Gaby Silva, la trotamundo que detesta trasnochar

26 de enero de 2014 12:02 AM

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Cuando empecé a regalar todas las cosas que había acumulado, durante tanto tiempo, mi familia pensó que estaba loca, viste.

Era natural para mí. Además les dije que me iba a hacer un viaje para descubrirme. No tenía nada claro, pero sentí que así me salía del sistema de Rosario (Argentina). ¿Por qué decidí emprender este viaje yo sola? Bueno, primero porque hace mucho tiempo que no conecto con ningún hombre, siempre hay de por medio distintos niveles de consciencia. También porque se viaja mejor si vas ligero de equipaje.
Aunque tampoco es que tuviera una mala vida. Trabajaba como instructura fitness en un gimnasio de mi ciudad, sabes. Corría maratones y preparaba a la gente para correrlos, era retranquilo. Tuve casa propia desde los 24 años, pero estaba harta de tener que pagar el agua, la luz, el teléfono, la internet; y de todo eso que gira en torno al consumo.
Sentí que todo eso tenía que parar, ya estaba bueno. Cuando salí de mí país con tan sólo 15 mil pesos (4 millones 234 mil 692 pesos colombianos) me desapegué de todo lo que me mantenía en un círculo y tomar ese tren que iba al norte era como la libertad, viste.
Ahora siento que soy lo que realmente siempre quise ser, no lo que los demás querían que yo fuera. Este viaje realmente ha sido una experiencia bárbara de 14 meses. Primero llegué a Bolivia, después seguí subiendo y di con el Perú. Más adelante estaba Ecuador y luego Colombia. En el recorrido me fui dando cuenta que tenía muchas más habilidades de las que pensaba. Y Colombia siempre fue un destino soñado, un paraíso. Cuando entré a este país desde Ipiales a Pasto me encontré con el paro agrario de campesinos que protestaban por las medidas del Gobierno Nacional. Fue muy fuerte entrar a un país y que yo estuviera en medio de un conflicto que no me pertenecía. Pero me gustaron las circunstancias porque estuve siete días con los indígenas, con la gente. Ellos me albergaron y prácticamente me sumé al paro. Me dieron el alojamiento. Comida y seguridad nunca me faltaron. Dispusieron una casa que estaba vacía para que yo dejará mis cosas, fueron muy atentos y organizados, son unos grossos.
Aprendí a hacer artesanías, a tocar saxofón y tuve todo tipo de trabajos, como este de malabarismo. Mira, coseché café en San Agustín (Huila), trabajé como docente de saxofón y me pagaron arreglando mi instrumento que se estropeó en el camino. También pelé maní en el Tablón Panaméricano (Nariño). Hacía artesanías todo el tiempo y, bueno, hice todo lo que la gente estaba haciendo en los lugares de selva y montes, me decía: ‘¿Si ellos pueden por qué yo no?’. Mira que durante todo el recorrido había muchas montañas por eso llegar a Cartagena era como un sueño, es recopado. Simbolizaba el Caribe, la playa, el mar y ese calorsito, por supuesto. Yo quería conocer la ciudad y anhelaba ver el horizonte solo posible del mar. Yo vivo mi día y ya está. No sé lo que voy a hacer a futuro, no sé cuándo voy a regresar, tampoco podría hacerlo ahora porque no tengo los medios, pero yo entiendo que cuando sea el momento se presentará alguna manera de volver a Rosario (Argentina).
Acá en Cartagena llevo 20 días. !Y sí, la he pasado bárbaro, re bien! Me estoy quedando en un hostal de Marbella, junto con otros amigos que he conocido en el viaje, también argentinos. Pero siempre he sido como rara, che. No tomo alcohol, no como carne, por ejemplo. ¿Y por qué no tomo alcohol? Ah bueno, porque ya pasé por ahí. Creo que las rumbas de Rosario y Buenos Aires son las mismas en todos lados, cambian las circunstancias pero en sí es más de lo mismo, me entendés. Tengo varias razones. Primero porque, como te decía, ya está, ya lo viví. Segundo, porque no me gusta levantarme con malestares ni trasnochar. Sabes, tengo una frase: ‘Sin salud soy nada, con salud soy todo’. Tercero, porque no me gusta mucho la noche. Precisamente porque es oscuridad, y pueden pasar muchas cosas. Me reencanta el día, la luz. Y no tomo alcohol porque valoro mucho mi cuerpo, hago yoga, meditación. Creo que hay reconocerse corporalmente y tener claros los sentidos.
Sabía que ibas a preguntar por qué no he tenido hijos. Y bueno, mira. Porque, aunque tengo 34 años, siento que no ha llegado el momento ni la persona para tenerlo, es decir para crear ese vínculo tan fuerte con alguien, es un enlace para toda la eternidad, sabes. Pero sí estuve casada durante 8 años, y aún me hablo con mi ex pareja y con su novia actual. Creo que no hay que quedar en malos términos con alguien que quisiste tanto. Si lo piensas no tengo muchas responsabilidades pero también fue una elección. Como te decía al principio, regalé todas mis cosas, mi ropa, renté mi casa y dejé todo atrás. Inclusive dejé a mis dos perritas a las que había cuidado desde que eran unas cachorras. Claro que extraño a mi familia, por eso tengo contacto con ellos todo el tiempo por Facebook. Pero me doy cuenta de que ellos están en otros tiempos diferentes al mío. Allá, en las ciudades tan grandes como Rosario, todo pasa muy de prisa y no hay tiempo para casi nada, así que decidí hacerles grandes cartas y enviarlas por Facebook, es que no se puede sostener conversaciones con mis familiares. Siempre andan muy ocupados.
Mi manera de vivir es extraña para algunos. Inclusive para algunos amigos argentinos que he conocido en el camino. Cuando digo que no quiero algo, no es para que me insistan, es porque ya he analizado las variables y simplemente no quiero aceptar un trago o quedarme muy tarde en la noche, ya está. Mira, no sé. Estoy retranquila conmigo, yo vivo cada día. Puro presente, sabes. Y bueno, no tengo planes muy definidos. Sé que no quiero seguir subiendo a Centroamérica porque eso ya es otro cuento, y casi nadie lo hace por tierra desde aquí. No sé lo que haré. Probablemente me vaya a Santa Marta. Me gusta estar conectada con la tierra. Siento cómo vibra la tierra y sé que se puede vivir sin dinero, o con muy poco. Viajo con poco. Una mochila. Estos zapatos y unas chancletas. Un solo jean. Dos remeras o blusas. No pienso nunca en el mal, porque si pensás que alguien va a hacerte daño, pues sucede. Creo mucho en el contacto humano, en ayudar. ¿Y cómo me va en los semáforos de Cartagena? ¡Sentí cómo está de pesada mi cartuchera!

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