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Revista dominical

Gustavo Ibarra Merlano - 26 de junio de 1949

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A Gustavo Ibarra Merlano –el concentrado y grande amigo nuestro– le va a ser un poco  difícil  acostumbrarse  a  esa  vida  capitalina,  tan  convencional  y,  también,  en ocasiones, tan agitada, después de que el parado y lento mediodía de El Cabrero le había  caído  exactamente  a  su  temperamento  de  hombre  meditativo.  Sus  amigos,  al menos, podríamos desear íntimamente que así fuera, si no  estuviéramos sometidos a una  alternativa  sentimental  en  el  instante  de  despedirlo.  Entre  dos  sentimientos contradictorios. Como son el de no resignarnos completamente a su ausencia y el de manifestarnos satisfechos por el cumplimiento de lo que en él era un arraigado deseo, debíamos  decidirnos  por  el  primero,  algo  egoísta,  quizá,  pero  desde  luego  más humano.
Podrá  resultar  extraña  esta  manera  nuestra  de  despedir  a  Gustavo  Ibarra,  con materiales  expresivos  completamente  íntimos  –subjetivos,  mejor–  y  bastante diferenciados por cierto de la apariencia formal que han tenido siempre estos predios editoriales.  Sin  embargo  no  hemos  querido  retorcer  ese  impulso  –tan  natural,  entre otras cosas– por la certidumbre de que estamos interpretando un sentimiento con el cual  –a  pesar  de  la  dilección  con  que  siempre  nos  ha  tratado  Ibarra  Merlano– coincidimos muchos de quienes vivimos en Cartagena.
Podría  tratarse  de  un  hombre  anónimo.  Podría  tratarse  –para  ser  más  rigurosos– de un irreconciliable enemigo nuestro, y en cualquiera de esos casos estaríamos en la obligación  –ya  puramente  profesional–  de  decir  más  de  cuatro  cosas  ciertas  en  esta nota. Es lógico, también, que otro distinto sería el ritmo interior de ella. Pero de todas maneras  habríamos  registrado  este  viaje  a  la  capital  de  un  extraordinario  ejemplar humano,  de  un  intelectual  en  el sentido  incorruptible  del  término,  de  un  hombre,  en fin, irrevocablemente fiel a sus necesidades espirituales.
Dada  la  gratísima  circunstancia  de  nuestro  afecto  incondicional  hacia  Ibarra Merlano,  quienes  creemos  conocerlo,  desechamos  –deliberadamente–  la  admiración que  sentimos  por  él–  como  simple  cifra  de  una  generación  –frente  al  temor–  que  es también  suyo  de  que  cualquier  concepto  en  ese  sentido  parezca  impulsado  por  los resortes de nuestra sincera y diáfana amistad.
He aquí la razón para que hayamos preferido en esta hora, por encima de Gustavo Ibarra a quien dentro de poco se verán obligados a tener en cuenta los pontífices de la inteligencia capitalina, hayamos preferido despedir al otro, al que salía de vez en cuando  de  entre  sus  clásicos  españoles  y  sus  pensadores  griegos,  y  se  venía  a conversar  en  torno  a  una  mesa,  de  tantas  cosas  ligeras,  deliciosamente  intrascendentes,  como  conversan  los  amigos,  cuando  lo son en  el  más  amplio  y  definitivo sentido de la palabra.

Camellón de los Mártires.
Camellón de los Mártires.
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