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Ese no es mi problema

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Escribir una columna semanal como esta no es tan fácil, en especial, cuando no es la única actividad que uno tiene en la vida profesional.

Es por eso que, a veces, llegan crisis de página en blanco en donde uno no sabe bien de qué escribir. Es difícil en un momento, como el que vivimos, de una sensibilidad extraña, de una atmósfera rara. Uno no sabe si es una mezcla de nostalgia con zozobra.

Entonces ¿qué queda por decir? ¿De qué habla uno? ¿De lo mal que están las cosas? A mi me da jartera, la mayoría de las veces, en especial, porque escribo con las tripas y no quiero herir susceptibilidades, pienso que todo el mundo merece respeto.

Pero, una tribuna pública en prensa, implica que uno asuma una posición frente a los acontecimientos; lo que no es tan fácil en una ciudad como esta donde el hilo conductor de su historia es la hipocresía. Esta es la propia cangrejera. Mi postura, es que no estoy de acuerdo con nuestro devenir. Me parece una pesadilla, que se pone en plena evidencia, cuando pienso en el porvenir de mis estudiantes, de mis propios hijos. Dan ganas de no escribir más y de ver cómo se las arregla cada quien. Qué carajo.

Les decía lo de la nostalgia por la última película de Woody Allen, Media Noche en París, que a mí me encantó. Se regodea uno en la felicidad que produce el tiempo vivido. Gil, un aspirante a escritor llega a París en un viaje de vacaciones. Allí descubre el significado del tiempo que él quiere vivir. El recurso del viaje al pasado hace que la historia tenga un toque infantil, ingenuo, desprevenido. Y eso es lo que más valoro. La película no tiene pretensiones para comunicarnos la nostalgia que, hoy por hoy, es más dolorosa que nunca, porque hay la sensación generalizada de que el futuro desapareció para la gran mayoría de nosotros. Lo de la zozobra lo digo por el Tratado de Libre Comercio. Lo viví en México a principios de los noventa y a mediados de este año. Hace veinte años, México Distrito Federal era muy clase mediero. Se sentía la equidad, la colectividad, el valor de lo público. Hoy encontré gamines en el metro. Conocí los gamines a mediados de los ochenta en Bogotá, pero, en el D. F. eso era impensable. Hoy encontré en el D.F. el nuevo y flamante barrio de Interlomas: un lugar fantástico, de una riqueza, un lujo y una opulencia que no creo que se vea en Colombia. Ese es el efecto del TLC, acaba con el término medio. O eres inmensamente rico o eres un miserable con los referentes extraviados. Es por eso que pienso que sus efectos en Colombia están dados desde la apertura económica del ex presidente Gaviria. Lo que pasa es que ahora será peor. Y en ese sentido estoy muy de acuerdo con la columna de Antonio Caballero: El Empalamiento, publicada el domingo pasado en la revista Semana. El TLC es un acta de entrega total del mercado colombiano. Asimismo creo que Tola y Maruja también tienen toda la razón, cuando señalan que el primer TLC fue cuando los españoles intercambiaron con los indígenas espejitos por oro. Es lo mismo, la conquista nunca acabó.

Es que todo esto enfurece, atemoriza y frustra. Cuando uno mira la película española “Y También la Lluvia”, sale indignado y asustado. Primero porque se trata de un guión inteligente, pues, es una película dentro de otra película; de manera que uno siente el aspecto creativo de practicar el oficio de espectador. Segundo, porque es una historia que denuncia el modelo social y económico, el cual, es muy sofisticado y, por lo mismo, casi invencible. Es por eso que el movimiento global de Los Indignados, a mi juicio, es bastante light. No tiene punto de comparación con la combatividad de los años sesenta y setentas. Además es una manifestación de la clase media del primer mundo. Por acá en esta periferia, en este platanal, no se conoce la indignación. Se conoce la lambonería, la sapería, el arribismo: ridículo por demás.

Bueno, que venga el TLC, qué carajo. Al final, nunca se sabe, pues, la vida es muy irónica. Lo que más lamento es la amenaza que se cierne sobre la vida colectiva en Cartagena, sobre lo barrial y todo lo que allí se forma y circula. Yo no me canso de ver a la gente cuando llega el medio día y salen con su ollita de sopa y su plato de bastimento para llevarlo a la otra cuadra, a la casa vecina, a donde la abuela. Eso es lo que nos salva de esa actitud subyacente tan desobligante: “Ese no es mi problema”. ¿Qué quieren que les diga? Si estoy confundido es porque el mundo confunde.





ricardo_chica@hotmail.com

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