilla de una sola vez. Él vino a Cartagena a hacer una diligencia y encontró una casa, por la Calle de La Factoría, que le interesó.

Se mudó, pero hacía presencia en Barranquilla en diferentes eventos, porque tenía un jeep viejo con el que viajaba casi todos los días entre las dos ciudades. De esa manera, se fue desligando de Barranquilla y se quedó definitivamente en Cartagena.

Pero creo que el episodio que más lo obliga a pensar en marcharse de Barranquilla es cuando muere Cepeda en 1972. Ese mismo alejamiento lo sufrió Gabriel García Márquez, quien dejó de ir a Barranquilla regularmente.

A parte de eso, en los años 70 ya Barranquilla había perdido el ambiente bohemio de los 50; además de que muchos de los amigos de Obregón se habían ido para diferentes partes de Colombia y para el exterior. Era una especie de diáspora; y por eso, creo que Obregón ya no tenía ninguna razón de peso para quedarse en Barranquilla.

Cuando  llega a Cartagena, ya era famoso. Se convirtió un personaje clave para conocer, pues entre los programas de los turistas estaba conocer a Obregón. En Barranquilla no iba a pasar eso, porque es una ciudad mucho más irreverente. Sin embargo, falleció y lo enterraron en el Cementerio Universal de Barranquilla. Es decir, de todos modos volvió a sus ancestros.

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