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La Ley del Picó

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Idelfonso Miranda Reyes, El Cole y Pascual Miranda Tejedor, El Pascual, tienen a su cargo la máquina de sonido “El Isleño” desde hace unos veinticinco años, en su casa del barrio Nariño.

Recuerdan cuando las calles de las lomas eran de tierra y la gente andaba sin los estorbos del tráfico automotor. “Mi papá fundó el picó. Antes se llamaba El Campeón por aquello de Kid Pambelé. Recuerdo que en la malla del parlante estaba pintada la imagen del Pambe” dice El Cole Miranda, mientras cuadra sus puños como un boxeador.

Mi época picotera preferida son los años setenta. Recuerdo bien las escenificaciones pintadas en las mallas de los bafles: un indio guajiro disparando una flecha; un señor vestido de traje, sombrero de ala ancha y un bastón coronado por un diamante; un ciclón a punto de arrasar una ciudad; un perro magnífico, robusto y guapo. Escenificaciones que van desapareciendo con el tiempo. Pascual Miranda fue claro en eso: el propósito del picó es mantenerse actualizado en la tecnología, de manera, pues, que las mallas vienen siendo reemplazadas por televisores de pantalla plana que muestran animaciones y la identidad gráfica alusivos a la fiesta picotera.

“Además –continúa El Cole- todo cambia. Antes la gente bailaba separada, con mucho respeto; después se abrazaban. Ahora es puro golpeteo”. Antes El Isleño no cobraba por los toques, era un pasatiempo que le daba sentido a la vida barrial. Hoy, se trata de una empresa que requiere rigor en su manejo. Las calles de Nariño están pavimentadas; ya no se puede calentar el picó en la terraza porque la policía amonesta; antes la gracia del picó estaba en valorar las canciones en cuanto su género, su sabor, su virtuosismo instrumental: varios fueron las canciones exclusivas de El Isleño, “El Cuchillo”, por ejemplo. Hoy la gracia del picó está en el espectáculo del Dj. “La cova es importante” resalta Pascual. La cova consiste en un saludo donde se reconoce públicamente a determinado personaje, a determinado grupo de amigos. El Dj tiene que cantar, tocar el piano, producir efectos, animar a la gente, motivar el espeluque y vacilarla bien. Los picós de hoy producen discos, patrocinan artistas de champeta y hacen alianzas con las emisoras radiales.



Si uno va a youtube y mira el video clip de la marca Cartagena, se va a encontrar con una versión tan postiza y tan clasista, tan irreal que me parece contraproducente, pues, hace una promesa insostenible a los visitantes que se propone atraer. Para mí la ciudad está en la gente, no en las piedras. Y en la gente que sale todos los días a buscar la papa, no ese montón de negros y negras jodidos y felices que aparecen en el desafortunado video. Siempre he creído que los visitantes, los turistas quieren tener contacto con nosotros en un plano distinto al de la servidumbre. Yo apuesto por un tipo de visitante que tiene la intención de fascinarse con nuestras prácticas culturales, es decir, aquellas que se dan en la vida cotidiana. Hace como cinco años, una profesora gringa me citó para hacerme una entrevista. Me sorprendí mucho cuando la ví bajarse de una mototaxi. Pregunté si le daba miedo. “No. Me parece una experiencia llena de vida, parece una montaña rusa”. Me contestó la mona. No quiero decir que cambiemos a los cocheros por mototaxis, quiero señalar que somos una sociedad diversa y que hay gente que se fascina con el modo de ser del otro.

El Cole y Pascual han interactuado con extranjeros y con visitantes nacionales que, en su búsqueda de lo otro, han vivido experiencias inolvidables. El lleno fue total cuando  El Isleño se presentó en Medellín, en el marco de un encuentro cultural. El picó El Rey de Rocha hará una presentación a mediados de este mes en Bogotá: un auténtico embajador de la cultura popular caribeña en los Andes. Paradójicamente el visitante que solicite ver la cultura picotera en Cartagena, se topará con prácticas de apartheid: El picó está criminalizado y su pueblo también. El turista no encuentra un circuito de la cultura popular de la ciudad, a lo mejor, porque se pone en evidencia la miseria, la desigualdad y la injusticia. Se pone en evidencia el fascismo estético y social que aparecen en las postales.

Para vivir de nuestro patrimonio inmaterial necesitamos que la institucionalidad incorpore a la gente al mercado cultural, al turismo. Ya está bueno que unos pocos se beneficien de ello. Para eso se necesita una Ley del Picó que hace rato se está esperando, me dijeron Pascual y El Cole.





ricardo_chica@hotmail.com

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