Gabito, el niño que soñó a Macondo

Cuarto donde nació Gabriel García Márquez en Aracataca.
Aída García Márquez, observa la foto de su hermano. // CORTESÍA
Gabriel García Márquez niño.
Gabriel García Márquez niño. // CORTESÍA
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Al desaparecer el nunca olvidado abuelito Nicolás, se desvanecieron todas las alegrías que llenaron nuestras vidas de esa primera infancia.

Las impresiones de Gabito las manifestó en sus memorias cuando vino: “Cada cosa, con sólo mirarla, me suscita una ansiedad irresistible de escribir para no morir; la había padecido otras veces, pero sólo aquella mañana la recibí como un trance de inspiración, esa palabra abominable, tan real que acaba con todo cuanto encuentra a su paso para llegar a tiempo a sus cenizas”.

“Al morir el abuelo, mi último recuerdo de la casa fue cuando incineraron la ropa después de morir: sus liquiliques de guerra, sus linos blancos de coronel civil se parecían a él como si continuara vivo en lo que ardía.  Sus gorras de pana de distintos colores, señas de identidad que mejor lo distinguían a distancia, entre ellas encontré la mía de cuadros escoceses incinerada. Me estremeció aquella ceremonia de exterminio que me confería un protagonismo cierto de la muerte del abuelo. Hoy veo claro: algo mío había muerto con él.”(Vivir para contarla, p. 122).

Un halo de tristeza se situó en cada rincón y en cada espacio de la vetusta casa. Desaparecieron los momentos felices y fueron reemplazados por el silencio, el vacío, el eco mudo de todo aquello que lentamente se acabó.

Los árboles que custodiaban la entrada se anquilosaron en sus raíces y se llenaron de costras ásperas y se quedaron sin alma. Se apagó el fogón de tres piedras. Las cenizas del horno se esparcieron con los vientos de marzo.  El loro enmudeció.  Se secaron y murieron los árboles que abanicaban el patio y formaban extraños murmullos en las noches de luna.

Los paticos del estanque se fueron porque les faltó el agua a la pequeña alberca. La bomba dejó de accionar sus movimientos, y se secó la fuente interna del fondo de la tierra.

El perico ligero se rebeló: jamás volvió a subirse a la copa del castaño, donde se distraía tirando los frutos al suelo.

La huerta, centro medicinal y los árboles que proveían los alimentos, se consumieron en su propia naturaleza.  Se cayeron y pudrieron los escaños del baño y las aguas de los tanques se llenaron de un lodo verde.

Enmudeció el cacareo de las gallinas en la caballeriza.  La puerta del portón se quedó abierta para siempre y penetraron animales dañinos de todas las especies y seres humanos indeseables que salían espantados por tantos seres imaginarios que deambulaban por los espacios sin encontrar sosiego.

En el patio sólo quedó en pie la habitación de los guajiros, con las puertas colgadas y los ganchos donde se sostenían los racimos de banano  que abastecían a los niños de la casa en los intervalos de sus carreras y juegos infantiles.

Pero a pesar de todo, surgió de sus raíces un bello árbol gris y misterioso que nadie había sembrado y que en las tardes tristes mece sus melenas lánguidas y guarda en el ocaso nostálgico los atardeceres silenciosos.

Ya no hubo chorros en los techos.  Se quebró el arco del violín y su música se durmió junto con los arpegios del piano.

Se secó la tinaja y se oxidaron los picos del jarro que vertían el agua.

Los muebles, puertas y  ventanas quedaron colgadas de sus bisagras y se pudrieron por la acción de la humedad de las lluvias.  El lugar de las cortinas lo ocuparon las telarañas en sus cornisas. Los baúles se oxidaron con sus propios goznes y se quedaron cerrados para siempre sin saber jamás qué guardaban en su interior. Los santos cerraron los ojos y no volvieron a espabilar, pues también se había apagado el mechero que les daba vida.

Las libélulas y las mariposas volaron a otros lares y las golondrinas y los pájaros del jardín se silenciaron en la maleza del jazminero y  las rosas en sus espinas secas. Se esfumó la fragancia de los lirios, las begonias y los nardos.  Los sapitos y las ranas crecieron a montones, se multiplicaron y se confundieron con las lagartijas y lagartos y saltaron hasta morirse en los rincones de las habitaciones frías y desoladas.

El cuarto de los abuelos guardó el eco de los nietos jugando al escondite, detrás de las puertas caídas y podridas por las aguas que cayeron despiadadas sobre los techos.  Sólo quedaron las paredes de barro pisado pintoreteadas de la oficina del abuelo, donde dibujaron casas y muñecos Gabito y Margot, sus nietos preferidos.

En la platería permanecieron por mucho tiempo las tenazas colgadas detrás de una puerta y dos pescaditos de oro en la rendija del hueco que hicieron las hormigas.

En el largo corredor gastado por la inclemencia del tiempo, quedaron marcadas las suelas de unos zapaticos pequeños que dejaron adrede en un pedazo de cemento fresco.

Cuando zumbaban los vientos de marzo se escuchó alguna vez el llanto cortado de Gabito, en su moisés de  punto con brocados y encajes.  La algarabía y gritos de nietos y vecinos bañándose en los chorros del patio de aquella casa vieja que quedó tatuada en el alma, en las mentes y en la nostalgia de los nietos García Márquez, y que fue el origen de Cien Años de Soledad, escrito por mi hermano querido Gabriel García Márquez, a quien con amor entrañable dedico estas memorias.



* Capítulo “El eco silencioso de los espacios solos”, del libro de Aída García Márquez, publicado por Ediciones B.

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