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Ernesto Sabato: Confesiones de un escritor

El hombre es una criatura trágicamente dual. Para llegar a ser una persona tiene que haber una lucha contra las potencias malignas de su ser.

El hombre es sobrenatural e inexplicable desde el terreno de la razón pura y de la mera naturaleza.

Si fuéramos simplemente naturalistas, ya que la muerte es inevitable, sería disparatada toda esperanza y toda construcción para el futuro. De algún modo creemos en la inmortalidad.

Soy supersticioso, toda mi infancia sufrí alucinaciones y terribles pesadillas y el tiempo que pasa (con la inevitable muerte) me parece (en noches de insomnio) la más tremenda de todas las pesadillas.

Fedor Dostoievski afirmaba que Dios y el demonio se disputaban el alma del hombre, y que el campo de batalla es el propio corazón. Y en esa lucha no siempre triunfa el demonio, pues si el hombre es capaz de las peores atrocidades, también es capaz de alcanzar las cumbres del altruismo.

Escribir produce una tensión muy grande. Para mí escribir novelas no es un pasatiempo. Me atormento mucho. Y aunque respeto a  los que escriben una página por día y una obra por año, yo no puedo hacerlo. Para mí una novela expresa poéticamente los grandes momentos de crisis porque atraviesa nuestra vida: el fin de la adolescencia, el fin de la vida.

Tengo sentido autocrítico y pienso que un hombre no puede escribir sino muy pocas novelas en su vida. Si es un escritor en serio, angustiado, tiene una sola obsesión que lo atormenta y de la que de alguna manera desea liberarse, expresándola. Cada escritor tiene una reserva de oro, como dicen los banqueros, y no debe emitir papel moneda. Sólo salvé tres novelas y destruí otras.

En la novela, el hombre puede expresar todos los desgarramientos de su espíritu. Como decía Ibsen: “Todos los personajes han salido de mi corazón”.

¿De qué serviría la novela, la pintura, si no lograra encontrar el sentido profundo de la existencia del hombre? ¿De qué? ¿Conoce usted a algunos de los grandes que se proponga, simplemente alcanzar la belleza? Claro que en la obra del artista hay belleza, pero detrás de ella está el dolor. Es una belleza golpeada, desgarrada por el dolor.

La pintura es una antigua pasión de mi niñez y mi adolescencia. Recuerdo que pintaba cosas imaginarias, y también copiaba láminas de libros y almanaques, con aquellos lápices escolares, duros y malísimos. En la escuela era el encargado de hacer los dibujos en el pizarrón con tizas de colores para las fiestas patrias. Así que la tentación de pintar la he tenido siempre. Pero asimismo ya la literatura estaba muy afirmada en mi espíritu. Pintar ha sido para mí un gran sedante.

He sido un hombre de pasiones. El fútbol me atrajo hasta con cierta clase de delirio. Porque basta con ver un partido de fútbol para apreciar la belleza de este deporte. Hay momentos en que se asemeja a pasos de ballet por la armonía de los movimientos. Cuando se compara a este fútbol con el que practican los norteamericanos, que es bestial, uno se da cuenta de la gran diferencia. Lo que está incorporado en el fútbol no está en ningún otro deporte.

Mis autores preferidos en prosa son: Dostoievski, Cervantes, Tolstoi, Stendhal, Proust, Kafka, Thomas Mann, Chejov, Virginia Woolf, el Thomas Hardy de Judes el Oscuro, Malcom Lowry, y muchos más.

La originalidad no existe. Ni en el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior. No hay pureza en nada humano. Los dioses griegos eran híbridos y estaban “infectados” de religiones orientales y egipcias.

No sé por qué cuando uno habla de la muerte con desenfado y sencillez lo tildan de tremendista. Si la muerte es la cosa más natural. Uno debe acostumbrarse a ella... Es como comer, dormir. Hay que tratar—sobre todo—de entender la muerte y no temerla.



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* Confesiones  del libro Medio siglo con Sabato. Prólogo, recopilación y notas de Julia Constenla. Javier Vergara Editor. 2000.

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