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Legalícenla

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Ya están anunciando por la televisión la próxima aparición de la segunda parte de la telenovela “El Cartel de los Sapos”. Nos fascina el espectáculo del horror.

Es un asunto cultural: nos acostumbramos a cierta estética que está perfectamente instalada en la vida cotidiana del país. Una estética que se manifiesta en los cuerpos de ciertas mujeres, por ejemplo: las narco- barbies. Ya saben: una voluptuosidad andante que se exhibe como quien muestra un caballo de raza fina y cara. Son lindas, atractivas, seductoras y cualquiera que tenga plata puede hacerse una operación de esas. Lo que pasa es que en el país del narcotráfico, eso tiene sus implicaciones.
Como cuando un ve una camioneta bien ostentosa circular por la avenida. Nadie tiene que suponer que ahí va un narco. Pero, en nuestra experiencia con la cultura narco, que se difunde avasallante por todos los medios de comunicación, resulta casi inevitable suponer quién está tras los vidrios ahumados de la Hummer. La estética narco tiene su música. Me acuerdo cuando estudiaba el bachillerato. Había unos muchachos que venían de La Guajira. Era la época de la bonanza marimbera. Eran impresionantes las camionetas Rangers que llevaban al colegio, eran juguetes caros. Se presentaban enjuagados en perfumes costosísimos. Las prendas: el oro en piezas de distintos quilates, las piezas de plata tenían un brillo intimidante. Y la ropa. Toda a la última moda. Y tomaban whisky y fumaban cigarros finos e importados. Iban a clase, se dormían y todos ganaban el año. Cualquiera, a esa edad, duda de los beneficios de seguir por el buen camino. No obstante el costo en sangre, lo importante era la plata. No obstante la guerra entre dos familias, cuya leyenda relata el absurdo exterminio de todos sus miembros hombres: Los Cárdenas contra los Valdeblanquez. Los vallenatos cantaban la atmósfera marimbera.
La bonanza tuvo su telenovela en 1982 cuando apareció “La Mala Hierba”, basada en un trabajo periodístico de Juan Gossaín. Ahí está la historia de ascenso, riqueza y poder del cacique Miranda. Yo me acuerdo que la vi en un televisor a blanco y negro. De eso a “Sin tetas no hay paraíso” ha corrido mucha sangre bajo el puente. Millones en este país le hemos visto las caras al narcotráfico. Primero la mencionada bonanza marimbera; después vino Pablo Escobar y el cartel de Medellín; luego vino el cartel de Cali y el proceso ocho mil; caída la Unión Soviética, los guerrilleros son narcos también; más recientemente se destapó el paramilitarismo, aunque, este nace casi al mismo tiempo que las FARC, en los años sesenta. Y la cara actual es el narcotráfico recibido en los sótanos de la Casa de Nariño, lo que termina simbolizando la captura de una parte del Estado colombiano; aparecen también los 180 cartelitos, las oficinas y las BACRIM ¿Qué es lo que está por venir?
Nosotros viendo todo por televisión, donde las telenovelas cuentan más la realidad nacional que los noticieros que, más bien, la ocultan. Nos ocultan, por ejemplo, que nuestra guerra es agraria. Que la desigual repartición de la tierra y sus riquezas es motor de conflicto. Y que, si consideramos la incidencia del narcotráfico, la tierra termina cultivada con sangre de mucha gente inocente. Todo está al revés. Las telenovelas narco nos demuestran que “lo malo es ser bueno” y que sólo al tramposo le va bien: un ejemplo patético que se ha legitimado y validado durante estos ocho años.
En estas elecciones presidenciales, se ha puesto en evidencia que millones de personas tenían miedo de expresar lo que pensaban. ¿A quién no? Si pensar distinto al gobierno era ser acusado de terrorista. Hice un curso de cine en Cuba, en el 93. La escuela es fenomenal. La vida cotidiana asfixia. Sentir en carne propia el ahogo en sangre de no poder gritar con fuerza ¡Abajo Fidel!, es estar muerto en vida. Es una isla – cárcel. Últimamente vivía con el mal presentimiento de repetir aquella pavorosa experiencia en mi propio país. La corriente incontrolable del narcotráfico nos llevó muy lejos y todavía falta. Legalícenla, cuanto antes: hay que parar el desangre. Hay que cambiar el enfoque con que la televisión y los grandes poderes de aquí y de afuera, nos obligan a ver la realidad. Dirán que soy idealista, pero, no. Legalizar la droga nos implica como proyecto de país, de forma muy seria. No este bochinche de cartel de los sapos en que nos convertimos.

ricardo_chica@hotmail.com

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