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La pinta

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Las máquinas Singer tableteaban en la madrugada, en las tardes y en las noches, mientras retazos de tela de todos los colores aparecían por el piso de baldosas moriscas de la casa.

El Negro, el papá de Rosita, entre otras cosas era carpintero y pescador, en virtud de los motores fuera de borda que habitaban en el patio junto con pavos, gallinas, perros y patos. Era una casa bulliciosa, nunca dormían, siempre había alguien haciendo algo y aquellas máquinas de coser eran el trasfondo de la gente que llegaba a tallarse, a medirse y a manifestar en el marco de sus deseos, los diseños de la pinta para estrenar. Era raro ver hombres en aquel escenario, más bien, era asunto de mujeres y niños. Todo comenzaba con una buena y cálida idea extraída de figurines, películas, telenovelas o de la apariencia de alguna vecina o amiga que inspiraba el proceso creativo entre cliente y modista. No se trataba de clientes cualesquiera porque la condición tácita siempre fue la amistad, la referencia, la recomendación. No recuerdo en aquel entonces una tablilla que indicara el oficio de Judith, su hija Rosita y las demás mujeres que la asistían. De modo que mi madre cumplía a cabalidad con dicha condición, pues, con Rosita eran vecinas desde niñas. Un día de septiembre llegamos a la sala, que cumplía las funciones de taller, en medio de muebles fabricados por el mismo Negro, cuadros religiosos, santos de yeso y la cabeza disecada de un cervatillo. Me tomaron las medidas de un chalequillo, del pantalón y un corbatín en una tela de diminutos cuadros en distintos tonos de azul, mi color preferido. También de una camisa blanca manga larga. Al final, actué con mucha dignidad, la realidad creativa de aquel inolvidable grupo de mujeres.

Para diciembre aquella sala era una locura. Nunca supe como, en medio de aquella tormenta de tela, aparecía una fiesta de fin de año, un muñeco de año viejo, pasteles de cerdo y pollo y chocolate caliente hacia la media noche ¿A qué horas hacían tanta vaina? La sala era una locura porque todo el mundo quería estrenar la pinta. O debería decir, las pintas, la del veinticuatro y la del treinta y uno. Cada año traía su estilo y una de las que más me llamaron la atención fue la moda de la maxifalda. Telas brillantes, mates, lisas, plegadas, en relieve, dóciles y rebeldes. Telas que se regaban por el cuerpo de las mulatas, de las negras del barrio, a partir de la cintura hasta el piso. De la cintura para arriba se apreciaban los diseños más caprichosos, los más sensuales y atrevidos, o los más discretos y sin pretensiones de ningún tipo. Todas arrastraban las faldas por el suelo polvoriento de la calle primera, cual pasarela al caer la noche, junto a los picós que ofrecían un sabroso reportorio de guaguancós, bombas, plenas y descargas de navidad.

Más tarde, en una adolescencia ochentera, los pantalones se constituyeron en una prenda de carácter, en especial, porque era una moda retro; es decir, eran pantalones de tubito, o baggies, que habían caído en desuso desde los años cincuenta. Me di cuenta, por el uso de unos compañeros de colegio, que aquellos pantalones que veíamos en las películas de música “solle”, no los vendían en los almacenes de la época. O, mejor, eran tan caros que no estaban a nuestro alcance. La opción se concentró en los sastres de la calle de la Media Luna del barrio Getsemaní. Me acuerdo de Henry, quien, si no me equivoco, confeccionaba las mencionadas prendas para el pelotero Ventura Julio: fue aquella una buena referencia para expresar una idea clara de cómo quería verme y sentirme. Cuando Henry me entregó aquel pantalón baggie con pinzas en tela de drill azul, me sentí realizado y con ganas de aguajear con la confianza social que se ameritaba. Henry también nos confeccionaba camisas de manga corta, las cuales podíamos arremangar casi a la altura de los hombros e instalarnos así, en la moda “solle”. 

“Maquinaolandera” es un aire musical obrero referido al mundo del ferrocarril. Huérfanos de tren, las máquinas de coser de Rosita y Judith, le hacían coro a la canción de Ismael Rivera cada vez que sonaba en el barrio. Ellas siempre le dieron sentido vital a estrenar pinta en año nuevo y navidad.

ricardo_chica@hotmail.com

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