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Gabo y Vargas Llosa: Unos compadres que no se hablan

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Tan cerca y distantes. Estuvieron a unos pocos pasos, en estos días de Hay Festival 2010: Mario Vargas Llosa, alojado en el antiguo convento de las Clarisas, en el Hotel Santa Clara, y Gabriel García Márquez, al frente, en su casa que mira a la muralla y el mar.

Estuvieron tan cerca que algunos de los escritores del mundo guardaban la ilusión de que entre esos dos grandes escritores existiera la posibilidad de una reconciliación. Ese abrazo fue imaginado por algunos de los asistentes de Hay Festival: “Lo que falta aquí para que todo sea maravilloso es que Vargas Llosa se abrace con García Márquez”.
Más allá de un equívoco que sembró una duda entre dos compadres y provocó malentendidos de toda índole, todos terribles y perversos dentro de la suspicacia popular, la vida ha venido a demostrar, al cabo de treinta y cuatro años de soledad, la grandeza de los compadres: García Márquez, como uno de los seres íntegros que tiene la literatura del mundo, incapaz de generar una imprudencia que desvirtúe la grandeza de su espíritu y de su obra literaria. El mismo Mario Vargas Llosa, no ha dejado de reconocer la grandeza y el orgullo de su compadre. Es más lo que los une que lo que los separa. Los dos son grandes maestros y artistas de la palabra, y no es justo que no se permitan perdonarse. Los dos fueron criados por abuelos. Gabo, después de sus ocho años, empieza a vivir con su padre, una relación nada fácil, luego de ser el consentido del abuelo, el Coronel Nicolás Márquez Mejía. Estaba descubriendo una familia, una nueva relación con la autoridad, lo mismo que Vargas Llosa, que creyó hasta sus diez años que su padre no existía, y cuando empezó a vivir con él, enfrentó con rebeldía su autoridad. Es lo que no ha dejado de hacer en sus 73 años: desafiar todo límite que le reprima la libertad de su imaginación y su creatividad. Sólo así entiende uno prodigios novelescos como “La ciudad y los perros”, el joven enfrentado a la institución militar en el Colegio Leoncio Prado, y más tarde, esa novela proverbial sobre el dictador Leonidas Trujillo: “La fiesta del chivo”. Los dos, están casados desde muy niños con la literatura y los dos forjaron un mundo personal a través de la ficción, un mundo paralelo en el que podían vivir a plenitud. La amistad profunda y entrañable entre los dos escritores desde que se conocieron personalmente en el verano de 1967 no cesó hasta aquel año bisiesto y torcido de 1976. Pero los dos tuvieron desde el 11 de enero de 1966, un cruce intenso de cartas en los que se evidencia el infinito afecto, la complicidad creadora y la hermandad que ha sido comparada con esa amistad plena entre Borges y Bioy Casares.
En una de esas cartas, en la de diciembre de 1966, García Márquez le confiesa que uno de los episodios preferidos de su novela “Cien años de soledad”, era “la subida en cuerpo y alma de la bella Remedios Buendía”. Luego, en marzo 20 de 1967, le cuenta que “acabo de corregir las pruebas de imprenta de Cien años de soledad. Ya no me sabe a nada, así que en vez de cambiarlo todo, como era mi deseo en las noches de insomnio, decidí dejarlo todo como estaba. Lo único que modifiqué por completo fue la situación y el ambiente de un burdel de Macondo”.
“Nos conocimos la noche de su llegada al aeropuerto de Caracas; yo venía de Londres y él de México, y nuestros aviones aterrizaron al mismo tiempo”, cuenta Vargas Llosa, quien en aquel 1967 recibió su premio de manos de Rómulo Gallegos. Las referencias a estas cartas fueron referenciadas y contextualizadas en la investigación de Ángel Esteban y Ana Gallego para su ensayo “De Gabo a Mario: La estirpe del Boom”, publicado por Planeta en 2009.
Al margen de todo lo anterior, García Márquez le bautizó a Vargas Llosa, su segundo hijo Gonzalo, que lleva en homenaje a esa hermandad el nombre triple de Gabriel Rodrigo Gonzalo Vargas Llosa, es decir, los nombres aunados de García Márquez y sus dos hijos. El primer ensayo literario de Vargas Llosa: “García Márquez: historia de un deicidio”, publicado en 1971, sigue siendo un ensayo profundo y revelador de los orígenes de la obra de García Márquez, un libro imprescindible. Los dos soñaron en los sesenta escribir a cuatro manos una novela sobre la guerra entre Colombia y Perú. Gabo le decía en una de sus cartas que tenía dos mil anécdotas sobre esa guerra y le pedía a Vargas Llosa que averiguara otras en su país para armar una novela delirante sobre la historia de los dos países. El proyecto quedó suspendido. En 1967, cuando Vargas Llosa gana el Premio Rómulo Gallegos con “La casa verde”, fue a recibir el premio acompañado de Gabo. En una de sus entrevistas de aquellos años confesó siempre que le habría gustado haber escrito “Cien años de soledad” y comparó a su futuro compadre en un Amadís de Gaula de la literatura latinoamericana. Eligio García Márquez hizo una semblanza de aquellos días que mantiene una vigencia tremenda: Vargas Llosa reafirmó lo mismo que dijo en Cartagena: su devoción por Flaubert, su implacable disciplina de escritor, su vocación analítica sobre el destino político de América Latina.
Todo esto pensaba al recorrer el Centro amurallado de Cartagena y saber que en la misma noche, a pocos pasos, Vargas Llosa comía arroz con coco y pescado en la isla de Manga, mientras García Márquez bebía unos whiskys en un bar frente al Parque del Centenario. A la salida del teatro, un lector apasionado de ambos escritores, se me acercó para preguntarme: ¿Y estos monstruos van a permitirse irse de este mundo sin reconciliarse? ¿Será que las dos esposas de estos escritores se niegan a esa reconciliación?
Al final de la noche y comienzos de la madrugada, García Márquez regresó a su casa. Vargas Llosa también al Hotel Santa Clara. Tan cerca y tan distante, pensaba yo, mirando con lupa, esa vieja foto de Vargas Llosa en Cartagena.

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Comentarios

De ambos autores leí, cuando

De ambos autores leí, cuando mi profesora Leda Santamaría en el Docente de Turbaco, nos convidaba a inmiscuirnos en los ambientes literarios leyendo de esta obras, igual de Juan Ramon Jimenez, de Ernest Hemingway, kafka... Hoy les propondré a los protagonistas: "Porque si perdonas a los hombres sus ofensas, tu padre celestial también te perdonara. Pero si no perdonas a los hombres sus ofensas, tampoco tu padre te perdonara tus pecados." (Mateo 6:14,15) ", las cartas estan en la mesa.