Las claves de Vargas Llosa

27 de enero de 2013 12:01 AM

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Muy pocos escritores se han ocupado del tema del oficio de escribir novelas como lo ha hecho Mario Vargas Llosa. Transmitir conocimiento para que otros lo produzcan es el propósito de su discreta autobiografía “Cartas a un joven novelista”.
Pero el texto no se constituye en un tratado de preceptiva literaria sino en un itinerario fascinante sobre cómo ha construido una obra  basada en ciertas normas subjetivas. Se remite a su experiencia, no a la de otros, y a través del género epistolar revela a su destinatario una serie de claves que le han sido útiles en la construcción de ficciones. Son consejos, orientaciones, que ningún aprendiz de escritor podría desestimar porque el autor es una de las voces más respetables de la novelística mundial, y porque su discurso carece de prepotencia, es diáfano, claro, y es un generoso ofertorio que el Nobel peruano le hace a quienes buscan convertirse en profesionales del arte de narrar.
“Cartas a un joven novelista”, según lo cuenta su autor, surgió como una idea de confiar los secretos de una labor intelectual que no sólo depende de la imaginación, del talento y de la vocación, sino de un irrestricto compromiso con la disciplina y el tesón. Escribir novelas no se aprende. Sin embargo, quienes han sido llamados, como cita el autor, “por una predisposición de oscuro origen, que lleva a ciertas mujeres y hombres a dedicar sus vidas a esta actividad”, pueden perfeccionarla para adquirir mayor destreza a la hora de sentarse a fabular.
“Querido amigo: su carta me ha emocionado, porque, a través de ella, me he visto yo mismo a los catorce o quince años, en la grisácea Lima de la dictadura del general Odría, exaltado con la ilusión de llegar a ser algún día un escritor, y deprimido por no saber qué pasos dar, por dónde comenzar a cristalizar en obras esa vocación que sentía como un mandato perentorio: escribir historias que deslumbraran a sus lectores como me habían deslumbrado a mí las de esos escritores que empezaba a instalar en mi panteón privado: Faulkner, Hemingway, Malraux, Dos Passos, Camus, Sartre”. Así comienza la primera carta a ese joven novelista, que hoy desearía también deslumbrar a sus lectores como Vargas Llosa lo hizo con él en “La ciudad y los perros” y esas otras novelas donde quedó establecida magistralmente “esa propensión a apartarse del mundo real, de la vida verdadera, en alas de la imaginación”.
El estilo, el tiempo, los personajes, los vasos comunicantes, el narrador, son asuntos abordados con claridad y precisión en “Cartas a un joven novelista” desde el punto de vista personal del autor, pero también hay abundante material sobre “Las trampas, silencios y la urdimbre compleja que sostiene la ficción” y una de las más bellas recomendaciones a quienes se inician en el oficio: “Quién ve en el éxito el estímulo esencial de su vocación es probable que vea frustrado su sueño y confunda la vocación literaria con la vocación por el relumbrón y los beneficios económicos que a ciertos escritores (muy contados) depara la literatura”.
vergaraglenda@hotmail.com

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