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La música que construye identidades

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Hay una eterna proclama con aires de reclamo ancestral que tiñe de colores e impregna de olores a cualquier discusión sobre identidad cultural y música de fondo que la sustente.

¿Cuál es el mejor sonido musical que interpreta el decir, el hacer, el sentir y el querer de una comunidad? ¿Se llega a una conclusión desde lo ancestral o se admite la renovación como patrón constante?

¿Qué tanto nuestras manifestaciones musicales son el reflejo de la identidad cultural o cómo se construye identidad cultural mediante las manifestaciones musicales?

Suerte la nuestra que la diversidad cultural hasta el cansancio sea también el pecado original que nos expulsa del paraíso de la identidad. Suerte la nuestra que la homogeneidad sea negada a estos hombres impuros y a cambio el castigo sea –en buena hora- cargar como Sísifo una piedra de heterogeneidad que confunde, aturde, embriaga y excita como en una orgía infinita de copulaciones insospechadas.

En medio de esa orgía de sonidos, colores y olores a los que nos ha acostumbrado esa diversidad cultural que endilgamos al mestizaje, el Porro, el Fandango y la Gaita permanecen casi en silencio, mustios, sigilosos y silentes; resisten los embates de eso que llaman modernidad, de eso que llaman globalidad.

Una primera razón para su resistencia: es de cuna rural, pobre y sin ascendencias en las élites que impusieron los gustos culturales.

Segundas: no ingresó de manera afortunada en los circuitos económicos y comerciales de quienes imponen las modas culturales en los medios masivos de comunicación. Terceras intenciones: tanta abundancia en sus expresiones no ha permitido consolidar una propuesta uniforme que cale en los formatos de consumo popular y cultural. Cuartas vienen: la marginalidad en la que sus cultores, creadores y gestores se mantienen, obliga a que la manifestación cultural abunde en informalidad, poca estima y exclusión inercial de parte de nosotros sus deleitantes y de la masa amorfa que ciega y tonta persigue a la flauta del encantamiento.

A pesar de tantas sombras pesimistas, la música de las Sabanas del Caribe colombiano, es decir,  el Porro, el Fandango y la Gaita; está viva y revive en cada momento como patrón inicial de identidad, una parte pequeña y ancestral que convive pese a los ataques despiadados de sus propios hijos.

“Que nos somos representativos como para aspirar a ser ícono nacional”, está bien. “Que no somos un formato cargado de elegancia”, lo aceptamos; pero a cambio, se esgrime una originalidad en la forma como se defiende y se reafirma en cada niño o niña que continúa avivando el fuego entregado por los dioses. Un sonoro sentimiento rural, prístino, ingenuo y sincero que se resiste a morir en medio del mal gusto y la mediocridad de estos tiempos.

Que como propuesta musical y cultural somos el producto de unas relaciones sociales y económicas de dominación, es cierto. Examinemos los nombres de la mayoría de los porros y fandangos y sus motivos de inspiración: el vasallaje, la pleitesía al ganadero, al toro asesino, al politicastro de medio pelo, al latifundio en el que el mecenas engorda sus reses y al gamonal de caballo endiablado. Pero también hay lugar para la ironía, la rebeldía y el canto a la naturaleza indomable. Pero también hay una cosecha de hombres andariegos, casi nómadas y errantes que cargan unos fardos pesados de alegría y cansancio al mismo tiempo; que leen partituras escritas en el viento y que como los juglares de otros tiempos, insisten en llevar su pregonar para animar los bacanales de estos días.

¿Quién que haya nacido en la ruralidad nuestra no lleva entre la piel y los huesos el recuerdo sonoro de una alborada de porros y fandangos para alegrar a los santos y a sus adoradores demonios? ¿Cómo me explicaba yo desde niño ese mágico poder que tenían los músicos de bandas nuestras para interpretar sones desde bien adentro de sus cojones, con unos instrumentos tan europeos, tan ajenos y con el prodigio de la memoria para invocar el encantamiento en el ritmo, la melodía y cadencia propia de una complejidad musical?

Mientras haya fuerzas habrá que seguir defendiendo al Porro, al Fandango y a la Gaita. Son como nuestros gestos atávicos existenciales y de ellos depende la confirmación de una identidad confusa y difusa. Son nuestro oxímoron que explica la deuda con la tradición y el compromiso con la renovación. Locales y globales al mismo tiempo. El canibalismo planetario le teme a quienes mejor se aferran a sus tótem y no renuncian a ser lo que su existencia terrenal les indica. Para eso sirve el Porro, el Fandango y la Gaita. Son nuestros talismanes que nos protegen de la barbarie cultural, del ruido en el vecindario y de los vientos solares con su estrepitoso silencio.

Si algún día hay que agradecer algo por estar respirando, pago mis agradecimientos con “Malala”, o con Río Sinú, o con El Pájaro, o con “No bebo, pero mando”, o con Río San Jorge, o con Mochila, o con El Gavilán Garrapatero, o con Sábado de Gloria, o con Laguneta en San Pelayo, o con Lloró Pelayo. No digo más.

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