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La hora del ahogado

Fue un día de playa muy duro para mí, porque, papá nunca dejó de insistir en que, juntos, rompiéramos las olas. Treinta años después, cada vez que paso por Marbella, me muero del terror. Todavía escucho la risa incontenible de papá, burlándose como un niño malo de mi miedo a toda el agua del mundo.Me dejó quieto, mientras en brazos de mamá escuchaba el repertorio musical del picó. Lo veía zambullirse sin miedo entre las olas allende el horizonte. Nunca temí por él. Iba cual delfín hacia atrás, hasta que su cabeza y su incipiente calva se convertían en un punto insignificante. Pasado el medio día me dieron las sopas en las instalaciones del balneario. Inolvidable. Las sopas y la gente bailando. Bajando el sol, llegaba más gente, pero no entraban. Se parqueaban, se agachaban en la puerta, en la avenida Santander, en el sardinel del medio, no más. Hasta que llegaba la hora que les mencioné arriba; entonces, todo el mundo corría y cruzaba sin mirar. Hubo más de un atropellado, pero, el domingo no estaba completo sin verle la cara al ahogado. Y el picó, con su descarga, ahí.

Las imágenes urbanas se forman de nuestra relación con el espacio, del significado que le damos. En la medida en que las ciudades crecen, se desarrollan, se desparraman, se vuelven laberintos, aparecen coordenadas vivientes que sirven de referencia, sirven para construir un mapa colectivo, cotidiano y fugaz. Cuando los colegios tenían doble jornada, me tocaba coger un bus de Alto Bosque a la altura de la refresquería La Selecta (contra esquina del edificio del Banco del Estado) o, a veces, en la panadería Lorena (junto a la entrada del edificio del Banco Popular). La bifurcación urbana más significativa de entonces, era la del Tabarín.  Se trataba de un estadero, bar, restaurante cuya fachada eran una imitación de las murallas del centro histórico, hechas de bloques pintados de amarillo sobre zinc. En toda la esquina aparecían par de garitas y entre ellas la cabeza de un toro negro, triste y flaco. El bus de Alto Bosque se rebelaba contra la linealidad férrea de la avenida Pedro de Heredia, para desviarse hacia la Crisanto Luque. El toro del Tabarín era testigo de ello. A esa hora uno ya iba con bastante hambre a la casa. Y pasar por aquella esquina era someterse a tortura de un caleidoscopio de aromas, pues, no eran tanto los sopores que salían del Tabarín, sino de las cocinas callejeras, ventorrillos y puestos que lo rodeaban. A esa hora se expendía un menú de guisos, sopas, arroces, bollos, petos, pícaros, pastas, fritos, fritangas, jugos en agua, en leche, dulces, galletas, guarapos, quesos, peces y patacones. Había que aguantar porque el bus hacía una larga estación para esperar pasajeros.

Las imágenes urbanas de hoy se mueven mucho, excepto poderosos referentes espaciales como el centro histórico; La Popa y el mercado de Bazurto; el complejo deportivo y la plaza de toros; y los centros comerciales instalados en el eje de la linealidad. Y, eso pasa quizás, porque para este lado de la ciudad no hay monumentos, ni hitos urbanos, ni referencia colectiva que quede viva. Se me antoja que toda la ciudad se volvió un dormitorio y se nos murieron las imágenes urbanas perdurables porque no salimos a la calle a construirlas. Hay  un laberinto de la supervivencia y el rebusque, cuya travesía más efectiva sólo se puede hacer en una de las miles y miles de mototaxis, que, de la manera más silenciosa, se están convirtiendo en el signo más robusto que identifica la ciudad.

Las imágenes urbanas del Balneario Colonial y, del Tabarín, en aquella proverbial esquina de la sazón, se corresponden con el gran acontecimiento que era protagonizado por nosotros, por la gente. Por eso era tan importante la hora del ahogado.



ricardo_chica@hotmail.com

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