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Jorge García Usta: En memoria de mi viejo

Yo la verdad nunca le di valor a los dichos populares. Hasta que me pasaban. No sé si era su lenguaje de fábula o su sentencia incuestionable lo que me hastiaba.

Muchas veces incluso los escuché y los dije con la misma estrofa musical en momentos oportunos pero no tenía ni puta idea del asunto. Uno de ellos señalaba ciertamente lo que se va y nos da el muro de la ausencia, el “final final”. Y es que uno no sabe en realidad qué tiene hasta que lo pierde, y este refrán es de una contundencia absoluta, yo diría aplastante. Pero es que perder algo para siempre trae consigo la certeza de lo irrealizable, más que eso, nos deja ver lo torpe que somos; que solo en ese ir y venir de tantos seres y objetos que nos habitan o habitaron, llegamos a comprender.



Esto es un retrato injusto y hasta afiebrado de mi viejo, hecho en la espera de poder salvar recuerdos, saliva y letra puberta de las fechas futuras que adulteran la vida. A mi papá le decían Jorge, Joche, o algún Jorge Rafael de mi mamá para captar su atención. Un tipo difícil de entender por supuesto. Debió ser mi edad o inmensos factores como el miedo, el respeto o la dispersión en mis amistades, juguetes, juegos de patio, los que no me permitieron percatarme de la riqueza de ese monstruo ancestral y sutil.

Mi papá era un poste de convicciones rotundas, complejas, más bien elaboradas por él mismo. Yo veía en su mirada esa sensación de estar hablando con algo de 3000 años, no sé si esa impresión de vejestorio le daba su estar recurrente en hamaca leyendo, o su palabra serena y convincente, o su manía de no desorganizar los periódicos o quizá su carcajada terminada en tos de ochentón. Ni sé.

Pasaban los años, los “días especiales”, él era adicto al trabajo. Cosa de todos los días era verlo levantarse en pantaloneta rascándose la mejilla, ocuparse en el baño, comer y hablar sobre problemas como si tuviera el deber inherente de arreglarlos, dándose ánimos tarareando una canción cíclicamente y despidiéndose siempre con una gran esperanza, vestido de camisa a cuadros por fuera y pantalón, barbón, afanado y con ganas de morirse ocupado.

Era increíble la cantidad de libros y papeles que llegaban a mi casa, mi viejo ponía todo en cualquier espacio vacío, en desorden sagrado y calculado. Un orden en el caos que solo comprendía él, todo sobre cualquier baldosa virgen; y hay del canalla que tumbara una pila de fólderes o sacara libros caprichosamente. Sin embargo nunca me leí un libro completo hasta el décimo, y solo escribía obligado, pero hice unos cuantos cuadros locros. Yo empecé a escribir a los 16, la culpa realmente se la debaten los libros de Harry Potter que me regaló el viejo y una muchacha (con novio) que tocaba el piano y me tenía amando a los miércoles, pero nunca le dije una mierda. Sin embargo fue el comienzo del trato con un arte extraño, redentor y enredado.

Mi papá se burlaba de los formalismos cuadrados, sagaz en comentarios agudos y gástricos, jugador de fútbol escrupuloso, cafeinómano, fiel al vallenato viejo, perpetuamente primando sus pasos en la acción metódica y promotora, que los espacios de su casa. Versos llenos de razón, me enseñó el poder de la lucha y la resistencia, del soñar galáctico pero escéptico, el sabor de la humildad ante el lujo, de encararse al dictamen injusto, me dejó la manía de quitarme las uñas con las uñas, de actuar con los propios métodos, todo eso sin decir palabras, sin asignarlo.

Hoy cumpliría 50 años según dice mi mamá. Quién sabe cuánto habrá hecho, deshecho o luchado, como si el tiempo corriera detrás de él. Quizá a esta nota se le ocurran muchas cosas, es una nota cómoda y pobre. Pero hablo desde los recuerdos turbados hasta mis quince-afectados por mi distancia afectiva basada en la tonta seguridad de creer que los papás son seres indelebles y nada extraordinarios-, y con la reflexión de uno de 19, señalando también lo que se mostró con la ausencia. Ese tipo presuroso, burlón, encriptado, de piel de castillo, sudoroso e implacable que fluctuaba entre un montón de labores al tiempo, era él. Que ya después de todo, la muerte y las fechas me lo hicieron ver.

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