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La fiesta de Guadalupe

Ayer doce de los corrientes, se celebró en toda la República Mexicana, el día de la Virgen de Guadalupe, patrona de aquel país donde viví tantos años. Desde una semana antes, comienza la celebración en todos los niveles de la sociedad.

La peregrinación a la Basílica de Guadalupe, quizás sea el hecho central. Una romería infinita (se habla de unos cinco millones de visitantes en unos cuantos días) se sube hasta el monte Tepeyac en el Distrito Federal para rendir culto a la virgen.
Estar ahí es presenciar una vigorosa actuación colectiva de la identidad popular mexicana. Vigorosa y profunda actuación porque la creencia señala la aparición de la virgen a un indígena como Juan Diego, una virgen morena además. De modo que el elemento racial, con todas sus implicaciones culturales, juega un papel muy importante en la celebración de una fiesta nacional que apunta directo al corazón de la identidad y de los modos de ser mexicanos.
La celebración popular alcanza su clímax el once de diciembre, la cual, se concreta en los barrios y arrabales de la ciudad de México. En el barrio Santa Julia, uno de los más tradicionales de aquella ciudad, se organizan ferias, pesebres, fiestas callejeras, restaurantes de acera, diversiones y juegos de azar, procesiones y muestras musicales al aire libre. A la fiesta Guadalupana de Santa Julia llegaba siempre la televisión nacional y, detrás, una fila grande de gringos sonrientes que, sin querer queriendo, buscaban contacto con un México auténtico.
La fiesta Guadalupana del once está preñada de prácticas seglares de celebración donde quizás, la más importante, sea la aparición de los mariachis a las doce de la noche, para cantar Las Mañanitas. Se trata de decenas de aquellos conjuntos con músicos de todos los colores y estilos que al calor del pulque, el tequila y el mezcal no desafinan ante la imagen de la virgen morena que domina cada rincón del barrio en sus esquinas, sus vecindades y sus barrocos altares. No obstante lo anterior, lo que a mí siempre me impresionó, fue la construcción de los pesebres y la magnitud de sus resultados. Al pie de la puerta de una vecindad, cada quien va aportando al pesebre bajo la dirección de un personaje popular y autorizado por la costumbre. Entre más generosas sean sus dimensiones y más vitales sus recreaciones y puestas en escena de la vida cotidiana de México, más gana la admiración de propios y visitantes.
Otro aspecto interesante son los llamados sonidos de Santa Julia. Los sonidos son los equivalentes a los “Sound System” de las islas del caribe o del Picó en Cartagena. Y como se trata de música de arrabal nunca faltó el Joe, Fruko y sus Tesos o Los Titanes, además de muchos números de orquestas colombianas –en especial de la costa caribe- de los años ochenta como la de Nando Pérez, Los Inéditos, El Nene y sus Traviesos, Los Hijos del Sol, Las Perlas Negras entre otras. Se trata de un repertorio musical que constituía (y lo sigue siendo porque nunca dejan de poner esos discos) buena parte de la banda sonora de la fiesta Guadalupana y que cientos de parejas mexicanas bailan en los cuatro costados del mercado en Santa Julia adentro.
Mención especial, dentro de esta banda sonora barrial, merece la agrupación musical La Sonora Dinamita, dirigida por el siempre getsemanicense Lucho Pérez Argaín: el verdadero embajador colombiano en aquellas tierras, cuyo aporte a la cultura popular mexicana resulta invaluable y digna de ser estudiada con toda la seriedad del caso, pues, a mi juicio, el artista cartagenero hizo una contribución tan importante como la de Paquita la del Barrio. Nunca lo vi tocando en Santa Julia, pero, los vecinos –al enterarse de mi nacionalidad- se emocionaban al comentarme sus inolvidables conciertos en el barrio. De la mano de Lucho Pérez, la cumbia colombiana se insertó en lo más profundo de la cultura popular mexicana. Para comprobarlo sólo hay que ver la Fiesta de Guadalupe
ricardo_chica@hotmail.com

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