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Mbilia Bel y la champeta disidente

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El intercambio sur – sur es conocido como globalización disidente, cuyas manifestaciones son principalmente culturales. Y es que, la globalización puede ser entendida como el intercambio planetario de capitales, mercancías e ideas.

Casi siempre asociamos el término con la desregularización financiera, con los tratados de libre comercio, con las aperturas económicas y, por lo general, la cultura se relega a un segundo plano. Predomina la visión economicista del término donde, el intercambio comercial, ocurre en condiciones muy desiguales.
Gracias a Internet se globalizan las constelaciones empresariales que detentan un poderío superior al de los mismos gobiernos. Y digo, gracias a Internet, porque los capitales (en forma de impulsos eléctricos) pueden llegar a cualquier parte del mundo. O irse. Y es cuando, en parte, sobrevienen las crisis terribles donde la gente de a pie lleva del bulto: se pierde la casa y se acaba el empleo. Sin ser economista, a mí me da la impresión de que la globalización de por sí no es negativa: lo que pasa es que no hay Estado que nos defienda de la voracidad insaciable de las transnacionales, las cuales, vienen por todo. O que nos prepare para la nueva economía con todo lo que eso significa, de ahí, que la globalización económica en su sentido norte – sur sea tan asimétrica. Entendiendo el “norte” como aquellos países donde habitan los centros de poder y el “sur” como la periferia de donde se extraen las materias primas y consume lo producido en el “norte”. Pongo “norte” y “sur” entre comillas porque la verdad es que el mundo está descentrado, es decir, que la dinámica de su relación es compleja y, más bien, consiste en una red de intercambios donde prevalecen ciertos intereses bajo ciertas marcas: por eso la coca – cola se encuentra en cualquier parte del planeta. Así como Mc Donald’s, o Boeing, o Nissan – Renault, o Aguas de Barcelona, o Citybank, o Apple, o Bayer, o Google, o Hilton. Lo paradójico es que la red, con toda su pluralidad y su diversidad, tiende a empaquetar el gusto mundial en unas cuantas opciones. O marcas, como había señalado.
Las condiciones y los efectos de la globalización sur – sur ocurren de manera insospechada. Hace poco un amigo mexicano me prestó un documental sobre cómo se repartían almuerzos en las calles de Abuja, capital de Nigeria. Estaba fascinado con lo que veía. No advertí la presencia de mi pequeña hija. “Papi: ¿Eso es aquí? ¿Eso es en el centro?” Me preguntó. Y es que, hagan de cuenta los ventorrillos de comida que hay en la plazoleta de las empresas públicas con todo su barullo, colores, olores, formas, gestos, palabrerías en cabeza de la gente que practica todo tipo de oficios callejeros: sastres, cocineros, zapateros, barrenderos, vendedores, laminadores, voceadores, taxistas, fruteros, clientes, oficinistas, empleados y cualquiera que vaya caminando por ahí. De inmediato no supe qué contestar. Cualquier cartagenero que vea ese documental sabrá de inmediato lo cerca que estamos de África, así no exista una línea aérea directa entre nosotros. El corrientazo que comen al medio día en Abuja, es el mismo que se come en Cartagena. El tráfico es igual. Y, seguramente, nuestras visiones de mundo son muy similares.
En virtud de lo anterior, la llegada a Cartagena de la cantante congoleña Mbilia Bel, es de lejos, el evento cultural del año, pues, tiene profundas repercusiones en los distintos modos de ser que habitan Cartagena, ya que, si hay algo que nos aglutina y nos confiere identidad y memoria es la música africana contemporánea. La cantante llega para el Tercer Festival Afrocolombiano de Música Champeta y actuará junto al picó El Rey de Rocha. Ello supone un profundo giro cultural, porque, en mi opinión, buena parte de la mediocridad de la champeta criolla es por su desconexión de lo acaecido en el mundo musical africano. Los éxitos setenteros y ochenteros de Mbilia Bel son los escuchados en los picós y más nunca se siguió la pista de esta artista tan importante. Estudiar e investigar qué subyace en nuestra relación con esta música es apostar por un referente de amor propio, frente al complejo de inferioridad que nos habita. La champeta tiene que recuperar su carácter disidente de manera comprometida. Hay que ir más allá de cantarle a los genitales. Hay que restablecer de manera activa y conciente la relación cultural sur – sur con África, en la globalización disidente: muy a pesar de la Cartagena hispánica establecida en academias y textos.

ricardo_chica@hotmail.com

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