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Extasiado ante el universo

A David Manzur lo recibieron con violines en Cartagena de Indias y con una pieza del barroco alemán: “El Canon”, de Johann Pachelbel. En la puerta del hotel Santa Clara lo esperaban tres jóvenes músicos de la Orquesta Sinfónica de Bellas Artes de Cartagena: los violinistas Felipe Ante, Ronny Ortiz y el violoncelista Adrián Pineda.

“Esto jamás me había ocurrido en mi vida y es una sorpresa que me revela el alma impredecible y mágica de Cartagena de Indias, una ciudad privilegiada a la que el mundo fija su mirada”, ha confesado el artista abrumado por el recibimiento y la calidad de los jóvenes músicos que eligieron una obra exquisita del repertorio universal. Ante esa sorpresa el artista solo tiene una inmensa devoción ante el misterio de la música.
“Ante la música solo hay que entrar en el silencio”. Cuenta que siempre ha estado vinculado a la música a través de sus pinturas, algunas de ellas, son un homenaje a la música. “Una vez me sorprendió un músico tocando una partitura que había incorporado en una de mis obras”.
“Toda obra arte culmina en la mirada del otro, pero si el lector no logra completarla es porque la falla está en el creador”, confiesa. “Nosotros no tenemos el don de la palabra de los poetas, a veces la imagen misma no alcanza a abarcar lo que los poetas forjan con sus palabras y metáforas”. El artista se resiste a que le digan “maestro”. “Soy David”, dice con su prodigiosa vitalidad de hombre de ochenta años, dotado de perplejidad y emoción ante el universo que le rodea y sin ufanarse de ser uno de los mejores y emblemáticos artistas de Colombia. Él se ríe y dice “ya tengo noventa y dos años y valoro cada instante del tiempo”.
David Manzur es un ser de una exquisita sensibilidad que establece un diálogo fluido y cálido con sus semejantes y para quien el misterio de crear una obra artística forjada a lo largo de más de sesenta años no es un acto explicable solo por la vía de la racionalidad. Su curiosidad incesante por la belleza del mundo no es contemplativa, está impactado por su vivencia en la Antártida y conmovido ante el deterioro acelerado del medio ambiente y la decadencia de la condición humana y en particular por la suerte del país ante el conflicto de violencia sin resolver que ha padecido a lo largo de su vida republicana y en especial, la guerra fratricida que ha vivido Colombia con sus grupos guerrilleros y paramilitares.
Él habla del transfondo humano que habita en cada ser al emprender cada acto. ¿Cuál puede ser el trasfondo de un hombre que pasa todo el día manejando un bus y en un momento de su vida es capaz de resolver sus tormentos interiores sacando un revólver y disparando contra el primero que le cierra el paso en la vía? Manzur piensa que el artista resuelve su trasfondo convirtiendo cada vibración de su vida en colores, formas, imágenes. Cuenta que tuvo la experiencia directa de conversar con los guerrilleros colombianos en el Caguán y se asombró cuando Tirofijo le dijo que alguna vez quiso ser violinista para enamorar a una muchacha. Se estremeció aún más cuando uno de los comandantes guerrilleros le preguntó por algunos artistas colombianos que admiraban. Manzur se sentó con algunos jóvenes guerrilleros a pintar y descubrió otras facetas del trasfondo humano de la violencia colombiana. Le maravilló ver y oír cantar a la mezzosoprano Martha Senn ante una audiencia de guerrilleros y cómo en un instante le cambió las armas a una muchacha por un ramo de flores. En un instante, Manzur les propuso suplantar las armas por las flores y uno de ellos le recriminó: “¿Maestro, usted quiere que nos volvamos maricas?”.
Tiene la convicción David Manzur de que a través del arte y las manifestaciones de la cultura pueden bajarse las tensiones humanas y sociales. Vino a Cartagena invitado por la gestora cultural Francia Escobar de Zárate, quien preside la Fundación Arte es Colombia, en convenio con el Museo de Arte Moderno de Cartagena, y su propósito es donar su obra “Homenaje a Velásquez”, a la colección del museo cartagenero. Evocó a sus amigos Alejandro Obregón “un hombre que vivió a plenitud cada minuto” y a Enrique Grau, al recorrer los muros desnudos del Museo de Arte Moderno.
Compartió sus visiones del arte en un conversatorio en el Salón Pierre Daguet de la Institución Universitaria Bellas Artes de Cartagena. Le pareció que el mar de Cartagena estaba más azul, “el que yo ví hace unos años era muy gris”, preguntó por los túneles de mangles entre los caños de la ciudad. La luz de Cartagena de Indias lo volvió a sacudir de perplejidad. Y al final de la noche, los violines de la mañana seguían deslumbrándolo.

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