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Fortuna en Quibdó

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Llegué antes de cinco de la mañana al aeropuerto. Quedé curado una vez que me dejó un vuelo para México. Bueno, ni tanto.

Hace un par de años se me olvidó, se me borró absolutamente, que había comprado tiquetes para un viaje sorpresa con la familia. Casi de casualidad, mi mujer se dio cuenta, catorce horas después de la partida del avión. Esto lo revelo porque, hay lectores que lo imaginan a uno infalible. Debe ser un efecto de esta tribuna pública, que ustedes me hacen el honor de leer cada domingo.

Ese domingo el Padre Rafa se levantó tarde. Corrió y alcanzó un taxi. “Íbamos con la ola verde” me contaba muerto de la risa. La ola verde eran los semáforos puestos en ese color desde que salió de casa. Tanta suerte acabó en el semáforo de María Auxiliadora. Allí, de la manera más penosa, al pie de su moto un hombre recogía cientos de periódicos que debía repartir esa madrugada. El padre salió del taxi. “Lo va a dejar el avión” increpó el taxista. “Ven, que ese avión no se va” reaccionó el padre. Los tres hombres organizaron los periódicos hasta que llegó la luz verde. “Gracias padre” musitó el hombre de la moto. “¿Y tú cómo sabes que yo soy cura?” dijo el padre Rafa. “Yo lo leo, padre” Refiriéndose a su habitual columna periodística.

Medio día en Quibdó. Arroz de longaniza, con hierbas del río; sopas de ahuyama con pollo; y,  jugo de lulo chocoano. Prueben eso y mueran tranquilos. Por la noche probé guartinaja tierna. “Guagua” le dicen. Un plato bárbaro. Estaba envuelto en esas exquisiteces cuando me interpeló una estudiante de derecho de la Universidad del Chocó. “Ustedes se parecen a los que salen en Chepe Fortuna”. Refiriéndose a la novela que circula por RCN, por las noches. Le hice saber que, si bien buena  parte de los actores son costeños, están disfrazados de costeños; que buena parte se graba en estudios; otra buena parte en Honda y el resto en Santa Marta. La estudiante quedó desilusionada quizás. Y resultó evidente qué poco sabemos de nosotros. Que la imagen que tenemos de las regiones de la nación, es intermediada en Bogotá. Que el Chocó no existe en nuestra mente. Más bien nos hacemos una idea de lo chocoano a través de los chistes de Sábados Felices. Al pié del Malecón del río Atrato encontré las embarcaciones que, de un momento a otro, desaparecieron del muelle de Los Pegasos. A mí no se me olvida el “Don Amín”, por ejemplo. Cuando niño, en los años setenta, antes de ir la Teatro Cartagena, nos comíamos un patacón en los quiosquitos y uno tenía un fuerte referente del Chocó: plátanos, madera, mercancías y gente negra del sur; gente negra antillana; gente negra isleña y nosotros. Negras y negros también.

Frente al peladero de muelle privatizado que nos dejaron. Frente a la marca ciudad en que nos empacaron, que no aglutina nadie. Frente a un puerto postizo y un pasado ausente de pueblo, siempre me pregunté: ¿Dónde estará el Don Amín? Allá en El Atrato lo encontré. Quibdó y Cartagena tuvieron una profusa actividad comercial desde cuando se vendieron los esclavos aquí para llevarlos allá. Y desde entonces la vida de muelle fue parte consustancial a nuestra identidad y a nuestra memoria. Pero, de la manera más torpe y egoísta, se nos perdió. Y nos la dejamos quitar para hacernos parecer como “Chepe Fortuna”, igual que la marca ciudad. Uno baja de Bogotá a Quibdó en avión y al salir por la escotilla, se siente un lametazo de humedad y calor. Igual que el bochornoso sopor nuestro, cuando llueve con sol. El Chocó marca el espíritu. Así lo ví en la cara de Olga Acosta, querida amiga, directora de la Escuela de Gobierno. Iba de regreso en la nave que llegué. Abrazo y foto en el aeropuerto. “Te escribí un correo sobre el Chocó” me dijo. “No lo abras hasta llegar a Cartagena, porque no quiero sesgar tu impresión” Olga casi temblaba, mientras subía a la nave.

Hay que cambiar las cosas allá y acá. Supongo que un buen comienzo es intentar, entre todos, compensar los errores de los demás. Como cuando se maneja un carro a la defensiva: ceder el paso, alejarse de las motos, prever la reacción de los peatones. ¿Cómo compensar el error de la marca ciudad, por ejemplo? Con fé.  El silencio dentro del taxi sólo se rompió hasta cuando llegaron al aeropuerto. El taxista devolvió cinco mil pesos. “Pero son diez y ocho” dijo el cura. “No importa. Hoy comenzamos bien. Comenzamos con Dios” fue el testimonio del taxista.  Estaba oscuro todavía. Subí las escalerillas y antes de entrar al avión busqué hacia el final de la fila. Fue tranquilizador ver al padre Rafa.

ricardo_chica@hotmail.com

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