Héctor Rojas Herazo: El esplendor de la rebeldía

Emiro Santos García.
El joven escritor e investigador cartagenero Emiro Santos García. //
Héctor Rojas Herazo.
Héctor Rojas Herazo. //
Ensayo laureado sobre Héctor Rojas Herazo, escrito por Emiro Santos.
Ensayo laureado sobre Héctor Rojas Herazo, escrito por Emiro Santos. //
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Con arquitectónica convicción se le ha ubicado, junto a García Márquez y Cepeda Samudio, como uno de los precursores de la modernidad literaria en Colombia, como una cifra fundamental en la «evolución» de la novela en Colombia: por la incorporación de nuevas técnicas y una marginada tradición oral. Los trabajos de algunos colombianistas como Menton  y Williams son pródigos al respecto. No obstante, hay con ello una preeminente certeza: lo muy poco que, entre estos desfiladeros, se han considerado los problemas inherentes a su obra poética. Es esta, tal como lo fuera en un momento el rescate de su periodismo, uno de los puntos menos estudiados en su producción.

Inaugurada en 1952 con la publicación de Rostro en la soledad, esta lírica se constituye en el lugar privilegiado donde, con mayor intensidad y vigor, convergen los principales problemas de su obra total. En sus poemas nos encontramos con un hombre que se busca a sí mismo, intentando descubrir la razón de una culpa, la procedencia primera, el lugar que le ha sido negado. (…). Cinco poemarios –más uno póstumo– en los cuales se esboza una visión de mundo suficientemente definida, con una unidad y aliento que nos hace pensar en un propósito mayor, y asimismo, con un complejo teológico de marcadas paradojas, que obligará a su amigo, el poeta Gustavo Ibarra Merlano, a definirle como una de las experiencias más singulares que haya tenido la literatura en Colombia. Hay de igual modo en esta poesía, construida en algo más de cinco décadas, una novedosa concepción de la materia, que rescata para el cuerpo-hombre la elementalidad e instaura un inédito compromiso de los sentidos como testigos de la degeneración, el fracaso y (tal vez) de una túrgida victoria: un hombre que se asume corporalmente, porfiando por descubrir la orilla y el gesto que enciende lo humano.

Ha ocurrido, no obstante, que una lírica tan coherente –si contamos con las tensiones imaginantes que mantiene– y en muchos aspectos revolucionaria –si nos detenemos en su «desviación» estética–, no haya sido estudiada en el marco de la autonomización del campo de la poesía nacional, así como tampoco en sus múltiples relaciones interdiscursivas.  Pocos trabajos, igualmente, se detienen en un estudio cuidadoso de los vértices y líneas recurrentes que cruzan los poemarios y elaboran al interior de ellos un rico juego de intertextualidades. Excepcionales, tanto por su pertinencia como por su insularidad, son los apuntes de García Márquez, Fernando Charry Lara y Ariel Castillo Mier, así como, más recientemente, los trabajos de Julio César Goyes Narváez, Gabriel Ferrer Ruiz y Rómulo Bustos Aguirre.

Predominan antes de ellos las referencias escatológicas y fisiológicas, en detrimento de la problemática mítico-religiosa y trágico-existencial que sólo puede llegar a definirse en la medida en que su poesía se contemple como la propensión a un todo, pero un todo que, a su vez, se une con otras producciones, tanto narrativas, pictóricas como periodísticas. Pues es Héctor Rojas Herazo, en más de un sentido, un artista que tiende a la rigurosa intención de totalidad. No podría explicarse de otra manera la preocupación por el símbolo, la respiración de su trilogía, como tampoco el ejemplo más contestatario, más abarcante y ambicioso: el de su última novela, Celia se pudre (1986).

En segunda instancia, esta crítica ha encontrado algunos escollos a su paso. Ya bien lo anotaba en 1976 el novelista Gustavo Álvarez Gardeazábal, cuando se dolía de que en Colombia «la crítica literaria ha estado siempre marginada a las columnas periodísticas o a revistas que muy pocas veces se leen o sobreviven». De igual forma, pocas veces se ha recurrido a vínculos críticos precedentes, deviniendo esta lírica en un lugar sui generis. Algo que –a despecho de los muchos reclamos contra el olvido– no ocurre hoy con el estudio de su narrativa. Por citar uno de los ejemplos más adyacentes, la compilación crítica realizada por Jorge García Usta en 1994 es, en su mayoría, un apretado registro del fenómeno novelístico. Encontramos en Visitas al patio de Celia cuatro artículos-ensayo sobre Respirando el verano, siete sobre En noviembre llega el arzobispo y seis sobre Celia se pudre. Aun así, en cuanto a poesía, tropezaremos con cuatro breves notas y tres aproximaciones más o menos extensas del ensayista Jorge Eliécer Ruiz, el crítico José Raúl Arango y el investigador Jorge García Usta. Otras publicaciones no serán ajenas a esta constante. Los Cuadernos de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana (2002), en su muestra decimosexta, compendian cuatro de diez ensayos dedicados a su obra poética, y en su primera aparición, los Cuadernos de Literatura del Caribe e Hispanoamérica de la Universidad del Atlántico (2005) reunieron tres de siete.

Existen así algunas virginidades y vacilaciones que no sólo atañen a una consideración estadística, sino que, como habría de esperarse, no permiten comprender a cabalidad la ardua consolidación de la poesía colombiana, como tampoco los logros de un poeta que, desde finales de la década de los cuarenta, plantea una lírica con pocos referentes nacionales, pero alineada en las búsquedas agónicas de César Vallejo y las tensiones americanistas de Pablo Neruda, con los poetas españoles de acento existencial como Dámaso Alonso, Gabriel Celaya, Blas de de Otero y Victoriano Crémer, o bajo el magisterio del poeta alemán Rainer María Rilke.

Pero, ¿cómo acercarse a una poesía cuyos recursos apelan al caos y a una hiriente luz? ¿A qué examen recurrir, en medio de su desarraigo? ¿Cómo comprender el destino de un hombre que se experimenta desterrado? Al reconocer esta nueva perspectiva de estudio algunos de los anteriores aparatos críticos –pensamos en ciertas propuestas del modelo sociocrítico o en algunos lugares de la teoría del cuerpo grotesco de Mijaíl Bajtín– no son del todo aplicables –de hecho riñen en muchos aspectos– a las tensiones primordiales de la lírica rojasheraciana. Impiden discernir el drama antropológico o las ruinas teológicas de un hombre que, más allá de una materialidad objetual o de la oposición a una estética, edifica un complejo mítico para explicarse, para intentar ordenar –en una asombrosa tentativa moderna– la experiencia de una insatisfacción y una desgracia.

Aproximarse a esta lírica implica delinear lo que hemos convenido en llamar una antropología poética: un estudio de las preguntas fundamentales construidas en su lírica más que en un marcado discurso objetivo-racional en uno profundamente mítico, que reclama el símbolo como fuerza unificante e irreductible, que retorna a su polivalencia y poder conjugador como privilegiada vía que conecta al hombre con su intimo fuero. El hablante lírico ha de enfrentarse así, por la vía del misterio poético, al misterio mismo de la existencia, en una palabra que no puede ser violentada por el discurso lógico, a riesgo de devenir en estéril alegoría.

El mundo poético rojasheraciano, presa de tales avatares –debatido entre una corporalidad que se padece como rezago de una conjeturable culpa, pero también como una poderosa y rebelde afirmación, como el recurso más inmediato del hombre para la redención de un destino dividido–, está cruzado por el símbolo y por una constelación de figuras paradigmáticas que, cada una a su modo, varían, ajustan e insisten sobre unos cuantos motivos y arquetipos (…)



Esta dinámica, podrá ser comprendida originariamente descubriendo la potencia del símbolo, evitando una dureza del mismo, la interpretación estricta de la metáfora (a través de la mítica judeocristiana y grecolatina) o de lo que Paul Diel, en Psicoanálisis de la divinidad, ha entrevisto como el error de la religiosidad frente a la divinidad-Misterio: «no acentuar la significación profunda del símbolo supremo, sino el procedimiento mítico de la personificación». Pero también, pues es esta una mítica fundada por un hombre moderno, no podremos obviar –y en este trabajo lo revisaremos continuamente– tanto la literariedad del símbolo como sus suscitaciones: el lenguaje de una arraigada herencia judeocristiana, que no obstante deberemos intentar subvertir a partir de sí mismo, a través de un lenguaje constantemente escéptico y crédulo de sí. Todo ello para poder entroncar, en la propuesta de una historia mítica o de una metahistoria, que parte con el Ángel y Narciso y acaba con el solitario hombre de la urbe, un desarrollo, una poética proveniente del símbolo y que regresa a él creando la suspensión de un nuevo tiempo. (…)



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Emiro Santos García

Cartagena de Indias, 1986. Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena y candidato a Magíster en Literatura Hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico.

Es autor de los libros de cuento Retorno a las catedrales (2011) y El vértice de la noche (2006), que resultó ganador en la IV Convocatoria de Premios y Becas del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena (2004).

Beca de Investigación Colciencias “Virginia Gutiérrez de Pineda” (2010). Ponente y asesor editorial del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, Agenda Cartagena (2007).

Miembro del Centro de Estudios e Investigaciones Literarias del Caribe (CEILIKA). Desde el 2009 dirige Visitas al patio, Revista del Programa de Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena.

Algunos de sus cuentos, ensayos y entrevistas han aparecido en revistas nacionales e internacionales: Espéculo, Literatura: teoría, historia y crítica, Cuadernos de literatura del Caribe e Hispanoamérica, Ítaca, Noventaynueve, Unicarta, La casa de Asterión y Epígrafe.

Actualmente se desempeña como profesor de literatura en la Universidad de Cartagena y tiene en preparación su primera novela.

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