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La costumbre de la cumbia

Sale el sol, cantan los gallos, suenan las acordeones, qué alegría nos trae la música ubicua descorriendo el telón de la oscuridad y las grandes distancias.

En una madrugada insomne estaba escuchando esa cumbia, “La pava congona”, esa cumbia emociona, sí, nos trae el paisaje de la Costa (nadie hable de “nostalgias”) una emoción que desciende de las grandes nubes viajeras del Caribe, que brota del alma de nuestros artistas, del pulso de las teclas, del canto de la madera, de los pitos ancestrales, de los tambores y la modesta y entrañable guacharaca con su cosecha de ritmos.
En esa madrugada insomne estaba escuchando “la Pava congona”, el ave sagrada y memoriosa venía volando sobre las praderas transoceánicas, “la Pava congona”, y tras ella cantaban y filosofaban grandes sanjacinteros: Andrés Landeros, Toño Fernández, el sabio Regino Martínez-Chavans y Numas Armando Gil Olivera.
Desde Cartagena Gustavo Tatis Guerra trajo a París ese disco y un libro, el tercer volumen de nuestro ser: “Mochuelos cantores de los Montes de María la Alta, Andrés Landero, el clarín de la montaña”, escrito por el profesor Gil Olivera, investigador de la Universidad del Atlántico, quien con mucha generosidad nos ha venido enseñando lo del “ethos caribeño”, pura geofilosofía, aspiración a la armonía, al canto, a la visión que inspiran las aguas del río y el mar, un paisaje hecho cumbia, con cerros cantados, cactus y manglares, babillas, palmeras, hamacas, pivijayes y grandes cielos.
Las costumbres de los hombres son sus dioses y sus demonios (ethos anthropo daimon) el río de la memoria y de las letras nos trae ahora este enigmático pensamiento de Heráclito desde la gran noche virtual. Nosotros tenemos la costumbre de la cumbia, alguien siempre prende las velas, vemos una claridad, vivir es posible, trabajar para bailar y criar hijos que es muy bonito.
La suerte quiso que la profesora francesa Pascale Molinier, quien acaba de regresar de Colombia, me prestara un bello documental filmado por alemanes sobre Francisco Pacho Rada, el tigre de la montaña, la persona que inspiró la leyenda de “Francisco el hombre”; en el libro de Gil Olivera había leído que este viejo padre nuestro le vendió la primera acordeón a Landero, el futuro “rey de la cumbia”. Todo está ligado.
El paisaje rural es en ellos predominante, esa tierra llamadora, esas palmeras suplicantes, las aguas del Magdalena.
“Landero también le ha cantado a las aves; ha poetizado su cotidianidad campesina, ya que es músico de estirpe netamente rural”, dice Gil Olivera.
Hay una hermosa cumbia llamada “Flamenco”, que tocan en Soledad los muchachos de Pedro Ramayá Beltrán, y también existe un caserío de Maríalabaja llamado así, “Flamenco”, en el cual una hermosa negra le pide al juglar Andrés Landero: “no te vayas todavía”.
Recordé el hombre-hicotea, ese mito contado por el sociólogo Orlando Fals Borda a Rafael Bassi: «Somos hombres hicoteas. Sufrimos mucho, pero también gozamos. Y al hacer la suma, a pesar de nuestra pobreza, va ganando la alegría.»
La alegría sale ganando, sí. La memoria es la única grieta en la coraza de orgullo de la muerte, lo dice el nigeriano premio Nobel de literatura, Wole Soyinka. Landero también compuso su “Flamenco” y entonces el reclamo amoroso de aquella negra “Andrés Landero, no te vayas todavía”, sigue alimentándonos.
Gil Olivera nos cuenta en detalle el origen de muchas de las canciones de Landero, un compositor prolífico, a quien la música le brotaba con facilidad. De todas ellas quizás la perla sea esa pava, que algo tiene que ver con el Congo, donde los antiguos decían: “la vida depende de la generosidad mutua”.
La yuca, el maíz, el pescao, las aves, la naturaleza, nos dan para vivir, y el hombre con su canto lo agradece. “La pava congona es un derroche de poesía rural, la que más triunfo le ha dado al juglar sancajintero; Landero se inspiró en la montaña, en el cantar de los pájaros (…) En la pava congona interpreta el sonido de toda la fauna”, dice Gil Olivera, quien transcribe las visiones de este hombre, cuya suerte, en un atardecer, le llevó a conocer los secretos del tiempo, “vi tejiendo la araña sus redes sobre dorao”, los resplandores cósmicos que lo entretenían y el pájaro suirí que le daba las horas del más creativo ocio.
De todos los libros de Gil Olivera es en este donde mejor ha sabido tejer sus dos grandes amores: la filosofía universal y el estudio de nuestro folclor.

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