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La identidad Caribe de Cartagena

Investigadores y cultores artísticos y culturales de Cartagena han señalado la importancia que tiene para el desarrollo cultural urbano el diálogo constante entre los sectores cultural, educativo, turístico y empresarial.

(...) No obstante, la educación formal que se imparte está afectada por un orden centralista que –descontando experimentos timoratos y dispersos- no enfatiza el reconocimiento identitario regional de los educandos como una tarea prioritaria. Lo curioso es la nueva presencia del contraste histórico: en estos momentos, y desde hace varios años, en la región se desarrolla un evidente auge de los estudios sobre el Caribe colombiano y la región es una de las más estudiadas del país.

Debemos señalar que este mismo periodo es escenario de la aparición multidisciplinaria de visiones serias, rigurosas, solventes, sobre el Caribe. En los últimos años han aparecido muchos libros, publicaciones y revistas sobre la historia, las culturas, las artes y las letras de la región, e igualmente existe una viva programación de seminarios, conversatorios y festivales.

El otro elemento mencionable es el aumento de la reflexión académica y creadora sobre las relaciones entre educación y cultura, y su incidencia en el desarrollo social.

El proceso educativo local se caracteriza por cierta insularidad que no le ha permitido convertirse en espacio del debate cultural contemporáneo y mucho menos aprovecharse de sus orientaciones, significados y perspectivas. Un proyecto encaminado a reforzar la identidad caribe de Cartagena debe enfrentarse a esta insularidad del sistema educativo local, y podría ser un escenario para promover una nueva conceptualización de la cultura y lo cultural. En este último campo, presenciamos una situación especial en Cartagena: se trata de la modernización tardía, incompleta y fluctuante del concepto de cultura por parte del Estado, de sus políticas y por tanto de la administración concreta del distrito. Tal situación incide también en la comprensión, apropiación e incorporación de los planes de desarrollo de la importancia económica de la cultura, que es uno de las más significativas contribuciones de la nueva teorización sobre la cultura.

Pero, ¿cómo agenciar un programa de sensibilización, estudio y comprensión de lo caribe en un sistema educativo que, además de esta agobiante insularidad, recibe los dictados de la centralización curricular? Incluir la dimensión de lo caribe como pertenencia a un mundo histórico y cultural implica replantear métodos y procesos de enseñanza. No sería conveniente pensar en parangonar el espíritu de lo caribe como mundo con tendencia histórica a la indisciplina social como conducta de rebelión ante un orden social injusto, a la aplicación de un método de aprendizaje que estimule la dispersión de lo creativo.

No entenderlo así, sería volver a aceptar, en la práctica, aquella xenofobia de espíritu hispanista en principio y luego andinizante que estableció la división del trabajo intelectual en una nación en formación: el caribe sería siempre el desorden sensorial y la imposibilidad del pensamiento, y lo andino sería siempre el ejercicio reflexivo y la posibilidad del pensamiento.

(...) Que la educación en nuestra región reconsidere en su práctica la dimensión caribe no significa que deba privilegiar la aproximación y el cultivo del folclor como presunto eje de la representatividad cultural caribe. La valoración íntima y orgánica de lo folclórico, que es una indiscutible necesidad acrecentada en tiempos de globalización, debe estar acompañada por la reflexión sobre cómo entender las proyecciones del saber y la práctica folclóricas en estos tiempos, cómo convertirlo el mismo tiempo en materia de instrucción, de valoración radical, es decir desde las raíces, y cómo entender las maneras de sus dinámicas actuales.

(...) Se necesita despejar viejos, nuevos y acendrados equívocos y prejuicios sobre lo caribe. Si bien el elemento africano y sus múltiples irradiaciones culturales constituyen una de las características centrales de la historia caribe, lo popular caribe actual es el resultado de un proceso de relaciones, fusiones y sincretismos. Más que de lo africano debemos hablar de lo caribe, una síntesis humana, étnica y cultural, que no se reduce a ninguno de sus componentes, pues se trata de una nueva expresión, el resultado complejo de la relación desigual de varios elementos. Tal convicción no debe conducir a no valorar en sus justas medidas históricas las contribuciones de cada una de las culturas.

En esta relación entre cultura y educación, con miras a reforzar la identidad caribeña de Cartagena debe tenerse en cuenta que:

La palabra cultura es polisémica e inconmensurable, temporalizada y contextual, debe usarse en plural, es decir culturas, y recuerda el cultivo de algo.

Es indispensable el estudio de la relación entre la globalización y el desarrollo de las identidades locales, regionales y nacionales.

Lo público es uno de los temas centrales en el estudio de las culturas urbanas, y la ciudad es el espacio de lo público por excelencia.

La elaboración de una política cultural debe reconocer que las culturas han manejado desde siempre estrategias de supervivencia, persistencia y transformación, ante contactos críticos con otras culturas.

(...) En el caso del turismo, encontramos en Cartagena una prometedora opción para reforzar nuestra identidad caribe. En este caso, deberíamos replantear, como ya lo han logrado hacerlo otras ciudades del Caribe, la idea de sustentar en forma exclusiva nuestros atractivos turísticos en la fórmula de “playa y sol”, o, como ocurre actualmente, en un recorrido convencional por los monumentos históricos, que si bien constituyen un invaluable patrimonio, su uso y promoción turísticos deben estar acompañados por un recorrido más profundo, humanizado y veraz por la ciudad como un espacio histórico multicultural.

(...) La analista turística Toya Maldonado sostiene:

El turista de hoy no viene a visitar una ‘creación, sino a visitar algo real con sus atractivos, cultura y cotidianidad. No sólo es historia lo que debemos contar, ni mostrar monumentos fríos que no hablan; por el contrario, el turista de hoy quiere vivir, palpar, tocar, conocer lo real del patrimonio tangible e intangible, el producto es la cultura y la historia. …Los turistas buscan un lugar con sustancia histórica y cultural. Además de conocer el patrimonio monumental, ese turista del pasado que tragaba entero tal y como se lo entregaban ya pasó. Hoy está más informado, y cuestiona, quiere vivir como local, tener sensaciones, y aunque sea por sólo unas pocas horas o días, quiere tomarle el pulso real a lo que ha decidido conocer; de lo contrario se iría a un parque temático tipo Disney.

En el caso de Cartagena, sin duda, es importante, en primer lugar, replantear y reconstruir el relato histórico que se ofrece a la visita turística, no sólo para aminorar el ingrediente fabuloso que lo caracteriza, sino para ofrecer un relato que diga la realidad histórica en forma más real, documentada y amena, en el que se valore la historia caribe de la ciudad, las características de su desarrollo histórico, y se incorpore el elemento de la cultura.

Sin este elemento –irradiado a toda la estructura socio-histórica de la ciudad- el relato histórico no sólo es parcial sino incompleto y tergiversatorio. Lo que proponemos es que las nuevas versiones de la historia de la ciudad, las nuevas caracterizaciones de su cultura, y las nuevas tesis de su historia social sean incorporadas al relato turístico que se oferta habitualmente.

Por otro lado, se resalta el elemento de la vida cotidiana como atractivo turístico, que constituye, sin duda, una gran posibilidad para reforzar la identidad caribe de la ciudad.

La paradoja no puede ser mayor. Rehuyéndole a las ataduras del tour oficial centrado en las visitas al patrimonio monumental, los turistas se han lanzado a recorrer otros espacios hasta encontrar otra realidad que consideran más verdadera, la realidad que vienen buscando, la de las gentes que habitan la ciudad, con los problemas normales de una ciudad del Caribe. La idea del turista como un ser al que se debe mostrar una sola cara, convenientemente ordenada y dispuesta para una relación cordial pero aséptica, pintoresca pero fragmentada, no parece ser la más adecuada ni para una ciudad caribe –centro de fusiones étnicas, culturas diferentes, precariedades sociales, arquitecturas disímiles y combinatorias, y formas diferentes de habitar la ciudad- ni para una política turística moderna. Tal énfasis turístico parte también de una visión equívoca del lugar que privilegia, el centro histórico.

El tratadista Ciro Caraballo indica que “para los especialistas de la arquitectura y el urbanismo latinoamericanos el concepto de ‘centro histórico’ ha ido evolucionando rápidamente en las últimas décadas de este siglo” y “de la visión monumentalista de los años cincuenta, que servía de marco a los apellidos y blasones de un sector de la sociedad, se pasó a la visión de conjunto que explicaba procesos, más propio de las ideas contestatarias de los años sesenta”.

(...) Un tema central que enfrenta la propuesta de reforzar la identidad caribe desde el turismo tiene que ver con el uso del centro histórico. Cartagena dispone de un hermoso centro histórico que ha sido el resultado no de un solo legado cultural ni de una historia monocultural sino de un fragoroso proceso histórico, en el que han convivido diferentes contribuciones arquitectónicas, formas de uso y apropiación espacial, y etnias y culturas diversas. Casas, iglesias, plazas, calles poseen una esplendorosa memoria no descubierta ni promovida, en forma integral, por la oferta del relato histórico turístico.

Un solo ejemplo podría ampliar la comprensión de esta falencia reiterada: ninguno de los lugares que hacen parte de la poesía de su vate mayor, Luis Carlos López, son descubiertas y destacadas como daría esperarse de una ciudad que sabe enseñar su historia multicultural a los visitantes. Las transformaciones físicas actuales sufridas por esos lugares no disminuyen el origen de su valía y las posibilidades de su interés contemporáneo. Por el contrario, reiteran la historia dinámica y las singulares maneras del proceso urbano local. Además, por razones estructurales, el centro histórico es un lugar habitado y ocupado por la economía informal, las zonas de la administración distrital, el comercio formal, el sector educativo, entre otras, y por una reciente zona de comercios formales ligados a un circuito de calles enmarcadas por las plazas públicas, de uso controversial.

Una preocupación actual lo constituyen las políticas y formas de impulsar el cambio del uso del centro histórico. Tal política parece respaldarse en la consideración de la preeminencia urbana e histórica de la zona céntrica e igualmente en la concepción práctica de los otros espacios urbanos como no-espacios para el turismo. Barrios de tanta importancia histórica, como El Espinal, El Cabrero –lugar de residencia del varias veces presidente de la república Rafael Núñez-, el Pie de la Popa –residencia de un sector de la elite republicana-, Torices –el sector urbano que más marca el proceso demográfico de la identidad caribe urbana, con sus diversas comunidades de inmigrantes externos- están ausentes de las prácticas turísticas. Ciro Caraballo señala que “hoy no hablamos de ‘un centro histórico’ sino de ‘espacios de valor histórico’ dentro de la ciudad”.

En Cartagena, la negación de los otros espacios de “valor histórico” tiene que ver con el proceso de desidentificación de la ciudad con su condición caribe, como señalamos atrás: al enfatizar del proceso histórico la presencia de lo hispánico colonial, el interés turístico se centra en el espacio que supuestamente representa tal presencia, aunque, históricamente, esto no sea cierto, pues el centro fue durante los siglos XVII y XVIII el lugar de la múltiple convivencia que caracterizó a las sociedades criollas caribes, con mayoría de población de origen africano.

(...) Los turistas no viajan para conocer otros turistas o para degustar una oferta turística internacional y uniforme. Viajan para conocer culturas, seres humanos y medios sociales diferentes al suyo.



(...) La imagen caribe de Cartagena la ofrecen su población, su vida cotidiana, sus ritos e imágenes, sus culturas en permanente recreación, e igualmente su estructura arquitectónica y el diseño y forma de sus espacios urbanos. La primera imagen que la ciudad ofrece es, paradójicamente, su indefensión ante el clima y el agobio solar. A pesar de contar con un buen jardín botánico y con una gama vegetal diversa y acogedora, se trata de una ciudad desarborizada. Tal hostilidad al árbol, a esa especie de abrigo verde que une naturaleza y cultura, es el producto de una visión administrativa afectada por un crónico desinterés por la calidad de vida de las mayorías. Grandes espacios abiertos, expuestos a la inclemencia solar, en avenidas de gigantesco tráfico, en zonas educativas, en barrios populares, en espacios artísticos, dan la medida de una ciudad de espaldas tanto al embellecimiento de sus espacios como a un rasgo identificatorio del Caribe, su pródiga naturaleza, tan cantada por los primeros exploradores y por las propias mitologías aborígenes, y cuya expresión es una diversidad vegetal asombrosa. No en balde la palabra que, desde las certezas históricas del arte, identifica a nuestro mundo y territorio, es una especie vegetal, Macondo.

De otro lado, la ciudad registra un hecho histórico de gran significación para nuestro proyecto: ha sido escenario del proceso de modernización artística (literaria, musical y plástica) de la nación colombiana, con resonancias universales. La ciudad fue sede simultánea de la vida de grandes artistas colombianos de importancia nacional e internacional como Luis Carlos López, Adolfo Mejía, Lucho Bermúdez, Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Héctor Rojas Herazo, Germán Espinosa, Darío Morales, Roberto Burgos Cantor, Joe Arroyo, Delia Zapata Olivella, e igualmente ha sido el escenario escogido por los escritores de ficción para situar obras de extraordinaria importancia, como son los casos de García Márquez (El amor en los tiempos del cólera, y Del amor y otros demonios), Héctor Rojas Herazo (Celia se pudre), Germán Espinosa (Los cortejos del diablo y La tejedora de coronas), Roberto Burgos Cantor (El patio de los vientos perdidos, y Lo amador), entre otros.

No sería por tanto exagerado proponer que la ciudad sea promovida como cuna de la modernidad artística nacional, una modernización literaria y artística que abarca por igual a Colombia, el Caribe y Latinoamérica. Por poner un solo ejemplo ¿por qué no pensar en el Parque Fernández de Madrid y sus alrededores como en los espacios de la apropiación alegórica moderna, mediante programas educativos y turísticos, de los reconocidos personajes de la ficción moderna Juvenal Urbino, Fermina Daza y Genoveva Alcocer, correspondientes a las novelas “El amor en los tiempos del cólera” y “La tejedora de coronas”? ¿Por qué no incorporar grandes franjas del barrio Getsemaní a la señalización urbana, la apropiación educativa y la recreación turística de la humanad diversidad y el sincretismo religioso que propone Germán Espinosa en su novela “Los cortejos del diablo”? ¿Por qué no pensar en la Calle de las Damas, el lugar donde vivió y creó parte significativa de su obra el gran pintor caribe Alejandro Obregón como un espacio de presentación e irradiación de arte público, que también se puede establecer en otros lugares céntricos y no céntricos de la ciudad? La sola incorporación de la obra narrativa de García Márquez en tal iniciativa fortalece las posibilidades de repercusión nacional e internacional.

Pensamos que la ciudad en el proceso de su autorreconocimiento caribe, y como ciudad cultural y turística, puede aprovechar el encanto indudable de personajes, tramas, espacios y valores que ofrecen estas obras en las que Cartagena es personaje central como espacio multicultural, como centro de la historia continental y como urbe moderna.



* Apartes del ensayo Competitividad y Cultura. Cómo reforzar la identidad Caribe de Cartagena. Jorge García Usta (1960-2005), que acaba de ser reedita por la Alcaldía de Cartagena, dentro del homenaje al escritor.

 

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