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La cátedra de Alcázar



Lo que trato de decirles hoy, es que, el Festival Internacional de Cine de Cartagena se puede aprovechar de la forma que nosotros queramos. Que el proceso de apropiación depende mucho de nuestra decisión de participar. Cuando me enteré que buena parte de las funciones iban a ser gratis, que varias instituciones cedieron buses para transportar a la gente a los cines, que la primera proyección se hizo en el Camellón de los Mártires, entre otras muchas actividades como “Cine bajo las estrellas”, por ejemplo, sentí un cambio de enfoque en esta ocasión.

La primera noche de festival en el Camellón de los Mártires, casualmente, comenté con dos médicos una fotografía sobre su primera versión  en 1960, donde aparecen estrellas del cine europeo, mexicano, argentino y de Estados Unidos caminando entrelazados desde la Torre del Reloj hasta el Teatro Cartagena. Conectar en la memoria entre aquella primera vez y la presentación de la película “También la lluvia” (2010) nos dio a los desprevenidos asistentes una buena idea de lo que significa el devenir de esta ciudad en su último medio siglo. Y es que, en un principio, el enfoque del festival fue promover a la ciudad como destino turístico, lo que aún es vigente y válido; no obstante, se siente hoy la madurez que ha adquirido el evento según sus avatares, apuestas y contradicciones; se siente hoy el festival como oferta cultural para propios y extraños.

Visto el festival como oferta cultural nos implica como personas que nos formamos en el. Se trata de una ventana al mundo por donde puede asomarse cualquiera, sin importar su condición social o económica. Esta vez sentí que el festival es nuestro. Leopoldo Soto, mexicano él, periodista y crítico de cine viene reportando desde hace años, para Notimex, lo que viene ocurriendo en nuestro festival; en esas lo conocí por allá en el 2005. “Le mostré a Damián lo que escribiste”, me dijo. Ahí aproveché y le pregunté que si el actor aceptaba una invitación a mi clase. La verdad es que, no estaba muy seguro de que viniera. Pendejadas de uno. Creer en las estrellas inalcanzables, tan distantes, tan ideales. El miércoles pasado tuvimos que prestar de emergencia el Aula Máxima de Derecho de la Universidad porque se nos vinieron más de doscientos estudiantes encima. “Me quedé dos meses en Cartagena, cuando vine a filmar ‘Del amor y otros demonios’” nos contaba Damián. “Hasta que a la tercera semana me aburrí de esta tacita de plata que es el centro histórico y me monté en una mototaxi y me fui al mercado de Bazurto” remató el actor. Díganme ustedes ¿Cómo no sentir que el festival no es nuestro con semejante testimonio? “Monté en una buseta y me fui a los barrios. Y uno es así de este color, de esta estatura, igual que ustedes” relató Alcázar.

No hay que desconocer el poder hegemónico que Hollywood ejerce sobre nuestras mentes y la política cultural de sus películas que nada más nos enseñan el mundo a través del consumo. Fue por eso que, antes de comenzar la clase, proyecté una serie de trailers de películas de Damián en donde se encuentra “Las Crónicas de Narnia: El Príncipe de Caspian” (2008) con el papel de Lord Sopespian. Los estudiantes no podían creer que un actor, también del cine industrial, fue a ver cómo era un baile de picós en Cartagena y comió carimañolas y arepas al pie de una mesa de fritos.

El mensaje de Damián fue contundente: hay que creer en nosotros, en lo que hacemos y en nuestra capacidad para cambiar las cosas, la realidad imperante. “Cabrón –me decía- yo siento que con mi trabajo puedo hablar por los que no pueden. Un indigente, un albañil. Y es que la democracia no sólo es poder votar, la democracia también es económica”. Aquella cátedra de Alcázar en el festival que pasó, será inolvidable.

ricardo_chica@hotmail.com

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