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La última campana de Pedro Romero

Pedro Romero no durmió.  Cerró los ojos y vio en la oscuridad de la bahía la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, la virgen de su devoción, a la que se encomendó desde siempre.

Toda la noche estuvo mirando un mapa de las tres plazas de Cartagena de Indias: la plaza de Santo Toribio, la plaza de la Inquisición y la Plaza de la Aduana. La plaza era defendida por 4906 hombres. Según Lemaitre había 1371 blancos, 1718 esclavos y mulatos, y el resto era mestizo. Un total de 15.887 habitantes. La tercera parte de la población resguardaba sus muros. Había previsto una toma de los baluartes.

El sol fulgía en los barrotes de su ventana. Su casa de herrería de la Calle Larga, placas 8B 178,  era ahora un depósito de fusiles.

Sus vecinos que lo habían visto fundir campanas, con su ropa oscura, el porte recio de herrero de mediana estatura, el cabello de hebras plateadas y las manos encallecidas, lo saludaron de acera a acera como el matancero. Algunos que desconocían su procedencia de Matanzas, Cuba, pensaban que se trataba de un matarife. Flotaba un olor a tabaco de las ruinas cercanas a Getsemaní. En los tejados pasaba la sombra de un gato. La ciudad del amanecer olía a cama de viento humedecida.

Su yerno Ignacio Muñoz Jaraba, un muchacho de 25 años, al que todos conocían como el Tuerto Muñoz, dejó su taza de café en vilo, y reparó en los ojos de Pedro Romero, una luz de picardía.



Un tuerto visionario

Ignacio Muñoz, nacido en Corozal, en 1786, había quedado tuerto desde la infancia luego de una viruela que le ulceró la córnea del ojo izquierdo. Se había casado con María Teodosia Romero y Domínguez, hija de Pedro Romero. En una miniatura de 1811, de propiedad de doña Josefa Muñoz viuda de Baena, aparece el rostro de este personaje novelesco, con la melena desbordada y su única mirada de loco. Hizo parte de la expedición del General Bolívar en Venezuela y el Almirante Padilla lo embarcó en el corsario Atrevido duende. En un perfil de Bossa Herazo lo define como un revolucionario hasta la médula, hombre dotado del sentido de la oratoria. No fue un hombre de estado ni un gran político, pero su signo deslumbrante era su carácter, la conducta y el temperamento. De acrisolada honradez personal se jactaba de no haber tocado jamás ni la cabeza de un alfiler ajeno. Su pasión fue la libertad, y por ella se batió lo mismo en Cartagena que en los Estados Unidos, las Antillas o Venezuela. Tribuno del pueblo el 11 de noviembre de 1811, auxiliar y defensor de la plaza sitiada por Morillo, en 18l5, emigrado y corsario en 18l6, invasor de Venezuela en 1817, constituyente y padre de la patria en Angostura, en 1819, incomprendido por sus contemporáneos. Murió llamando a sus compañeros de caravana de aquella mañana eterna del lunes del 11 de noviembre.



La víspera

Pedro Romero se había dormido por un instante en el amanecer del domingo y había soñado con el Almirante José Prudencio Padilla, vestido de azul, el más aguerrido de los muchachos que hasta entonces había conocido Pedro Romero. Lo había visto cruzar el mar desafiando la tempestad  enfrentándose a los ingleses, lo había imaginado desde niño como aprendiz de marino en las olas altas del atardecer en el puerto de Riohacha, lo había visto prisionero trazando mapas de salvación detrás de una cárcel a bordo de un buque inglés, y había percibido su sentido del sacrificio, su transparencia congénita, su dignidad de guerrero.

Padilla había sido nombrado desde hacía dos años Contramaestre del Arsenal de Cartagena. Sabía Padilla que su quehacer sigiloso y activo con los núcleos clandestinos de la oposición del régimen español, había despertado el recelo de la corona española. Con su sueldo de Contramaestre había financiado hojas volantes que respaldaban la gesta independista de agosto en Mompox. Desapareció de su oficio de contramaestre desde ese domingo 10 de noviembre de 1811. Y prefirió no reclamar su sueldo de las arcas reales, para consagrar sus días al augurio de la libertad.

Dejó de soñar cuando de pronto Pedro Romero vio aparecer en el marco de la ventana, a su hija Ana María de la Concepción Romero, cruzando la luz de la plaza con una pollera blanca, mientras José Prudencio Padilla, a contraluz, le lanzaba pañuelos perfumados  a la sombra de sus pasos. Y lo despertó el cascabeleo de la risa de la muchacha. Se había casado con el Coronel Ignacio José de Iriarte y se había separado, y en la ciudad se rumoraban los amores ciertos con el Almirante Padilla. María Josefa Teodora, su otra hija, se había casado con Ignacio Muñoz.



Un niño con una bandera en la plaza

Los hombres que empezaron a salir por la puerta de la casa de Romero, van armados. Era una milicia comandada por él, denominada Lanceros de Getsemaní. La Milicia de Negros, que Pedro Romero presidía. Sorpresiva y audazmente partieron de la Calle Larga y la Plaza de la Trinidad hacia la Plaza de Mercado y entraron por la Boca del Puente. Desde la Plaza de San Francisco hasta el Palacio de Gobierno. En la caravana iba a un niño con una bandera: Pablo Olier, de apenas 12 años. Cuenta Donaldo Bossa Herazo que la presencia del niño abanderado mezclado con las milicias patriotas y con la masa de artesanos y hombres de la calle, fue seguramente motivo para muchos comentarios de los entusiastas cartageneros que en aquella fecha proclamaron su independencia absoluta del poder español.

El niño atravesó la calzada, con su bandera al viento. Era una bandera- con dos fajas horizontales cuenta Bossa Herazo- una blanca y otra verde, con cinco cangrejos negros que aludían de una manera  ingenua al nombre caribe de Cartagena-Calamari- y los cinco cantones de la antigua provincia.



Pedro Romero ya no hace campanas

Pedro Romero hizo por estrategia las últimas campanas de Cartagena en aquel noviembre de 1811. Era un virtuoso herrero contratado por los españoles como fundidor de la Maestranza de la Armada. Le ayudaban su hermano y sus hijos. Pedro Romero Reparaba cañones, hacía puertas y ventanas de hierro y dotaba de campanas a las iglesias de Cartagena.

Siendo muy niño Donaldo Bossa Herazo, descendiente de Pedro Romero, le oyó contar a su abuela materna, doña Carmen de Hoyos y Romero, que era su biznieta, que Pedro Romero había llegado a Cartagena como Acuñador Real.

Es muy probable- dice el historiador Alfonso Múnera Cavadía- que Pedro Romero “haya sido uno de los artesanos que el ingeniero Arévalo se trajo de Cuba para los trabajos de fortificación. Sabemos que en 1810 imploró al rey que le dispensara a su hijo Mauricio la condición de mulato, para que pudiera estudiar leyes”.

La  habitación de Pedro Romero se encontraba en la esquina de la Calle Larga, frente a la Puerta del Perdón de la Iglesia de la Tercera Orden.  En la misma calle Larga, casa marcada con la nomenclatura 8B-178,  tuvo su taller de fundición hasta 1811, escenario estratégico de donde partieron los lanceros de la independencia de aquel noviembre. Ambas casas eran bajas, precisa Bossa.

Algunas de las campanas fundidas por Pedro Romero aún se conservan en la iglesia de San Roque en Getsemaní y en el Convento de la Popa. La gran sorpresa reservada a los españoles es que detrás de La Maestranza se estaba gestando la milicia popular Los Lanceros de Getsemaní, que liderarían la Independencia de Cartagena, después de tres siglos de dominio español.

Según Donaldo Bossa, a Romero debió comprometerlo en el movimiento emancipador su yerno, el doctor Ignacio Muñoz Jaraba. Con otro patriota muy señalado, Juan José Solana, fueron encargados de atraerse en gran número de hombres de valor y de resolución (en Getsemaní) que estuvieron prontos al primer llamamiento de García Toledo”.

En las luchas de facciones que dividieron a los cartageneros después del 11 de noviembre, Romero formó siempre con los Piñeres y Muñoz, es decir, el ala izquierda de la república patriota.

Desde 1810 Romero fue Comandante del Cuerpo de Patriotas Lanceros de Jimaní, organizado, y, en parte, sostenido por él de su propio peculio. Este cuerpo y los llamados 1 y 1 de Infantería, fue el contrapeso ideado por los patriotas cartageneros para el veterano regimiento “Fijo”, que suponía, con razón o sin ella, adicto al Rey.



El 11 de noviembre de 1811, a la cabeza de los Lanceros, y del pueblo de Cartagena, Romero, en compañía de su yerno Ignacio Muñoz Jaraba, de Gabriel Gutiérrez de Piñeres, del cura Nicolás Mauricio de Omaña, de Juan José Solano, de Manuel Marcelino Núñez, y de mil más, exigen de la Junta Suprema la proclamación de la independencia absoluta.

Durante el sitio de Morillo, Pedro Romero, sin abandonar su curul en la legislatura del estado, defendió el baluarte de la Media Luna como teniente Coronel de las Fuerzas Patriotas. Allí lo acompañaron sus hijos.

Como Diputado, firmó el Acta de la Convención, de fecha 13 de octubre de 1815, en la que se ordena “que el gobierno en uso de sus facultades dispusiere cuando y como tuviere por conveniente la proclamación del Augusto Monarca de la Gran Bretaña en los términos acordados, comunicando a nuestra Legación en Londres las instrucciones convenientes.

La familia de Pedro Romero fue perseguida por las huestes de Pablo Morillo, antes y después de su muerte. Su casa le fue confiscada por las autoridades españolas, y tres más que tenía en los Portales del Puente, en el actual Camellón de los Mártires. Éstas últimas, con treinta más de otros dueños, fueron demolidas por orden de Morillo, alegando razones de seguridad militar. Aquellas casas estaban ocupadas por pequeños comerciantes y revendedores, umbral del mercado público de Cartagena.



Epílogo

Por las mismas calles de Pedro Romero pasan ahora miles de niños con la bandera de aquel día en un desfile gigantesco de los estudiantes a los héroes de la Independencia. Sus restos reposan en la iglesia de Santo Toribio.

En el aire resuena la música inquietante y dolorosa de su última campana.

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