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La ciudad es tiempo

Uno puede entender el tiempo en su sentido cronológico o diacrónico, que es lo mismo. También se puede entender el tiempo según la experiencia de cada quien, es decir, en un sentido sincrónico. Uno puede entender el tiempo diacrónicamente, es decir, un antes y un después.

Pero, de otra parte, frente a una foto del muelle de los pegasos, tomada hace veinte años desde el edificio del banco popular, veo gente y vida de muelle. Hay gente que recuerda desorden y porquería. Yo recuerdo jugo de zapote en leche, bien frío y patacón con queso. Hay gente que recuerda atraso y delincuencia. Un montón de negros que afeaban la ciudad. Yo veo a todo el mundo ahí: gente de aquí, a los extranjeros, a los marineros, a los trabajadores. Para mí, el muelle, era el paso previo a la entrada de los cines que quedaban a un costado del mercado público.
Una cosa es el paso de los acontecimientos a través del tiempo y otra cosa es el valor, el sentido y el significado que uno le imprime a las cosas que pasan. Depende de la idea que uno tenga de lo bello, de lo feo, de lo bueno, de lo malo. Como dice Amartya Sen: “El desarrollo tiene un fuerte componente subjetivo: la cultura”. En virtud de eso: ¿Qué significa, para un sujeto como yo, que nací aquí, con familia de aquí; digo: qué significa para mí que hayan desaparecido los kiosquitos del Muelle de los Pegasos? Yo siento que me echaron a la calle. Cuando me sentaba en uno de esos banquitos a comerme una arepa de huevo con una Kola Román, literalmente, me sentía en mi casa. Yo lo que veo es un peladero, sin gente, sin nosotros. Sin sombra que nos guarezca del sol. ¿Tenían que irse los kiosquitos? No estoy tan seguro. Creo que podían repensarse, reinventarse, pero de ninguna manera desaparecerlos. Ahora están tirados en un callejón, junto al extinto cine La Matuna: allí donde dieron “Fiebre de Sábado por la Noche”, “Caracortada” con Al Pacino, “Rocky” o “Flashdance”. Ahora están uno detrás del otro al pie de un cine porno. Lejos de barcos, marineros y del agua: ese elemento tan esencial en nuestro modo de ser y que ya olvidamos.
La ciudad es tiempo. Y el tiempo es oro. Y también es memoria. Lo que pasa es que aquí creemos que la memoria son sólo las piedras: ¡¿Y la gente, qué?! Necesitamos el tiempo para habitar la ciudad y eso depende, en buena medida, de los canales de comunicación: ya sean redes de telecomunicación o la malla vial urbana. Me da la impresión de que la única vez que esta ciudad fue pensada fue cuando la diseñaron los españoles y la construyeron los africanos. Del núcleo urbano histórico se desprendieron ramificaciones. La más importante (y la única) es la que conocemos hoy como avenida Pedro de Heredia: el tiempo cotidiano, lo vivimos en una ciudad lineal, que no tiene ejes viales; que se densifica por un lado y se expande por el otro. Y que tiene una inmensa obstrucción en toda la mitad. ¿Qué significa semejante deformación urbana para la infancia que la habita, en especial, la de los sectores populares? Mi apuesta es que crecerán creyendo que eso es lo normal. Como crecimos nosotros. ¿No se dan cuenta que cuando la buseta llega a la altura del mercado de Bazurto, casi nadie pita? El pasado domingo, circuló en este diario, un folleto con las fotos de las nuevas escuelas que construyó o está construyendo el Distrito y me impresionó bastante. Porque, en efecto, parece bastante lo que se ha hecho, aunque todos sabemos que no es suficiente. Que falta mucho. Desde el punto de vista sincrónico, la infancia y la juventud que llegue a esos planteles, tendrá una idea y una memoria diferente de lo que significa la escuela. Buena cosa. Pero, aquellos que hemos estudiado fuera, sabemos que lo que forma es el entorno y el intercambio, no sólo en el contexto escolar, sino en el contexto urbano. Ahí es donde uno aprende a ser ciudadano con todo lo que eso implica en la vida colectiva e individual. El ámbito escolar no es suficiente para aprender a ser cartagenero, caribeño o negro. A mí me quedó bien claro, comenzando los años ochenta, gracias al Festival Internacional de Música del Caribe. O cuando iba a los kiosquitos del muelle de los Pegasos: me sentía orgulloso. Pensar la ciudad y el tiempo es cuestión de enfoque. Y de intereses. Lo que es evidente cuando a uno le preguntan: “¿En qué barrio vives?” Eso, en Cartagena, todavía define muchas cosas. Entre esas, el tiempo y sus sentidos. Diacrónicamente, cuánto tiempo te demoras en llegar a los destinos de interés dominante. Sincrónicamente, qué lugar ocupas, no sólo en la sociedad, sino en la memoria.

ricardo_chica@hotmail.com

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