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Meciendo el Caribe

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A uno lo mecen. Lo bueno es que aquí se sigue meciendo a la gente, porque, todavía, nos importan los niños. Aunque cada vez menos.

Por eso fue que las mecedoras pintadas de Gustavo me sorprendieron. No las esperaba, pues, había seguido por la prensa la pista de su obra pictórica, venía siguiendo la huella a través de los comentarios de los entendidos y de los no entendidos y un comentario aglutinador: la faceta pictórica de Gustavo era, hasta ahora, desconocida.

Sabía que iba a ver cuadros, pero, no unas mecedoras dispuestas como lienzos. Sabía que me enfrentaría al agua, a sus movimientos y a sus colores porque lo había advertido en las fotos por internet. Agua espesa, agua libre, agua dormida, agua fuerte. Agua puesta en rectángulos de varias dimensiones, con miras a contenerla. “Es que cuando niño en mi casa siempre se estaba haciendo algo. Siempre se estaba confeccionando alguna cosa con tela, con papel, con comidas, con las flores y lo que se pudiera sembrar. Mi papá, de viejo, hacía origami. En mi casa mis tíos hacían barriletes inmensos, de colores profundos. Tenía yo un carro de palo que me hicieron para una navidad”. Me dijo Gustavo cuando le pregunté sobre su faceta de pintor. “De manera que yo empecé a intervenir las cosas de la casa. Comencé a intervenir bolsos de mujer, los platos de la cocina, pedazos de palo, de maderas que encontraba en la playa, cosas que ya no iban a servir” Sentenció el pintor.

Aquella noche inaugural, en el centro cultural de La Tadeo, en la calle de la Chichería, la gente se sentó en las mecedoras de Gustavo. Sentí una leve pena por mí, pues, de haberlo sabido las hubiera estrenado la noche anterior, cuando, por casualidad llegué cuando las estaban instalando. Una mecedora que tira hacia el fucsia y otra mecedora que tira hacia el azul. Están pintadas por todas partes, con todos los elementos del agua y puestas en una tarima, puestas para mecer la imaginación, la ocurrencia, la conversación sin prevenciones, con tranquilidad. “Bacano ser parte de la obra” Pensé. Pero aquellas mecedoras de Mompox siempre estuvieron ocupadas y escenificadas por el agua pictórica llena de animales, de pájaros, de peces y de sangre. 

Honorio Tatis, así se llamaba el papá del artista. Y, aunque no hablamos mucho de él, resulta estremecedor su legado en las obras de “Augurios”, tal como Gustavo llamó a la exposición. Cuando pregunté por el motivo, me respondió: “Me gusta pensar en lo que está por venir, este es sólo un anticipo”. Desde hace siete años vive la experiencia de la pintura en virtud de su ejercicio del periodismo cultural y su contacto con tanta gente del arte y la cultura, de manera que decidió aprovechar para vivir: eso resulta evidente en la memoria de cincuenta cartoncitos, cuadrados, pintados y expuestos como la identificación y testimonio del origen, de cómo comenzó toda aquella experiencia que va y que ahí viene. Una noche, en una lectura de poemas, hace varios años ya, escuché decir a Gustavo: “Escribir es como salir desnudo a la calle. Expuesto a que te digan, a que te miren, a que te señalen. No eres dueño de la lectura de la gente”. Me acuerdo que lo dijo en ocasión de una pregunta que un estudiante formuló. La escritura, la poesía, el periodismo, vistos así, son cosas muy serias porque en nuestro medio no basta el talento, la voluntad, o la destreza. Resulta medular ser valiente, hay que atreverse.

A uno en el Caribe lo mecen. Lo arrullan a uno. La gente se da jonda en la mecedora en las salas, en los patios, en los balcones, en las terrazas. La gente se mece, buena parte de la vida contemporánea, frente a un televisor. La interpelación de Gustavo es clara: mecerse el Caribe en medio de la banda sonora de sus cuadros.



ricardo_chica@hotmail.com

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