La tecnología del Pasaje Franco

14 de septiembre de 2014 12:02 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

A finales de los años 60, en Cartagena no existían las palabras “estrato” y “conjunto residencial”, pero ahora que lo recuerdo se me ocurre que el Pasaje Franco era un conjunto residencial de estrato 1 o 2, aunque lo de menos sería esa identificación. El verdadero asunto radicaba en que se trataba de una barriada pobre, encerrada entre muros de un concreto duro, viejo y sucio.

Tampoco existía la frase “contaminación auditiva y ambiental”, pero era eso lo que emitía nuestra vecina la Jabonería Lemaitre, al igual que la mierda de perros y locos que encontrábamos todas las mañanas a lo largo de la Calle de la Sierpe.
Dicho de otro modo, creo que el Pasaje Franco era una especie de microbarrio dentro del gran barrio colonial de Getsemaní. Su entrada era un gigantesco arco de concreto desde el cual se desprendía un callejón totalmente iluminado en las mañanas, pero penumbroso en las noches y con el piso compuesto por pedazos de algo que alguna vez fue una plantilla de cemento, barro negro y tanques llenos de una basura que se desparramaba como espuma de cerveza.

Al final del callejón se iniciaban una serie de accesorias (locales habitacionales), grandes y pequeñas, en donde los habitantes se acomodaban de acuerdo con sus posibilidades económicas y número de pertenencias. En los sitios más ocultos del pasaje había conjuntos de pequeños cuartos que hacían las veces de baños y letrinas. Pero lo mejor eran los grandes patios.

Creo que el más extenso era el de la manzana (esta connotación de la palabra tampoco existía) a la cual pertenecía mi accesoria. Un patio inmenso, cruzado por una serie de cuerdas de un hierro delgado, las cuales, en la mañana, las mujeres utilizaban para colgar la ropa recién lavada. Luego, las levantaban con enormes varas de más de tres metros y en las tardes las bajaban cuando ya el sol había absorbido toda el agua que habitaba hasta en la última fibra de las prendas.
Llegada la tarde, las ropas colgantes desaparecían y de cada accesoria salían sillas y mecedoras en donde se sentaban las familias a escuchar la radiola de un vecino que algunas veces sintonizaba un partido de béisbol, un encuentro de boxeo o una radionovela vespertina.

Recuerdo que a la 1:00 de la tarde, cuando terminaban los programas periodísticos, sintonizaban Macario y Candelario, la radionovela del momento (que en realidad se llamaba La castigadora) y por culpa de la cual los niños debíamos estar callados por espacio de alguna media hora. Apenas terminaba el episodio de ese día, los vecinos soltaban la respiración contenida durante 30 minutos y esbozaban a gritos los comentarios suscitados por la historia que acababan de escuchar.

No había ni un solo televisor en todo el Pasaje Franco, y existían unos pocos en todo Getsemaní, ya que casi nadie disponía del presupuesto necesario como para proporcionarse un lujo de tales alturas. De manera que las pocas casas en donde había un aparato de esos, permanecían con las ventanas y los zaguanes atiborrados de gente, sobre todo en las tardes cuando transmitían las telenovelas que ya empezaban a llegar de Venezuela y de México. A cambio de televisores, lo que sí abundaba en el Pasaje Franco era el sonido. En todas las accesorias había transistores o radiolas. O ambos artefactos. El caso es que el sonido no sólo permitía que los patios se inundaran con la música de Ricardo Ray, Nelson y sus estrellas, Joe Batán, Aníbal Velásquez, Calixto Ochoa y Alfredo Gutiérrez, sino que, igualmente, aglutinaban espectadores a sus pies.

De alguna forma se consideraba diversión amontonarse en la puerta de la accesoria en donde estaba sonando un picó, para observar a los bailadores o ver cómo el picotero (ahora le dicen discjockey o Dj) cada cierto tiempo cambiaba la aguja del tornamesa, a la vez que seleccionaba discos de 78, 45 y 33 revoluciones por minuto, en donde estaban almacenadas las voces y el estruendo de los cantantes y agrupaciones más famosas de la época.

Eso ocurría mayoritariamente en las fiestas novembrinas y navideñas. De todas partes llegaban visitantes con las cabezas cubiertas por pasamontañas negros o marrones, sombreros bombines con plumas de colores y zapatos mocasines blancos. La tecnología era incipiente, pero poderosa en su manera de congregar espectadores y conversaciones que duraban más de una noche. Poderosa también la tecnología en colores y en blanco y negro que ofrecían los teatros Padilla y Rialto, a las mismas horas en que la Calle Larga empezaba a descansar del hervidero de gente que visitaba al mercado público desde las primeras horas de la mañana.

No había ni un solo teléfono en todo el Pasaje Franco, y existían unos pocos en todo Getsemaní, por las mismas razones que exigía el televisor a quien siquiera soñara con tenerlo. Las comunicaciones más habituales eran a través de cartas y mandaderos que caminaban de una calle a otra, o en pos de los barrios más cercanos, que aún así se consideraban de extramuros.

No supe en qué momento cerraron el Pasaje Franco. En algunas escenas de mis recuerdos aparecen imágenes de gruesos muros desplomándose o fragmentados por el suelo; y obreros cerrando con bloques macizos lo que en otros tiempos fue la gran entrada al conjunto residencial en donde siempre hubo sonido, mujeres lavando ropa y amontonándose en las puertas de las accesorias mientras adentro se bailaba el Tristezas del alma, de algún matrimonio decembrino.
De todo eso me acordé en los últimos días cuando Juana Pimientel, mi suegra, me contó que en Sincerín, su pueblo natal, había una tienda cuyo propietario tenía un gran radio marca Phillip, con el cual sintonizaba noticias, radionovelas o justas deportivas, que al mismo tiempo le servían para vender sus botellas de ron y cerveza entre coterráneos que llenaban el establecimiento emocionados con lo que acontecía a través del espectro electromagnético.

Esos tiempos eran muy bonitos”, me dijo Juanita en el momento en que le hablaba de esos vecinos del Pasaje Franco que terminaron volando hacia algunas calles de Getsemaní o a los nuevos sectores del sur de la ciudad.

Vi el rostro de uno de ellos en las redes sociales. Supuse que, al igual que yo, andaba cercano a cumplir el medio siglo de existencia. Fue fácil localizarlo. Ahora vive en otro conjunto residencial, pero, a diferencia, del Pasaje Franco el sitio es tremendamente hermoso y... solitario. La imponencia de los automóviles parqueados en las calles internas habla de las posibilidades monetarias de los residentes.

Toco el timbre. El antiguo vecino abre la puerta, y es el único que responde mi saludo bullanguero. No está solo en la vivienda, pero es como si lo estuviera: sus dos hijos tienen los oídos tapados por los audífonos de sus teléfonos móviles de alta gama, mientras su esposa tiene la cara enterrada en la pantalla de un computador portátil que descansa sobre una mesa de seis puestos.

“¿Cómo anda la vaina?”, me pregunta. Y me caen ganas de responderle que preocupante, que la tecnología cada vez se parece menos a la radiola donde Macario y Candelario nos hacían callar por 30 minutos.

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Revista dominical

DE INTERÉS