La mayoría calzan tenis o botas. Siempre de jeans, casi siempre con bolso tipo canguro amarrado a la cintura. Ya usan más de una camiseta, a lo sumo tres. Una camisilla, encima viene la camisa y ahora portan unas extensiones de malla que recorren todo el brazo. En las manos, guantes. Muchos usan en el cuello algún tipo de pañolón, ponchito o bufanda. Todo se corona en la cabeza, a veces, con una pañoleta, una gorra de visera y el casco protector que cubre toda la cara. He visto como algunos se acomodan un celular entre el cachete y la pared del casco. Muchos portan gafas protectoras, a menudo de tipo industrial. Y, en virtud de su oficio, los mototaxistas andan con un casco de protección enganchado en uno de los brazos
El conjunto de esta pinta es resultado de un proceso de adaptación al cambio climático y al efecto del calentamiento global. Se trata, pues, de una práctica del vestir que emerge en las calles, en la guerra diaria por la supervivencia en un mundo, en un país, en una ciudad donde la categoría de empleo desapareció casi por completo. Hay que ver cómo miles y miles de cartageneros portan y actúan esta pinta de la adaptación y del rebusque, cuyos elementos se evidencian más, cuando los individuos caminan y dejan la moto a un lado. Lo primero que se deforma es la cabeza, pues, alzan la parte del casco correspondiente al mentón hasta la frente lo que da como resultado una aparatosidad que aumenta la altura promedio. Casi siempre es gente que camina de prisa, con un perfil soldadesco. Hombre y moto son una misma cosa en las calles de Cartagena. Una ciudad con el mismo esquema urbano de siempre y la misma cantidad ofertada de vías de, por lo menos, hace un siglo. Un esquema urbano que se densifica donde viven los ricos y se extiende imparable donde viven los pobres. Hombres en moto sometidos a la intemperie, expuestos a todas las pestes, gripas y maluqueras que cohabitan en nuestro medio ambiente. No alcanzarán médicos para curar tanto dolor de riñón, de caderas. Tanta contusión, golpes, torceduras, raspones y fracturas. Sin contar el cáncer de piel, los dolores de cabeza, la pérdida de audición. Quizás el alivio más grande del día sin moto es, precisamente, el silencio. Un paisaje sonoro donde la sinfonía industrial e infernal de más de sesenta mil motores, nos enloquecen, casi sin darnos cuenta.
Lo que están leyendo no es una queja contra los mototaxistas. Ni más faltaba, mi más sincera solidaridad con esas gentes que, en su mayoría, practican la ética de la tenacidad para hacer posible la vida material en sus casas. Lo que pasa es que, en este momento, se derritieron cuatro millones de kilómetros cuadrados de hielo en el Polo Norte; además, la isla de Groenlandia se quedo sin nieve en casi su totalidad; y, por otra parte, en Cartagena instalaron el primer solmáforo. Me da la impresión de que la instalación de este aparato no significa gran cosa para los ciudadanos. La noticia del solmáforo, del I Pad 5 y la pinta de los mototaxistas son pistas claras de que acaba de terminar el principio de la pesadilla del futuro que nos tocó vivir. Y hay que hacer algo. En ese sentido, la fraternidad se hizo más crucial que nunca. Cualquier proceso de adaptación tiene que ser colectivo y democrático para que sea efectivo. Adaptación que requiere reubicar el sentido del consumo en nuestras vidas. Tarde o temprano vamos a trabajar de noche y a dormir de día. Tarde o temprano un material tan caliente como el cemento será reemplazado. Tarde o temprano, detrás del solmáforo, vendrá el aprovechamiento de la energía solar. Tarde o temprano la bicicleta será el vehículo predominante. Tarde o temprano la franja costera se va a mover con consecuencias irreversibles. Tarde o temprano el monopolio de los servicios públicos tiene que regresar al Estado, tal y como pasa con las Empresas Públicas de Medellín. Tiene que ser así porque está más que demostrado que la corrupción no depende de si las instituciones son públicas o privadas, sino de la integridad, la capacidad y las intenciones de la gente. Las prácticas del vestir, en los sectores populares de Cartagena, tienen en los mototaxistas un anticipo de la moda cotidiana que se vino. Por lo menos yo, ando en bermudas.
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