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Luis Fayad: medio siglo de amistad y cercanía literaria

Conocí a Luis Fayad a mediados de 1962 en el patio del Gimnasio Boyacá, abajo  del barrio Palermo. Él cursaba quinto de bachillerato y yo tercero. En los recreos  nos encontrábamos por “reflejos condicionados” los que fumábamos a escondidas  del prefecto Mora y que además hablábamos de literatura y política. En medio del  bullicio de medio millar de alumnos que tomaban gaseosa Colombiana, comían  mojicones y brazos de reina y jugaban cascarita, Luis Fayad, Camilo Silva Zárate, Pedro Manuel Rincón, César Amaya, Guillermo Roa, Álvaro Miranda, Diego  Hernández Ballesteros, Arcesio y Harold Zúñiga Dishington y yo, entre otros, nos  pasábamos el chicote de Pielroja agitando los dedos para esconder el humo, mien-tras comentábamos las últimas anécdotas del presidente Guillermo León Valencia  o discutíamos las teorías existencialistas de Sartre, Camus y Simone de Beauvoir.

El único que no musitaba palabra, pero escuchaba todo con suma atención,  era Luis Fayad, “el Turco”, como le decíamos entonces. Era un muchacho delgado  y ligeramente giboso, de rostro trigueño, cabello negro ondulado, mirada profunda y una nariz aquilina de pura estirpe árabe. Se había dejado crecer un bigote  espeso que a sus diecisiete años lo hacía parecer de mayor edad, aún más cuando  vestía traje azul oscuro, camisa blanca y un vistoso corbatín rojo de anudar, here-dado de su padre.

Una mañana llegué al colegio con un ejemplar de La mala hora, la novela con  que García Márquez acababa de ganar el Premio Esso, y la cual era obsequiada por  la empresa a quienes la solicitaban. Era una edición española bastante descuidada,  pero no vacilé en comentarle su contenido con febril entusiasmo a mis contertulios del recreo. “Es la dictadura de Rojas Pinilla en un pueblo”, afirmé, repitiendo lo que su autor me había dicho en 1960 en su apartamento de la calle 59, cuando la  estaba terminando de escribir. Entonces, por primera vez, Luis Fayad habló. “Esa  novela tiene que ser buena”, dijo con absoluta convicción. Luego, con esa cortesía  y timidez que desde siempre lo han caracterizado, me llamó aparte y me invitó a  tomar tinto a la salida del colegio, para hablar de García Márquez.

Ese fin de semana nos encontramos en la cafetería La Giralda y entonces me  soltó un secreto que guardaba celosamente hacía varios meses: estaba escribiendo  una novela. Me miró sin pestañear como si depositara en mí la más profunda revelación de su alma y enseguida le conté que yo andaba en las mismas con una na-rración experimental sobre los últimos días de Bolívar en Santa Marta. La novela  de Luis se titulaba El caminante y la mía Martirologio. Desde entonces, cada día  nos encontrábamos en La Giralda y nos leíamos en voz alta capítulos de las novelas. Ahí sellamos una amistad eterna al tiempo que nos distanciábamos del resto  del mundo hasta consolidar una relación de siameses que durante mucho tiempo  no hizo otra cosa distinta a leer los mismos autores (especialmente Hemingway,  Faulkner, Dos Passos, Capote, García Márquez, Cortázar y Rulfo), a escribir muchos cuentos y a hablar solamente de literatura, escritores y demonios similares.

Desde muy joven, Luis Fayad entendió que el oficio de escribir es como un  sacerdocio; es decir, que requiere, además de lectura, escritura y observación del  comportamiento humano, de una entrega total. Y así lo hizo. En marzo de 1966,  cuando no había cumplido aún los veinte años, publicó su primer cuento, “Justo Montes” en la revista  Letras Nacionales,  que dirigía Manuel Zapata Olivella.

Luego cursó algunos semestres de sociología en la Universidad Nacional y en  1968 nos sorprendió con la publicación de un libro titulado Los sonidos del fuego,  colección de cuentos que obtuvo de inmediato resonante éxito en un medio en  que comenzaban a emerger otros narradores talentosos como Germán Espinosa,  Óscar Collazos, Fanny Buitrago, Policarpo Varón, Darío Ruiz Gómez, Alberto Duque López y Roberto Burgos Cantor, entre otros.

A los veintiocho años sorprendió a sus lectores con un nuevo volumen de  historias cortas titulado Olor de lluvia, y antes de cumplir los treinta se fue para  Europa con una maleta ligera, una máquina de escribir portátil y el manuscrito de una novela de ambiente bogotano que publicaría tres años después en España y  que daría mucho de qué hablar: Los parientes de Ester.

Fayad vivió inicialmente en París, luego se trasladó a Madrid y a Barcelona y  más tarde se fue a vivir con Charo, su compañera, a las Islas Canarias. A mediados  de los ochenta, pasó a Berlín, en la República Federal de Alemania, donde se estableció (hasta el día de hoy) con Charo y sus hijos Darío, Diego y Delia. En abril de  1989 nos encontramos en Berlín Oriental, donde yo disfrutaba de una inolvidable  estancia meses antes de la caída del Muro en la antigua Rda. Nuestra conversación regada con abundante korn, vinos y cervezas alemanas y nuestro recorrido  por calles, avenidas, parques a orillas del río Spree, bares con valses vieneses al  fondo y casas legendarias (como el Berliner Ensemble), hasta la medianoche, son  momentos estelares de mi vida.

Lo demás, en la trayectoria literaria de Luis Fayad, es ampliamente conocido.

Además de los libros citados, publicó varios libros de cuentos y nouvelles: La carta  del futuro, El regreso de los ecos, Una lección de la vida, Un espejo después; y nuevas  novelas:  Compañeros de viaje, La caída de los puntos cardinales, Testamento de un  hombre de negocios, las cuales consolidaron su buena estrella de escritor. Aparte de  eso, ha viajado a todo lo largo y ancho del mundo y ha recibido numerosas distinciones, la última de ellas, la de Ciudadano Predilecto de El Líbano, en Beirut.

Sobre la calidad indiscutible de su obra narrativa se han encargado destacados críticos, ensayistas, académicos e investigadores literarios tanto de Colombia  como del exterior. La modestia de Luis (que es sincera y a prueba de toda vanagloria) y su cordial sencillez, le impiden no solamente darnos a conocer el reconocimiento que detenta sino la vasta cultura literaria que posee, pues jamás alardea  de sus méritos y glorias. Además, goza de la amistad y admiración de autores como

Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Roberto Fernández  Retamar, Sergio Ramírez, Antonio Skármeta, Plinio Apuleyo Mendoza y Homero  Aridjis, entre muchos otros conocedores de la buena literatura.

Medio siglo después de aquella luminosa revelación que marcó para ambos el  “camino de Damasco” literario, nos hemos vuelto a encontrar en nuestra amada  Bogotá, gracias a un homenaje que le rindió el Gimnasio Moderno en el marco del  programa “Las Líneas de su Mano”. Hemos vuelto, pues, a conversar y a ponernos  al día en nuestros temas favoritos, mientras saboreamos deliciosos platos de comida libanesa preparados por sus hermanas Teresa y Elena. Hemos recordado con  alegría juvenil aquellas narraciones que leímos juntos en la adolescencia durante  infinitas madrugadas en la cocina de su casa de Palermo, al tiempo que fumábamos como presos y consumíamos grandes cantidades de tinto. Y nos hemos vuelto  a emocionar al reencontrar en el recuerdo aquellas alucinantes conversaciones  mientras caminábamos por calles y avenidas de Chapinero en aquellos fervorosos  años sesenta “cuando éramos tan pobres y tan felices”.

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