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Los pecados de La Virgen en Cartagena

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Por Viviana Cueto Ortega

Mide 48 centímetros y pesa 375 gramos. Es grande y con pico largo. En su edad adulta tiene la cabeza, cuello y región inferior color marrón, con líneas oscuras en el pecho. El pico es negro con la base rosada y las patas grises opacas y negras. A simple vista se confunde con una garza negra, pero no, es la Limosa Fedoa, popularmente conocida como ‘la aguja canela’, una de las 20 especies de aves migratorias de Alaska que llegan a la Ciénaga de La Virgen.

En Cartagena de Indias, capital de Bolívar y principal destino turístico no solo de la Costa Caribe sino de Colombia, la ciénaga de La Virgen es uno de los humedales más importantes del Caribe colombiano, después de la Ciénaga Grande de Santa Marta, también en el norte del país.

Los ambientalistas dicen que este cuerpo de agua llegó a tener una extensión de 22 kilómetros cuadrados y cuatro metros de profundidad, pero se ha reducido por las malas actividades del hombre y por el sedimento que arrastra el mar. Si sigue así, está destinado a desaparecer.

Además de su flora y fauna, la Ciénaga de La Virgen tiene como principal protagonista el ecosistema de manglar que desempeña una función clave en la protección de las costas contra la erosión, desastres naturales y oleaje fuerte. Los mangles tienen una alta productividad, porque son el hogar de una gran cantidad de organismos acuáticos, anfibios y terrestres que sirven para el consumo de las comunidades que la bordean.

Tristemente, hoy la Ciénaga de La Virgen y todos los que habitan  agonizan por la falta de cuidado de las autoridades y de sus propios vecinos. A su alrededor hay unas 170 familias apostadas entre La Boquilla y Arroyo Grande, algunos de cuyos miembros ejercen una mala presión por sus prácticas para pescar. Dicho de otra manera, los pescadores de La Boquilla podrían quedar sin peces y la Ciénaga sin agua.

TURISMO Y DESIDIA

En medio de aguas poco profundas y con más de 30 grados de temperatura propios de un sábado soleado, picante y brillante en Cartagena, subo a una balsa de madera a medio hacer, vieja y rústica para iniciar un recorrido por el que muchos consideran “el edén”. Es una gran fortaleza de agua. No sé qué me espera, pero de seguro es una maravilla natural, esa de la que todos hablan.

Fermín Pérez, nuestro guía y jefe de la Asociación de Pesqueros Informales de La Boquilla, es un activista ambiental. Es un hombre de piel oscura y manos encallecidas por el mar y las redes de pesca. Él afirma que la Ciénaga de La Virgen está en problemas, que van desde lo ecológico y social a lo económico y cultural.  Me asegura que la culpa no es de nadie en especial sino que la responsabilidad parece estar compartida: por un lado están los mismos pescadores y habitantes que bordean la ciénaga, incluidos los grandes hoteles y edificios de lujo; y por el otro; las autoridades ambientales, como el Establecimiento Público Ambiental (EPA) y Cardique, que deben implementar y hacer efectivos proyectos eco-sociales que ofrezcan soluciones ambientales e incluyan la  participación de las distintas poblaciones afectadas.

Deben -se ríe Fermín-, porque casi no se ven esas manos de las autoridades. Son unas 240 hectáreas que han sido robadas por habitantes de barrios subnormales y de lujo, esos que están a la orilla y encima de la ciénaga, y que también se convierten en los principales damnificados en época de lluvia. “La ciénaga agoniza y, mientras se hunde, se lleva consigo todos los sectores aledaños, porque a ella llegaba el 75 por ciento de aguas negras de la ciudad”. El comentario de Fermín es para preocuparse.

En la Costa Caribe Colombiana había, aproximadamente, 350 mil hectáreas de manglares. Hoy quedan 80 mil. Gran parte de las construcciones que hoy se conocen se hicieron -asegura Fermín- ocupando zonas de manglar, porque la tierra firme está debajo del agua. Pero mientras nuestro guía parece más enfocado en señalar los problemas de la ciénaga, yo aprovecho también el recorrido para contemplar maravillada esas aves que deambulan sobre el agua y esos parajes naturales que se forman por los manglares.

Por un lado -explica Fermín-, se aprecian grandes murallas blandas que se forman por los manglares, y que se conocen con nombres como las cuevas del “amor” y de la “alegría” por sus pasadizos casi secretos usados por muchas parejas para dar rienda suelta al “amor al aire libre”. Por el otro, no muy lejos, están unas pequeñas casas, casi diminutas, que adornan el horizonte. Son ranchos con destartaladas tejas y paredes coloridas de madera o concreto que dan vida al corregimiento de La Boquilla. Junto a ellas se alzan los grandes edificios y hoteles que también están arrasando con el manglar.

Desarrollo, construcciones, invasiones, malas actividades del hombre y desidia del Estado se han “unido” para convertir a la Ciénaga de La Virgen y sus manglares en un relleno de desechos que van en contravía de su naturaleza y de lo que eran hace muchos años. Los “invasores” se meten a vivir en zona de mangles y, con rellenos de escombros, perturban la oxigenación de la ciénaga. En Marlinda y Villagloria, habitan muchos pescadores que viven con el peligro latente de que sus hogares se inunden en cualquier momento por la subida de la marea.

Fermín es claro: “Es la misma naturaleza la que le está diciendo al ser humano que no aguanta más y por eso el nivel de catástrofe es cada vez mayor”. Los manglares, según él, son una joya riquísima de la naturaleza. “Viven en agua salada, dulce o salobre (mezcla de agua dulce y salada como la ciénaga) y no tienen la necesidad de botar su hoja. Su capa floral es un refractor de luz y mágicamente hay una hora de la tarde donde la hoja se torna de un color plata, porque envía la luz hacia arriba”. Agrega Fermín que la función de los manglares es múltiple: además de detener las mareas sirven de casa a aves. Las migratorias ahí se refugian y las endémicas ahí viven. También habitan boas, mamíferos, jaguares, peces, moluscos, crustáceos e iguanas. “El manglar también sirve de biofiltro –dice-- porque purifica el aire y el agua. Donde hay manglar, el agua es más pura. La ciudad se salva de una contaminación más grave, porque los manglares dan una mejor oxigenación, que se logra con la fotosíntesis”, explica.

¿Y DE LOS PESCADORES QUÉ?

Van unos 45 minutos de recorrido por este entorno natural, que contrasta con el desarrollo que ofrece una ciudad turística como Cartagena.

Para Fermín, no solo el progreso está afectando este hábitat natural. Pescadores como él también influyen en que la ciénaga y los manglares se estén deteriorando. “Las mallas que usan aquí para pescar –resume- no son adecuadas y no cumplen con los requisitos de ley, pero como aquí no vigilan ni controlan esas actividades, la gente lo hace de manera absurda. Por eso la actividad de pesca en Colombia ha bajado, porque la malla no es la adecuada, la gente no tiene sentido de pertenencia para cuidar las especies. Hay que saber capturar los peces grandes y dejar los pequeños para una mayor producción”.

Terminó el paseo. Son las 2 de la tarde y el recorrido no solo ha servido para conocer la Ciénaga de La Virgen y sus pasadizos casi oscuros por los manglares, sino para abrir los ojos de lo que le espera a Cartagena si no se actúa cuanto antes y damos una ayuda a la naturaleza.
 
SOLUCIONES, ¿A LA VISTA? 

Rafael Vergara Navarro no vive en La Boquilla, pero es abogado y experto en manglares del Caribe. Él advierte que las ciénagas en general no son profundas para que el pez grande no entre. “Los peces entran al desove y salen cuando ya están en edad madura al océano, al mar abierto. Por eso se prohíbe en el código de Recursos Naturales que la gente pesque en la boca de la ciénaga, porque están saliendo los peces que no han desovado y entran los que van a desovar. No dejan que haya reproducción. Los peces tienen un chip, ellos desovan en el lugar donde nacieron.

Frente al tema de los rellenos, Vergara dice que “no se necesita ser un versado para entender que esto hace que el ecosistema pierda tamaño, porque se le quita el espacio para captar la mayor cantidad de agua que tenemos por el aumento del mar producto del cambio climático. Las lagunas, ciénagas y lagos se deben respetar, proteger y cuidar”. 

En opinión de Vergara Navarro, deben existir barreras blandas y duras para enfrentar el cambio climático. “Sin ellas, estamos quitando una defensa; al rellenar el mangle se provoca un problema de inundación, las aguas tienen memoria y recogen por donde van”, asegura.

En Colombia, explica Vergara, talar los manglares es un delito grave. Las Corporaciones Autónomas Regionales tienen la obligación de sancionar a quien lo haga, porque están afectando el ecosistema y haciendo un daño a las zonas protegidas, lo que implica multas y obligación de resembrar. Penalmente también lo es porque estas zonas tienen normas que las defiendan. Son recursos naturales que ayudan a evitar la contaminación y cambio del uso del suelo. La Constitución Política, a través de la ley 99 del 2003, en su artículo 103, declara que la defensa del territorio corresponde a la Armada. “Entidades como la Capitanía de Puerto, Cardique, Fiscalía e, incluso, el Gobierno, son quienes velan por la protección y preservación de estas reservas naturales, pero su trabajo no se muestra por ningún lado, pues de ser así el equilibrio ambiental en Cartagena no estaría colapsando”, aclara el reconocido ambientalista.

UNA VÍA DE DESCONEXIÓN 

Al problema de los mangles se suma la Vía del Mar, que conecta a la Heroica con Barranquilla.

Fermín y Rafael coinciden en algo. Con la construcción en los años 80 de esa carretera, los peces fueron desapareciendo por el desequilibrio entre agua dulce y salada. Y eso era posible por las tres bocanas naturales que había, pero la carretera cerró las bocas que alimentaban la ciénaga. El estado, en su afán de remendar el daño, creó la bocana estabilizadora de marea en el 2000, financiada por los Países Bajos y por el Banco Mundial.

La Bocana Estabilizadora de la Ciénaga de La Virgen conecta el mar y la Ciénaga. “Esto es para diluir aguas contaminadas, purificar el agua, aumentar la salinidad y mejorar el tránsito de peces. Con la bocana se busca un intercambio continuo de aguas, que garanticen el flujo de la marea. De esta manera se logra que la Ciénaga se oxigene”, advierte Vergara.

Pero esto no dio resultado, según Fermín, porque fue construida cerca del aeropuerto y debió ser hecha en la boca natural, en La Boquilla.

Viviana Mourra, científica ambiental de la Universidad de Carolina del Norte, Estados Unidos, y directora de la Fundación Ecoprogreso, dice que es necesario que en Cartagena se construya un espacio o parque donde se pueda interactuar con el mangle. Por eso, hace seis años Ecoprogreso trabaja por la recuperación y preservación del ecosistema de manglares a través de estrategias socialmente incluyentes y participativas, que generen bienestar para las generaciones presentes y futuras.

“Si empezamos todos a ver la ciénaga como un espacio de recreación o algo que da algo bueno, se puede cambiar la relación que tenemos con la ciénaga. Hay que llegar por las emociones, porque la autoridad no es suficientemente fuerte y fundaciones como Ecoprogreso no existirían si las entidades públicas hicieran el trabajo como manda la ley”, dice Mourra.

Como estrategia para mitigar el daño en los manglares y la ciénaga, Ecoprogreso trabaja con las comunidades de La Boquilla, con colegios y entidades de turismo. Hace tres años vienen haciendo un censo de aves con una metodología aplicada a nivel mundial, lo que genera un conocimiento de cuáles son las especies que existen en la ciénaga y así forjar datos científicos para apoyar temas de conservación.

El futuro se ve incierto para la Ciénaga de La Virgen y sus manglares, pero Fermín Pérez, Rafael Vergara y Viviana Mourra no lo creen así. Para ellos, sí hay futuro. Las soluciones están a la mano y ellos las están buscando a su manera. El futuro está en seguir luchando e impedir que el problema se siga agudizando, haciendo que ese círculo vicioso se vuelva un círculo virtuoso, lo que ayuda a tener mejores posibilidades de vida. La conciencia es de todo el mundo, es un problema de todos. “Hoy, quienes protegen los manglares, de una u otra forma son aquellos que luchan por denunciar al que los mata. Aún así, es una defensa precaria, porque la autoridad no se ejerce como debería. En Cartagena, cualquiera puede robarse el espacio de los manglares y no va a la cárcel”, concluyen Fermín, Rafael y Viviana.

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