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Taxis
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La reconstrucción del Japón

El otro día llevaba el chicamóvil en cuarta (Se trata de un venerable Renault 4 del 88); iba pasando el castillo de San Felipe con dirección al Centro, con gran solvencia automovilística, y me pillé por el retrovisor un jeep Nissan colectivo del barrio Daniel Lemaitre. Temible: blanco con el mataburros pintado de negro.

Cuando, de repente, aparece un paletero al pie de un semáforo sin luces. Sus aspavientos fueron, a mi juicio, sorpresivos; indicando un pare sin transición. Tras el paletero avizoré un enjambre de mototaxis, busetas y vehículos que cruzaron en bola de fuego de Torices al barrio de El Espinal.  Me olvidé del Nissan y logré detener la marcha.

Quizás es prematuro saber quien será el próximo alcalde; pero, digamos – en gracia de discusión- con el ex mandatario chino Deng Xiaoping: “No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”. Quiero decirle al próximo mandatario o mandataria cómo es mi Cartagena imaginada. No es mucho lo que pido. Me imagino a Cartagena sin Bazurto, es decir, sin la central de abastos en un istmo estrecho entre el cerro de La Popa y la ciénaga de Las Quintas que, además, está en medio de todo. Un lugar de destino construido en un lugar de paso. El resto de la ciudad que la deje así, no importa. Tiene cuatro años para lograrlo, negociarlo con el poder real que tenga lugar. La verdad es que tenía una lista larga de cosas imaginadas que conformaban mi ciudad soñada. Parques, ciclovías, centros culturales, saneamiento ambiental, servicios públicos de calidad y a precios justos, cultura ciudadana, sistema de transporte público razonable, playas de nivel mundial para mi gente, urbanizaciones y barrios habitados por una clase media ilustrada y con cierto poder de consumo, ejes viales y fluida movilidad, seguridad urbana, derechos sociales garantizados, sistema educativo integrado con la realidad del mundo, democracia en las oportunidades para hacer negocios. Ya no sigo porque las cosas se me han ido olvidando, mejor sigan ustedes.

Nos acostumbramos al trancón. Una programación mental colectiva que nos habituó a la experiencia sensorial de circular o por la avenida del Lago o por la Pedro de Heredia. Año con año el trancón se antoja cada vez más lento y denso. Un día cualquiera del año antepasado comencé a notar que cada vez que pasaba en mi chicamóvil por el mencionado lugar, había gente que me estiraba el brazo. A la segunda o tercera ocasión pillé que me estaban pidiendo carreras porque me confundían con un taxi pirata.  Un buen día venía con mi mamá y mi hermana y dos policías en moto me detuvieron. Me dí cuenta que seguían deteniendo otros carros, pero no me atendían. Me di cuenta que me dejaban de último. “¿Tu eres taxi pirata?” me interrogó el agente. Aclarada la situación, vislumbré algo de vergüenza en el uniformado cuando le mostré mi carnet de docente de la Universidad de Cartagena.

Otro día era tan espeso el trancón a la altura del centro comercial Colonial, junto a un inmenso charco de orillas insospechadas; digo era tan férreo el trancón que un par de señoras negras, gordas, respetables y muy serias abrieron la puerta trasera del chicamóvil. El cielo estaba encapotado a medio día. Las gotas de lluvia eran graneadas, pero rompecabezas. “¿Señor: cuánto vale a Santa Rita?” preguntaron. Una de ellas iba acomodándose en el cojín  y de una puso, en el asiento a mi lado, una inmensa bolsa de mercado. La otra alcanzó a meter en el piso tres o cuatro bolsas con yuca. Y se embarcó. No había forma de explicarles la realidad de las cosas, además, ¿Cómo las iba a sacar a la calle en medio del diluvio universal? “Mis tías –les dije- no les cobro nada, pero, las dejo en la bomba del Castillo de San Felipe y ahí cogen un colectivo”.  Últimamente, cuando paso por el mercado, me he ganado más de un madrazo porque no me detengo ante las peticiones carreriles. “Hey, pirata” me interpelan.  

El golpe del Nissan blanco logró desenganchar los resortes de mi asiento y advertí que me hundía en el piso. Me acerqué a la ventanilla del jeep y un hombre flaco y canoso miraba estupefacto el daño acaecido. El paletero se acercó, nos insultó; y sin decirle nada arrimamos los carros a un lado. El fin de semana Álvaro pagó todo y me brindó un jugo de zanahoria bien frío en su casa.  Yo creo que los japoneses terminan de reconstruir su país de todos los desastres y el Transcaribe va a quedar ahí. Así no se puede.

ricardo_chica@hotmail.com

 

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