La reina sale a opinar

01 de junio de 2014 12:51 AM

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Las reinas son las embajadoras de la belleza: cumplen compromisos sociales, asisten a eventos protocolarios, siempre están como dicen por ahí, “bien puestecitas”.


Mientras menos hablen, es mejor. Su sola belleza es suficiente para matizar cualquier escándalo, y la virtud que más las identifica es la prudencia.


A la ex Miss Mundo Pilín León poco le importaron estos parámetros acartonados. Ya no soportaba las ideas absurdas y descaradas del fallecido Hugo Chávez. Por eso, a la primera oportunidad que tuvo de manifestar su inconformidad, lo hizo públicamente y sin reparo alguno, desconociendo que ese impulso la pondría en la mira del líder venezolano.


Había sido escogida como jurado de un Miss Mundo, que se realizaba en Londres en 2002, cuando la llamó un importante medio de comunicación para conocer su opinión sobre el buque-tanque 'Pilín León', que fue encallado en el canal de acceso al Lago de Maracaibo como símbolo del paro petrolero, impidiendo, de este modo, el libre tránsito del resto de las embarcaciones por ese lugar.


Pilín aprovechó  no sólo para dar su opinión sino también para desahogarse de todo cuanto pensaba acerca del gobierno chavista.


Fue tal el impacto que ocasionaron sus palabras que, al poco tiempo, el mandatario decidió cambiarle el nombre a la nave por 'Negra Matea'. Era imperdonable que un buque insignia llevara el nombre de una exreina que iba en contravía de la revolución venezolana.


“Desde ahí empezó una vida 'política pública'. Me hicieron varias propuestas en ese sentido, pero nunca he pretendido hacer carrera política”, expresa enérgica.


Hasta el último instante dijo que nadie la desterraría de Venezuela. Sin embargo, cuando empezaron a escasear los alimentos, las medicinas, los productos de aseo personal; en el momento en que dejaron sentirse tranquilos en su propio apartamento decidió salir y empezar de cero en el “mejor vividero de todos: Colombia”.


¿Cuándo empezó su problema con Hugo Chávez?
-Desde el momento en que él invadió nuestras vidas en Venezuela. Invadió las casas, los colegios, la vida pública, todo.


¿A quién odia más, a Chávez o Maduro?
-(Carcajadas) Yo no odio, de verdad, pero si puedo darle alguna virtud a Hugo Chávez, es su liderazgo, su carácter de líder que mueve masas, con un carisma que lo tienen los buenos y los malos. Lo tuvo Simón Bolívar, Santander, Mussolini. Esto no es una característica positiva o negativa, es una característica del líder, cosa que no tiene Nicolás Maduro. No se la reconocen sus más cercanos y mucho menos los de la oposición.


¿Qué es lo que más le indigna del gobierno venezolano?
-El descaro. El descaro para hacer las cosas, para vendernos una idea fallida, el descaro con que pretenden tapar todas las agresiones a los derechos humanos que han cometido. Son absolutamente descarados.


¿Qué tanto soportó? ¿Cuándo supo que tenía que salir de su país?
-Yo me vine cuando empezaron a escasear los alimentos. Un día no había pollo, papel higiénico, el famoso papel toilette. Me preguntaba cómo era posible que un venezolano tuviera que hacer una cola de dos horas para comprar aceite o harina de maíz para hacer las arepas, que es el pan de cada día del venezolano. El venezolano no vive sin una arepa en el desayuno. Allá se comía arepa todos los días. ¿Y la arepa con qué se acompaña?, con mantequilla. Pero es que mantequilla no hay. Ah, bueno, entonces con queso. Queso no hay. Entonces la hago asadita, porque no hay aceite. Anda, pero gas no hay. Es más, para conseguir una bombona de gas, la gente le paga a los camiones repartidores por esa bombona tres y cuatro veces más de su precio regular.


¿Qué tal Colombia como vividero?
-Divino. Recuerdo que cuando la cosa se estaba poniendo más difícil, mi esposo me preguntó que cuál sería mi plan B, en caso de tener que irnos. Tengo muchísima gente viviendo en Estados Unidos, pero mi plan B ya era Colombia. En este país siempre me he sentido querida. De modo que él montó oficina y nos arriesgamos. Llegamos a Cartagena y de aquí salimos a Barranquilla y, al mes siguiente, ya tenía la mitad de las cosas acá, pero todavía tenía el apartamento en Caracas. Ahora puedo salir a caminar, podemos socializar con los vecinos. También visitamos mucho Cartagena. De hecho, mi esposo pasa cuatro días de la semana en esta ciudad.


¿Cómo terminó siendo columnista?
-Soy una fanática de la lectura y siempre había tenido la inquietud de escribir algo. Cuando me vine a Colombia, hace unos años, a raíz de mi salidas siempre en defensa de la democracia de mi país, en contra del gobierno chavista que ha sido un desastre, por intermedio de un amigo en común, conocí a Ernesto MacCausland y él me dio la oportunidad de escribir mi primera columna semanal en El Heraldo, supongo que por el interés por lo que está pasando en Venezuela; y más si esas opiniones vienen de una persona que lo ha vivido. A ellos le sonó la idea y ahí escribí por cuatro años.

¿Recuerda la sensación de estar frente al computador por primera vez?
-Terrible. Es un compromiso, porque una cosa es la opinión en caliente con un periodista, con un micrófono y otra estar al lado de gente con muchísima trayectoria en Colombia, por donde han pasado grandes nombres de las letras. Yo decía: 'Dios, voy a escribir aquí ¿cómo escribo algo que suene coherente y que además transmita?' Recuerdo que cuando empecé, escribía con cuatro y hasta cinco días de anticipación. Le pedía a algunas personas que me leyeran antes de enviarlo al periódico, miedo que se me fue quitando con el tiempo. Además, después intenté escribir muy cerca a la fecha en que salía la columna, porque los sucesos en Venezuela cambiaban, de modo que a lo mejor si yo escribía un problema con tantos días de anticipación, ya habían encontrado solución y se volvía un refrito.


¿Ha tenido que lidiar con el estigma de ser exreina de belleza?
-Sí, por supuesto. Uy, imagínate. En las redes sociales yo a veces pongo mi opinión sobre algunos temas y lo primero que me comentan es: ¿qué vas a saber tú, reina de belleza, cabeza hueca? A lo mejor hace 30 años, no conocía mucho de la vida. Ya tengo 50, creo que algo he aprendido en este tiempo. Soy madre de tres hijos, empresaria. En 30 años son muchos los libros que han llegado a mi biblioteca y que he leído. Ya no me afecta. Antes sí me afectaba, porque uno siente que no te valoran, pero como decía cuando estaba chiquita: 'A palabras eléctricas, oídos desconectados' (se tapa las orejas).


Finalmente, ¿qué la motivó realmente a escribir columnas de opinión?
-Saber que a pesar de que somos muy cercanos a Venezuela, nos falta mucha información de lo que realmente pasa allá. El aparato propagandístico del gobierno es tan abundante, tan penetrante, que muchas veces le otorgamos virtudes a un proyecto del Siglo XXI que realmente es fatal, no sólo para el país que lo está sufriendo, sino para Colombia, que tiene la frontera más grande con Venezuela, las mayores relaciones comerciales, la mayor cantidad de familias binacionales.

Mira, la mitad de las familias que tú consultas en estas zonas costeras tienen, por lo menos, un familiar o un amigo en Venezuela. Igual allá. Es tan importante no solamente la relación de un antiguo y único país que se picó en dos, sino que todo lo que se está haciendo en Venezuela se refleja de una manera muy importante en Colombia. En Venezuela están ayudando a las Farc, hay procesos de retroceso que van afectar a este país. Mientras más voces se abran y alerten en Colombia, más posibilidades tenemos de que eso mismo no ocurra aquí. Muchos allá dijimos: 'Ay, no, eso no va a pasar. ¿Comunismo en Venezuela? Jamás'. Y escucho que eso mismo está pasando aquí. Gente que dice: 'no, lejísimo. Las Farc salieron del monte'. Cuando el M19 está gobernando. Nunca digamos que tal enemigo es débil, porque de esa debilidad es que el enemigo se aprovecha para penetrar, y ese enemigo es nefasto.

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