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Erda: Se murió El Flecha

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Aquella familia siempre la percibí como una interminable banda de gitanos comandados por Sarita, una alegre matrona monteriana. Y hablo de gitanos porque, vivía tanta gente en aquella casa, que siempre había alguien despierto. Además siempre había alguien de visita llegado de algún pueblo del Departamento de Córdoba. O, de repente, criaban el hijo de no-se-quien que había emigrado a Venezuela en busca que mejor fortuna. Un día la casa de los vecinos cayó en un profundo silencio. Sospeché la muerte de alguien, cuya algarabía de dolor, era precedida por un vacío espeso que anunciaba el desgarro de gritos, desmayos, espasmos y toda una puesta en escena que celebraba la desaparición del ser querido. Tanto era así, que sólo les faltaba la música.

No. Aquel silencio fue demasiado largo como para anunciar un muerto. De repente comencé a escuchar un texto leído. Se trataba de “El Flecha”. Un cuento que, además, se me antojaba a los de García Márquez que me estaban poniendo a leer en el colegio. No daba crédito ¿Cómo era posible que un cuento, una novela pudiera grabarse y escucharse como si fuera un long play de última moda? ¿Se podía hacer eso? ¿A quién se le había ocurrido? Y comencé a escuchar la respuesta de boca de las simpáticas hijas de Sarita: “Al viejo Deibid”. Así conocí por un buen tiempo a David Sánchez Juliao. Por un buen tiempo repitieron muchas veces el disco, lo suficiente como para aprendérselo y poderlo recitar y reírse cada vez que lo hacían. La verdad es que me alegraron buena parte de la infancia, pues, actuaban toda la obra. En cualquier fiesta, en noviembre o por puro arrebato se disfrazaban de sus personajes. De repente el texto leído fue libreto de una espontánea obra de teatro que iba y venía sin anunciarse. Como los muertos de aquella casa.

Después apareció “El Pachanga” que, a mi juicio, es menos coleto que “El Flecha” pero es más esquinero. Para entonces, los muchachos que se reunían en la esquina al pie de un taller de mecánica repetían, referían episodios de “El Pachanga” alternados con sórdidos cuentecillos de plebedad, marcados por pautas de risa plebe también. Estando en el bachillerato terminé asistiendo, en una tarde de sábado, a un seminario corto con Martha Bossio la libretista de “Pero sigo siendo el rey” en una adaptación que hizo de la novela homónima. Por cuenta de la telenovela, en mi mundo, Sánchez Juliao había desaparecido casi por completo, no obstante, que mi papá, librero de profesión, vendía la edición de Plaza y Janez. Para entonces, ya me había mudado de la calle de Las Américas.

“Papi ¿El ratón Pérez se va a morir?” Me preguntó ansiosa mi pequeña hija una noche. “La divertida historia de Cucarachita Martínez y su goloso marido el Señor Don Ratón Pérez” es un cuento infantil más largo de lo usual. Y es maravilloso. Uno quisiera que se extendiera más y nunca acabara. Y es que, la tensión de vida o muerte del ratón Pérez mientras acaecen ciertos acontecimientos trascendentales en la historia de Villa Animal, nos duró casi dos semanas de lectura nocturna. Tiempo en que agradecí a Dios el maravilloso momento en que a Sánchez Juliao se le ocurrió pensar y escribir para niños de esa forma tan inteligente, sin subestimarlos,  dándoles participación en la recreación del relato. Lo mío era actuarles la lectura con suficiente claridad, hasta que se acurrucaban, y apagarles el foco del cuarto.

El miércoles por la tarde salí apresurado de la librería de la calle Segunda de Badillo. Llegando casi a la esquina tomé firme la mano de Carlos, un viejo librero, colega de mi padre. “Habla Carli” lo saludé. Él me respondió con un gesto mientras me alejaba. "¡Erda: Se murió El Flecha!” me gritó a la distancia  y nos cruzamos las miradas en un fugaz instante.

ricardo_chica@hotmail.com

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Comentarios

realmente fue una gran

realmente fue una gran perdida; los cachacos que amamos algo de la costa, sentimos que sanchez juliao fue uno de esos costeños que son orgullo para sus gentes y hacen que el "ser caribeño" tenga la importancia que sus politicos de m..... le han quitado a lo largo de los siglos