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Lo que Virginia Woolf pensaba de las mujeres

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Las mujeres han sido el espejo del hombre, pensaba Virginia Woolf, la mejor escritora que tuvo Londres en la primera mitad del siglo XX y una de las grandes de todos los tiempos. El 28 de marzo de este año se cumplen 70 años de su muerte.

Ella eligió una manera ritual de morir sumergiéndose en el río con los bolsillos llenos de piedras. He vuelto a leerla, a propósito de la vigencia de su ensayo “Una habitación propia”. He regresado a mis propias páginas de una semblanza que hice titulada “Bailaré sobre las piedras incendiadas”, publicada por Editorial Panamericana, dentro de la serie Cien personajes.

Las palabras y la visión permanecen intactos:

La mujer es un poder y una magia que ha permitido que el hombre no se vea real en ese reflejo sino del doble de lo que verdaderamente es. Sin ese don la tierra seguiría siendo un pantano, y la mano del hombre estaría aún grabando la silueta del ciervo en los restos de huesos de corderos. Y Napoleón y Mussolini que siempre creyeron en la inferioridad de las mujeres, dejarían de agrandarse si no tuvieran a una mujer detrás de ellos. Sin ellas el espejo encoge la imagen y el destino del hombre se disminuye.

(...) Virginia pensaba que dentro de cien años, las mujeres dejarían de ser el sexo protegido y se integrarían a todas las actividades y esfuerzos que antes les eran prohibidos. No se sabe qué será del ser mujer cuando no sean protegidas. En eso pensaba cuando abrió la puerta de su casa.

Ahora, bajo la luz de su lámpara, Virginia se ha puesto a meditar en qué condiciones vivían las mujeres en el tiempo de Isabel I y por qué ninguna mujer escribió una sola palabra mientras un hombre de cada dos tenía la disposición de escribir un soneto o una canción. Entonces imaginó la obra literaria como una tela de araña, como algo que no se improvisa sino que se construye desde adentro.

(...) Medita sobre las mujeres en la obra de Shakespeare y llega a la conclusión que “no parecen carecer de personalidad”. Cleopatra sabía andar sola. Lady Macbeth poseía una voluntad propia. Rosalinda debía ser una muchacha atractiva. En esencia, “las mujeres han ardido como faros en las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos: Clitemnestra, Antígona, Cleopatra, Lady Macbeth, Fedra, Gessida, Rosalinda, Desdémona, la duquesa de Malfi entre los dramaturgos; luego, en los prosistas, Millamant, Clarisa, Becky Sharp, Ana Karenina, Emma Bovary, Madame de Guermantes”.

Pero eso en la literatura. ¿Y en la vida? ¿Cómo se puede concebir que la mujer sea una criatura significativa en el ámbito de la imaginación e insignificante en la práctica? Es la reina en la poesía, la inspiradora de grandes pensamientos, y sin embargo, es la ignorada en la historia, el recipiente donde fluyen los espíritus.

“Las mujeres no pueden escribir las obras de Shakespeare. ¿Qué hubiera ocurrido si Shakespeare hubiera tenido una hermana dotada maravillosamente como él? Virginia ha imaginado a esa hermana y la ha nombrado Judith.

(...) Sus padres no la enviaron a la escuela, no tuvo oportunidad de aprender gramática ni lógica, ni leer a Horacio y Virgilio. Cuando intentaba hojear un libro, sus padres le pedían que les zurciera las medias o vigilara el guisado. Tenía el mismo talento del hermano para captar la musicalidad de las palabras.

(...) Virginia se pregunta: “¿Quién puede medir el calor y la violencia de un corazón de poeta apresado y embrollado en un cuerpo de mujer?”.

La muchacha quedó encinta por obra del director teatral. Una noche de invierno Judith decidió ponerle fin a su vida. Yace enterrada en una estación de buses, cerca de la taberna del “Elephant and Castle”.

Ésta es, según Virginia, la historia de una mujer que en los tiempos de Shakespeare hubiera tenido el genio de Shakespeare. Espíritus como el de Shakespeare no florecieron en Inglaterra ni entre los sajones ni los británicos. ¿Cómo podía florecer un genio como el de Shakespeare entre las mujeres cuando ellas estaban al cuidado de sus niñeras, estaban limitadas por la ley, las costumbres y el poder del padre? Pero advierte Virginia que, en medio de esa precariedad, debió haber existido un genio de alguna clase entre las mujeres que dejara alguna huella en un papel, como cuando apareció Emily Brontë o Robert Burns.

Es probable que dentro de las noticias de mujeres poseídas por el demonio, por brujas zambullidas en el agua, se tuviera la pista de alguna novelista malograda. “Alguna poetisa reprimida, alguna Jane Austen muda y desconocida, alguna Emily Brontë que se machacó los sesos en los páramos o anduvo haciendo muecas por las carreteras, enloquecidas por la tortura en que su don la hacía vivir. Me aventuraría a decir que Anon, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer. Según sugiere, creo, Edward Fitzgerald, fue una mujer quien compuso las baladas y las canciones folklóricas, canturreándolas a sus niños, entreteniéndose mientras hilaba o durante las largas noches de invierno”.

La conclusión de Virginia es que cualquier mujer con talento, nacida en el siglo dieciséis, se hubiera vuelto loca, se hubiera suicidado o se hubiera ido a vivir a las afueras del pueblo señalada de bruja. “Vivir una vida libre en Londres en el siglo dieciséis hubiera representado para una mujer que hubiese escrito poesía y teatro una tensión nerviosa y un dilema tales que posiblemente la hubiesen matado”.

(...) Virginia piensa en la habitación propia a prueba de sonido. Tener una habitación propia era algo verdaderamente impensable a principios del siglo diecinueve, a menos que sus padres fueran excepcionalmente ricos.

A ninguna mujer del siglo diecinueve se le alentaba a que fuera escritora o artista. Por el contrario, se le desairaba e insultaba.

Se pregunta: ¿qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? “Ante todo, independencia económica y personal”. En el único ser en que piensa Virginia, capaz de sortear todas las dificultades, sin que el ardor de su mente se apagara a pesar de cualquier contrariedad, es en Shakespeare. Cierra la puerta.

 

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