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Guardianas de la inocencia

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Cartagena de Indias. 6:40 p.m. Al igual que otros viernes, me he sentado a masticar las horas en una banca del Parque de San Diego, en medio de este paraíso de ciudad sostenido a costa de exclusiones, invisibilización de los problemas, explotación sexual de menores y abuso animal.

Estoy en compañía de Patricia Patiño, una mujer menuda, de tez clara y cabello largo, a ratos lacio, a ratos ensortijado, con un cierto parecido a la cantante Rosario Flórez. Es animalista, y su tarjeta de presentación la constituyen una gatita, diez perros rescatados de la calle y todos los que hasta el momento ha dado en adopción. Cuando habla de ellos se emociona tanto o más que muchas mujeres al hablar de sus propios hijos.

Inesperadamente, mientras conversamos, Patricia se levanta y corre hasta una esquina en la que un coche se ha detenido. El vehículo, de color negro brillante, es tirado por un caballo flaco, de aspecto triste y andar cabizbajo. Mientras el coche arranca, ella alcanza a gritarle al conductor que lleva sobrecupo, que el máximo de pasajeros permitidos es cuatro. El tipo se mantiene impasible como si no la viera, como si al igual que el caballo que conduce llevara puestas unas tapas en los ojos para que nada lo distraiga. Patricia se dirige entonces a los pasajeros. Tienen pinta de ser del interior del país. La escuchan con displicencia, con cierto aire de arrogancia y superioridad. Más de uno afirma con la cabeza dándole la razón, pero ninguno se baja y el coche continúa su marcha. La escena se repite varias veces durante la noche, pues algunos coches llevan hasta cinco y seis personas adultas en la parte de atrás.

Cuando regresa, me cuenta que la noche anterior, mientras caminaba desprevenida por estas mismas calles, escuchó el estropicio de la caída de un caballo. “El animal estaba completamente deshidratado –señala– no pudo más y se dejó caer”. Antes de continuar con el relato me enseña algunos tips para reconocer cuándo un caballo está deshidratado. Luego me advierte, haciendo un gesto aristocrático con las manos, que los caballos son animales altivos, orgullosos, y que cuando un caballo se deja caer, es porque realmente está mal. “El caballo estaba arrodillado en el suelo y el conductor azotándolo. Tuve que retarlo a que me pegara a mí, y en últimas dirigirme a los pasajeros del coche para que el maltrato cesara. Era una pareja con dos niños. Les pregunté si estaban de acuerdo con que un hombre golpeara a un animal indefenso, si ésa era la educación que les estaban dando a sus hijos. Fue entonces cuando decidieron bajarse”.

Luego de una breve pausa me advierte que con los perros es igual. Que en más de una ocasión ha tenido que encarar a algún desalmado a fin de defender la integridad de estos animales. “Si son capaces de lastimar a un ser indefenso, imagina lo que harán con un ser humano”. Le pregunto por los perros que tiene a su cargo, y ella cordialmente me invita a ir a su casa al día siguiente para conocerlos. Me habla de algunos de ellos, haciéndome ver que detrás de cada uno se esconde algún episodio de abandono o crueldad. Así es la historia de Linda Firuláis, una perrita rescatada de las manos de un indigente que abusaba sexualmente de ella; o la de Tobby, a quien Patricia encontró con severa necrosis en el hueso y los tejidos blandos de una de sus patas, y que, según el dictamen del médico, habría pisado ácido de batería.

Sábado. 3:15 p.m. Lo primero que noto al entrar en la casa de Patricia es la estrechez de espacio. Su vivienda, ubicada en el centro histórico de la ciudad, tiene un área de menos de treinta metros cuadrados, lo cual me da una idea, por contraste, del tamaño de su vocación, de lo mucho que se puede hacer con poco. Pues no se trata del “Paraíso perruno” de César Millán, el famoso encantador de perros, sino de un reducido espacio en el cual, pese a toda dificultad e incomodidad, Patricia despliega su amor y su respeto por estos pequeños seres silenciosos que padecen la injusticia de un mundo en el que eventualmente se hace necesario levantar la voz.

De las historias que me cuenta, dos en particular me llaman la atención: la primera es la de un par de perros de la calle, expertos en el difícil arte del enamoramiento, y a los que ella ha bautizado con los sugestivos nombres de Galán y Bandido. Por lo que me hace saber, Galán tiene tras de sí un extenso historial, pues ha sido quemado, atropellado y hasta baleado. Como señal inconfundible de sus andanzas, tiene sobre su lomo una extensa quemadura ya cauterizada, que al parecer se hizo en una ocasión en que se metió a dormir debajo de un carro. Me dice que anda preocupada por ellos, porque últimamente los ha visto demasiado flacos. “Cuando andan entregados a sus cortejos se olvidan por completo de comer”. Los ha observado tanto que conoce ya sus estrategias. “Galán, por ejemplo, se acerca a las perras algunos días antes de que entren en calor y empieza a consentirlas, de modo que cuando llega el día esperado es el primero en aprovechar”.

La segunda historia nos hace planear una incursión a los terrenos baldíos de Chambacú. Se trata de un grupo de perros que, tras la muerte de su amo, lo han seguido esperando, negándose a abandonar su hogar. Es una historia de lealtad animal que bien explica las razones por las que el perro se ha ganado el apelativo de “mejor amigo del hombre”. La historia la ha vivido más de cerca Rosario, la cómplice y amiga de Patricia en esto de proteger y ayudar a otros seres más pequeños que nosotros, de ser guardianas de la inocencia.

Domingo. 11:00 p.m. El tramo de avenida que lleva hasta Chambacú es oscuro, no tanto por la ausencia de luz como por la clase de gente que deambula por sus alrededores. Mientras lo recorremos, Patricia me habla un poco más de su cómplice, Rosario Valiente, una mujer que sin lugar a dudas hace honor a su apellido en una sociedad que no se avergüenza de su cobardía y falta de compromiso: “Rosario tiene bajo su cuidado un total de cuarenta y nueve perros –explica Patricia sin disimular su emoción–, y es, además, madre adoptiva de dos niñas víctimas del desplazamiento forzado”. Como si eso fuera poco me comenta que un día cualquiera sorprendió a Rosario llenando por Internet un formulario para recibir en adopción a una niña haitiana, huérfana del terremoto. Me dice que tuvo que llamarle la atención, decirle que pusiera los pies en la tierra, lo cual es comprensible si entendemos que la actividad que realizan no recibe apoyo de ninguna entidad, ni del gobierno ni particular. “Algunas veces nos toca dejar de pagar los servicios para darles de comer a los perritos o atender alguna emergencia. Aun así lo hacemos con el corazón, ¡pero es que ella se pasa!”, comenta riéndose.

Pasando a través de improvisados talleres y zanjas que ha abierto la construcción de Transcaribe, llegamos hasta una especie de bodega a cielo abierto, cerrada con láminas de zinc. El cuadro interior es conmovedor. Junto a una gran cantidad de tubería y material de construcción, una robusta mujer alimenta a un grupo de animales. Suman nueve en total, entre perros y gatos que conviven entre sí pacíficamente.

Luego de la presentación de rigor, empiezo a conocer a esta chica. Es técnica veterinaria y estudiante de cuarto año de derecho. Habla rápido y a ratos entrecortado, como lo haría una niña. También, como el de una niña, parece ser su corazón. Me dice que los animales son inteligentes, que desde mucho antes de ella llegar están ya esperándola junto a la puerta, yendo y viniendo desesperados. “A estos animales sólo les falta que hablen”, dice con emoción. Me explica que noche tras noche, desde antes de la muerte del dueño de los perros, ha estado viniendo sin falta a alimentarlos.

Me cuenta que cuando supo por primera vez de estos perros, ya su dueño estaba bastante enfermo. “Era un hombre mayor entregado a la bebida. Vivía en un cambuche construido en la parte de allá”, indica, señalando con los dedos un lugar enmontado más allá de las láminas de zinc. Me explica que tuvo que ser persistente para ganarse la confianza del tipo. “Era antipático y testarudo. Se pasaba la mayor parte del tiempo tendido en un camastro debido a sus borracheras y a su enfermedad. Casi no comía. Yo le sugería que fuéramos con un amigo doctor, pero él se negaba. Cuando se puso grave fui con la Policía y ellos lo obligaron a ir al hospital. La enfermedad, al parecer, estaba ya muy avanzada, así que en poco tiempo murió”. Fue ahí donde empezó la parte más difícil, pues los perros al parecer se negaban a abandonar el lugar, el cual se inundaba cuando llovía, y era objeto del vandalismo de otros indigentes. “El cambuche lo destruyeron todo, así que a los perritos les tocó venir a refugiarse acá, debajo de los tubos, durante la época de lluvias. Hablé con el encargado del campamento y él accedió a dejarlos, con la condición de que yo los alimentara”.

Me habla de lo duro de su tarea, de los problemas que hay que enfrentar, de lo difícil que es ser animalista en una sociedad como la colombiana, tan indiferente al maltrato animal. “He tenido que atender casos de animalitos a los que les falta un ojo o tienen heridas producidas con arma blanca u objeto contundente”. Patricia interviene para decir que lo menos que se le puede pedir a un país como el nuestro, saturado de violencia, es un poco de decencia, lo cual me hace recordar una frase de Milán Kundera en la que afirma que la verdadera muestra de la moralidad humana, la más honda, está en relación con quien no representa fuerza alguna: los animales y los niños. “Pero ¿cómo puede ser decente un país que tolera que existan entidades como Zoonosis, que se encarga de sacrificar animales sólo para que las ciudades luzcan mejor?”, pregunta Patricia realmente molesta, francamente preocupada.

Esa noche caminamos hasta el Centro otra vez, hacia un improvisado refugio en el que Rosario tiene otros comensales. Se trata de Tigra y Negrita, dos perritas que viven en el antiguo Circo-teatro, un lugar que recientemente fue vendido y que ahora las perritas deben abandonar. Las dos son lindas y se dejan acariciar a través del portón. Mientras dan cuenta de la comida que Rosario les ha traído, hablamos de todo lo que se hace necesario cambiar a nivel de conciencia para que el mundo sea un lugar mejor, no este infierno para el hombre y los animales.

Me despido de ellas a las dos de la madrugada y echo a andar hacia el sector de la India Catalina en busca de un taxi. Las calles están desiertas. En la esquina de la muralla siete perros se disputan entre sí los favores de una perra en celo. “Lo que es la suerte”, me digo, pues entre los pretendientes descubro a uno de color negro con manchas café sobre los ojos, y a otro de color café claro que tiene una marca inconfundible sobre el lomo. Son Bandido y Galán. Me detengo un instante a mirarlos. Mientras Bandido amenaza con los dientes a los otros perros, Galán se acerca a su princesa. A ratos parece como si le hablara al oído.





* Rodolfo Lara Mendoza es poeta, fotógrafo y pintor. Este artículo cedido por su autor a Dominical fue publicado por la revista Actual.

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