José Prudencio Padilla: El gigante sacrificado

La historiadora Aline Helg
La historiadora Aline Helg en su ponencia deslumbrante en el Teatro Adolfo Mejía. // Zenia Valdelamar
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A él le tocó presenciar la ejecución del líder pardo Manuel Piar, en 1817, por orden de Bolívar, acusado de conspiración racista.  En aquellos años de 1820, Bolívar tuvo dudas e incertidumbres con el poder pardo y había creído en la calumnia del aristócrata venezolano Mariano Montilla, acerca de la deslealtad de Padilla.



Doscientos años de la Independencia de Cartagena, se reivindica la grandeza humana y militar de Padilla, como uno de los líderes decisivos en la gesta independentista no sólo de Cartagena sino del Caribe colombiano y el país. La Expedición Padilla rindió honores a su legado. Hay que destacar el papel desarrollado por la alcaldesa Judith Pinedo Flórez en su propósito de hacer visible en la ciudadanía cartagenera a Padilla. Un esfuerzo interinstitucional en el que participó la Armada Nacional, la Universidad Tecnológica de Bolívar, el Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, el área cultural del Banco de la República, entre otros.

Hemos escuchado hipnotizados por tanta maravilla informativa y reveladora a la historiadora Aline Helg, de la Universidad de Ginebra (sin duda la que más conoce de manera abrumadora sobre la vida de Padilla), las hazañas y las pequeñeces humanas que  perturbaron a este gigante y lo llevaron de manera atroz al sacrificio. Cartagena que puso el mayor número de muertos en la Independencia (los mártires fueron cerca o más de 6 mil cartageneros), no se pronunció sobre la ejecución de Padilla. La ciudad siempre ha estado dividida, fragmentada, batallando contra sus propias murallas morales e interiores y contra esa inquisición enquistada en el alma que amenaza la felicidad y el sentido vitalista. Mucha sangre ha corrido en el río tormentoso de la historia, pero aún en 2011 Cartagena no supera los estigmas y las taras de sus discriminaciones raciales, sociales, religiosas, culturales, políticas.

Padilla se tomó el poder durante tres días en Cartagena, entre el 6 y el 8 de marzo de 1828 y fue acusado de participar en la conspiración contra Bolívar, quien decidió fusilar al único general pardo de la Nueva Granada. Mientras que el supuesto jefe de la conspiración, el general Francisco de Paula Santander, le fue conmutada la pena por el exilio. Esa es una de las grandes preguntas que formula Helg: ¿Por qué Bolívar prefirió fusilar a Padilla y exiliar a Santander?  La gloria militar de Padilla es una paradoja dolorosa porque terminó despojado de sus insignias militares y fusilado. Su cadáver, dice Aline, fue colgado de una horca, a la intemperie en Bogotá.

Durante los tres días de la toma del poder hubo sublevaciones populares, cruce de cartas malintencionadas de Montilla y algunos aristócratas cartageneros que veían con recelo a Padilla.  Pero no hubo ningún muerto ni herido y ningún daño material en Cartagena. La amenaza estaba planeada contra Padilla. Todo se confabulaba contra él, hasta el préstamo que le había hecho a Santander para comprar su casa a la entrada de Getsemaní, en donde había abierto un café muy popular en la época donde la gente iba a beber, jugar y hablar de política. Un café mal visto por la élite cartagenera.

La historia de Padilla es excelsa pero dramática. El 1 de abril de 1828 la tragedia tocó a su puerta. Acusado de propiciar una guerra racial en Cartagena, fue detenido y encarcelado en Bogotá. Luego, en la noche del atentado a Simón Bolívar, el 25 de septiembre, algunos de los conspiradores  irrumpieron armados a la celda de José Padilla, asesinaron a su guardia, le entregaron su espada y emprendieron la huida. Implicado en un crimen y en una conspiración de la que no participó, Padilla decidió entregarse a la justicia, pero la perversión y la intriga política que aún no cesan, lo señaló  como el artífice de todo.

Fue juzgado de manera apresurada, sin comprobación de los hechos y sentenciado a muerte. El 2 de octubre perdió sus insignias militares y fusilado.

¿Por qué los cartageneros no levantaron su voz para defender a Padilla? ¿Por qué el Caribe colombiano se quedó enmudecido ante semejante injusticia que se estaba cometiendo con él?  Allí está la gran pregunta que se formula y responde la historiadora Aline Helg, quien afirma que desde los inicios de la guerra contra España, Bolívar estaba obsesionado y prevenido de la repercusión que tendría el poder de los pardos y su impacto en las sociedades de Venezuela y en la Costa, hasta el punto de una repetición de Haití.

En 1817, Bolívar hizo ejecutar al líder pardo Manuel Piar “quien amenazaba su supremacía, pero neutralizó a otro líder, al llanero blanco José Antonio Páez”. Tenía dudas sobre la lealtad de Padilla, un hombre que gozaba de simpatía popular, entre pequeños empresarios, comerciantes, oficiales, pero era visto con desconfianza por cierta élite.

Prevalece en la memoria imprudente el modo de ser y de vivir de Padilla que el modo de pensar y aportar al proyecto de nación. Aún se sigue hablando de su espíritu contestario, de su concubinato con Ana María de la Concepción Romero, una de las hijas del héroe Pedro Romero, una bella mulata que se había casado con  el teniente coronel Ignacio José de Iriarte y la Torre, y luego,  se había separado para unirse con Padilla.

El general Mariano Montilla desde su casa de Turbaco, le escribió a Bolívar, el 7 de marzo de 1828, contando sus prevenciones y rumores sobre Padilla, quien había organizado un golpe pacífico de tres días en la ciudad, del 6 al 8 de marzo de ese año. Lo más grave de esa carta fue decirle que estaba repartiendo armas entre los vecinos de Getsemaní. Padilla, perplejo ante la indiferencia de los suyos en Cartagena, lanzó su sombrero al suelo y lo pisoteó imprecando contra el pueblo cartagenero que lo había abandonado. La peor acusación fue decir que él había participado en la conspiración contra Bolívar. Las tropas de Montilla capturaron a Padilla y lo entregaron a Bolívar. El general Bolívar no tuvo reparos en decidir su ejecución, pese a reconocer que había sido un héroe militar. ¿Había allí un trasfondo racial y un celo político de Bolívar?

La carta de Bolívar a Páez despejan esa duda: “Las cosas han llegado a un punto que me tiene en lucha conmigo mismo, con mis opiniones y con mi gloria... Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa; en adelante no habrá justicia para castigar el más atroz asesino, porque la vida de Santander es el perdón de las impunidades más escandalosas”.

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