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Juntar los huesos, la poesía de Ela Cuavas

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Recopilando una antología de mujeres poetas de la Costa Caribe colombiana, proyecto que finalmente no se dio, me encontré regocijado con una voz que desconocía totalmente: Ela Cuavas.

La lectura de los pocos poemas que llegaron a mis manos, con sus datos escuetos, me hizo entablar un diálogo con la poeta con el fin de solicitarle más poemas. Mi sorpresa se mantuvo cuando me envió un libro completo totalmente inédito y luego vinieron otros poemas sueltos que continuaron corroborando mi admiración por su poética.

En noviembre del 2010, invitado para hablar de la obra poética de mi amiga Clemencia Tariffa, tuve la oportunidad de conocer a Ela en el Encuentro Internacional de Mujeres Poetas, que desde hace más de tres lustros organiza la promotora cultural Lena Reza en Cereté, tierra donde viviera y soñara el recordado Raúl Gómez Jattin, y supe allí que Ela ha venido asistiendo hace varios años a este encuentro, y que de alguna manera el hecho de compartir cada año con las diversas voces del país y del mundo le han permitido confrontar su creación literaria haciendo del encuentro su primera escuela de poesía, aunado a su juiciosa pasión lectora y a su vocación por la palabra.

Estremecimiento, lucidez y un profundo conocimiento de la poética universal son las primeras impresiones que se pueden apreciar cuando leemos los poemas de Cuavas, escritos tanto en prosa como en verso, técnicas que bien sabe combinar y en las que se desenvuelve sin problemas; allí enhebra ella sus frágiles o acérrimas visiones de la vida con lo que debe decir la palabra, exorciza sus lecturas y las confronta con sus propias realidades, amasa con palabras lo que podría salvarla como espectadora de su propio delirio por la poesía y convierte el  hecho estético de la creación en su vida misma. En sus juegos de desdoblamiento logra confrontar el ejercicio poético con su propia visión de las realidades e irrealidades que la circundan y la hacen inmune a los silencios estériles. Después de leer el conjunto total de su libro el lector de poesía sabe que se encuentra ante una poeta que encontró en la escritura de su primer libro el difícil cauce para seguir vadeando en la búsqueda profunda del quehacer poético. Y esto es ya decir bastante para alguien que se atreve a mostrar sus primeros poemas. No estamos frente a una autora que tímidamente muestra sus primeros bosquejos, estamos frente a una poeta que aunque siendo joven ya da sus primeros pasos seguros ante la incertidumbre de la creación literaria. Sus mayores aciertos repuntan ante todo cuando logra evitar de sus textos poéticos a esa primera persona que tanto acosa a los creadores de poesía, cuando logra desacralizar el lugar común y se deja llevar consciente o inconscientemente por la invención de sus propios lugares, más cercanos al latir propio del poema en su íntima visceralidad y a la llama que permite el crepitar de la poesía, tal como nos lo deja ver al final de uno de sus textos: No nombrar fue nuestra esencia; la metáfora es más engañosa que el sueño. Fuimos sangre, fuimos espada. Lo destruimos todo. Ahora nos toca juntar los huesos.



Poemas de Ela Cuavas

Unas líneas para Rimbaud

Niño desobediente, te despojaste de todo, de todos, no amaste a nadie y tampoco nadie trató de entenderte nunca. Sólo dejaste esa estela de luz que precede a algunas estrellas y que apenas podemos ver por un momento.

Dónde fuiste a dar, a una porqueriza a comer con los cerdos o a una plaza vacía a gritar con los ángeles. Qué bella melodía tocaste aquella noche, nadie ha podido volver a tocarla jamás después que te rompiste el violín en la cabeza. 

Nuevo Cantar de los Cantares

El ensueño de la amante

1. En la madrugada me aturde el olor de tu aliento, te busco en la almohada y sólo hallo sombras.

2. Quiero recorrer uno a uno los bares de la ciudad y gritar tu nombre a voz en cuello hasta encontrarte.

3. Por la ventana atisbo los primeros rayos del sol, pero este nuevo día no me da muchas esperanzas.

4. Qué tiempos aquellos en los que nos refugiábamos en los sucios hoteles de la ciudad, no nos importaba nada, sólo nuestros cuerpos desnudos.

5. “Quien ama sabe que delante de los ojos de su amado sólo se puede pensar en Dios”. Me decía tu última carta.

6. Y es ella ahora mi único consuelo, releo una a una sus líneas buscando dedos, besos, saliva.

7. Daría mis monedas de oro porque reposaras esta noche sobre mis rodillas, pero tu sonrisa la ha desfigurado el mismo demonio que destrozó el alfabeto de Van Gogh.

8. Y ahora trato de mirarme en tus ojos como antes, pero tu alma se pasea  por un jardín de plomo.

Lo que ya no podré decir

Sobre mi labio pesaba un silencio tan duro como si caminara con los pies agrietados. Todo lo que quise decir, todo lo que planeé como un papel en el teatro, se diluyó como agua, y volví a ser la niña que a los siete años perdió su paraguas amarillo, porque no fue capaz de decir que ese era el suyo cuando la maestra lo preguntó.

Pesa sobre mí un silencio de uñas mordidas y sangre en las comisuras de los labios; silencio de lluvia sobre la carretera que espera mi muerte. Pesado fardo que sólo me permitió una mano en su tobillo para que olvidara la rabia porque el autobús no salió a tiempo.

El silencio de esos días ahora me pesa como un desfile de muertos blancos penetrando por mi boca; y yo sólo quería decir: “caminemos por el muelle y busquemos estrellas en el mar”, para olvidar que la próxima vez tendré que atravesar medio mundo para verte.

Pero mi madre cambió de rostro a mis cinco años y nada dije; de ahí, quizá, esta incapacidad de nombrar lo que quiero, por no haber sido capaz de decir que yo quería a mi madre de antes y desde entonces nada más pude decir.

Ela Cuavas (Montería, 1979). Licenciada en Español y Literatura de la Universidad de Córdoba. Ha sido colaboradora en diversas publicaciones impresas y digitales, entre ellas, El Meridiano de Córdoba. Como gestora cultural ha intervenido en organización de proyectos literarios y audiovisuales. Se desempeña como docente de lengua española.

 

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