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La ciudad de los sentidos

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“Esta ciudad que no se borra de la mente es como una armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar”. (Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles).

La esperanza de los colores

Antes de irse a dormir en el mar Caribe y dejarle sus dominios a la noche, el sol quiere dejar claro que es el rey de los trópicos. Colorea la tarde. Los arreboles se tiñen de infinitas tonalidades de dorados y naranjas. El tono azul del mar se transmuta en naranjas de variada intensidad, mientras bandadas de alcatraces vuelan en perfecta formación hacia sus refugios.
Cuando cae la tarde las edificaciones más altas, los miradores de las casas coloniales y las cúpulas de las iglesias parecen estirarse buscando los últimos rayos del sol. Abajo, el rey ha perdido la batalla y los faroles comienzan a encenderse. La luna entra a la fiesta y su luz natural lucha con las luces artificiales. Las viejas murallas y baluartes muestran, en el silencio de la noche, la belleza estética que reclama todo monumento que ha perdido la función para la que un principio fue creado.
La feria de colores está en todas partes. Asalta la vista en cada esquina, en cada lugar. En las fachadas de las casas, en las polleras de las palenqueras, en la variedad de frutas, en los dulces del portal y en las chivas que transportan turistas que solo precisan de una sencilla maraca para armar la fiesta.

El lenguaje del aroma

Por las mañanas en Cartagena de Indias el olor a salitre llena los pulmones. Los aromas del mar parecen hablar. Se convierten en rumores de historias y leyendas de viejos piratas, bucaneros y filibusteros que antes de aprender a gatear, nadaron en sus aguas. El olor de la historia y la leyenda se toma la ciudad. Se huele incluso, el aroma de las botijuelas de vino añejándose en las bodegas de las calaveras, el olor de las bolas de naftalina en los baúles para salvar la ropa de las diligentes polillas, y la desazón de los marineros por el naufragio y la fortuna perdida.
Mucho más temprano, en las playas de Marbella el olor a café recién preparado despierta los sentidos de los pescadores. En la madrugada como cazadores de ilusiones lanzaron sus redes al mar. Por la mañana arrastran las redes a la orilla y se siente el aroma de la desazón en los escasos pescados que aletean y dan bocanadas de desespero en el fondo de las canoas.
Entre tanto, los viejos alcatraces, los que ya no señorean en el aire, aquellos de vista limitada por la diaria faena de zambullirse desde grandes alturas en busca de los frutos del mar, caminan con asombrosa confianza entre los pescadores. Algo de comunión parece existir entre estos conocedores de los secretos del mar. Se mueven con la parsimonia de quien sabe que ya sus mejores días se han ido, pero con la tranquilidad del deber cumplido en busca de la recompensa merecida. Los perros callejeros que merodean las playas con el olfato agudizado por la supervivencia indagan por las sobras de la miseria.
Como una caja de pandora las vendedoras del Portal de los dulces, destapan sus frascos y los secretos de su majestad el azúcar roban la atención del olfato. Poco a poco el viejo portal se convierte en un hervidero de gente que, como hacendosas hormigas, se mueven entre las confituras. Con el avance del día vendrán los olores de la fatiga y la dictadura del bronceador revelará sus dominios. Huele a mar y a salitre, a perfume barato, a bullicio de calle, a escupitajo fermentado, a pregón de esquina y a esperanza posible. Sin la diversidad de olores las ciudades serían impersonales y tristes.

Oído… (Joe Arroyo)

En Cartagena el sonido monocorde del mar estrellándose en la roca se vuelve polirítmico. En cualquier esquina se sumarán tambores y gaitas. Por las noches grupos de músicos y jóvenes bailarines de las barriadas populares se toman el centro histórico. Bajo el ritmo cadencioso de la cumbia o la fuerza erótica del mapalé, cuerpos sudorosos se mueven con destreza mientras esperan que el público que observa con admiración los incluya en su presupuesto. Desde su trono, Fidel y su esposa administran los sones y fabrican borrachos. Al fondo suena el aforismo “las esquinas son iguales en todos lados”.
En la calle del Arsenal el ingenioso pregón de los vendedores y la algarabía de feria humana del antiguo mercado público cedieron la voz a la música de las discotecas y bares de la zona rosa de la ciudad. Ahora, la estrategia sonora del marketing popular, la risa festiva, la broma fácil y sonante se trasladó al mercado de Bazurto. Una especie de universo popular indomable y altanero en el que parecen hacer falta sentidos para poder percibirlo y definirlo.
Cartagena es sonido por todos lados. Cocheros y guías turísticos pregonan la historia convertida en leyenda. Turistas alegres saludan a los transeúntes. Vendedores de toda suerte de productos ponderan su mercancía en un estilo inconfundible e inédito.
En una esquina del centro histórico una lora entusiasta y parlante anuncia la frescura del agua de coco y las delicias de su carne tierna. En el Fuerte del Pastelillo, en el barrio de Manga, un grupo de muchachos se bañan en las tranquilas aguas de la bahía. Rompen la monotonía de la tarde con sus gritos alegres y la risa de feria con la que celebran cada una de sus piruetas acuáticas. Contrasta con la tranquilidad y la paciencia temprana de dos niños pescadores, que lanzaron sus anzuelos al agua sin la premura y la ansiedad de la subsistencia.
Todavía suena la ficha del juego de dominó sobre la mesa en las esquinas de los barrios. Se conversa animadamente de béisbol y boxeo, y se desacraliza, el acontecimiento político más importante de la ciudad, el país y el mundo. Por más de cien años, la estatua ecuestre de Simón Bolívar ha sido testigo del parloteo constante de los cotidianos visitantes. La vida política de la ciudad se desliza por las sillas del parque, mientras los jugadores de ajedrez rompen la milenaria tradición de concentración y silencio del llamado juego ciencia.

El ritmo de los sabores

Cartagena es una ciudad de sabores que se ofrecen con ritmo. Por la mañana, la paila de aceite está presta a recibir arepas de huevos, patacones, empanadas, carimañolas y buñuelos de fríjol. Cuando los pájaros empiezan a llegar a las plazas y parques, la ciudad desayuna y se despereza. Dando saltos y husmeando en los rincones las Mariamulatas buscan la sobra generosa.
A medio día el calor arrecia. Como para seducir al paladar los jugos se ofrecen en recipientes transparentes. Hordas de sedientos llegan en masa. Por las gargantas de los agitados transeúntes se deslizan refrescantes los jugos de naranja, piña, mandarina, zapote, níspero, sandía y el agua de coco.
En un juego de gestos y palabras el vendedor negoció los pescados con la propietaria del restaurante. Pronto estarán, sazonados en salsa de leche de coco, como almuerzo de comensales ansiosos. Para el postre la cuidad tiene una galería: El Portal de los Dulces. Por esos azares de la historia, en el sitio donde se movió por años la amargura de la esclavitud, ahora se venden las mejores confituras del país. Enyucados, caballitos de papaya, cubanitos, cocadas, bolas de tamarindo, dulces de ajonjolí, indultan al pasado y endulzan el presente.

Acariciando la memoria

El mundo se hacía más ancho y menos ajeno, y trasladaba sus guerras a otros territorios. La codicia de los enemigos de España y el recelo de los funcionarios reales fundaron en Cartagena de Indias una memoria de piedra que remplazó la vieja memoria de bahareque, indígenas y parsimoniosos cangrejos. Por cuatro siglos, varias generaciones de arquitectos ayudados por artesanos, alarifes, canteros y herreros tatuaron la ciudad en alto relieve.

Muchos años después, frente al mar, el escritor, empresario, músico y poeta cartagenero Daniel Lemaitre Tono, en uno de sus comunes arrebatos de genialidad, le pondría el remoquete más justo y celebrado: “El corralito de piedra”. Más tarde, el escritor y pintor Héctor Rojas Herazo, quien la vivió intensamente en cada uno de sus callejones, calles y zaguanes la describió perfectamente, Cartagena de Indias es un “bloque de labrada piedra frente al mar”.

Por las tardes, cuando el sol empieza a ocultarse, en una combinación de infinita ternura y bajo presupuesto, los amantes se suben a las murallas. La memoria de piedra se doblega y se deja acariciar por la ternura y la pasión. Los cañones curtidos por la patina del tiempo y acariciados por el salitre se vuelven cómplices. Otros calores distintos a los de la pólvora se apoderan de ellos. La noche insinúa su presencia, comienza la construcción de una nueva memoria.

En las playas, la palenquera que se gana la vida suministrando masajes a los turistas intuyó desde la distancia el cansancio y la rigidez de los cuerpos. Unas manos recias, suavizadas por el aceite de coco, desatan los nudos de la piel.

Por la tarde, con algún dinero acumulado gracias a la feria del tacto que tiene por oficio, regresa a su barrio en los extramuros de la ciudad. Llega a su casa, acaricia a sus hijos mientras mira como el salitre corroe poco a poco, pero con seguridad asombrosa, las coloridas paredes de su casa.

Es domingo y los hombres de la barriada levantan con la mano derecha sus trofeos etílicos, con la izquierda se aferran a sus genitales mientras se mueven al ritmo del soukus africano. ¡Atrás! etnógrafos distantes, chamanes de la rentabilidad y el tiempo, déjenlos por un momento administrar algo, aunque sea su propia miseria.

Ciudad de México, 31 de agosto de 2010.

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