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México: El novedoso cine que finalmente pudo dejar de llamarse "nuevo"

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El cine mexicano se ha reinventado a sí mismo. Y lo ha hecho de la manera menos esperada, sin bombos ni platillos. Tras el desmantelamiento de la industria fílmica creadora de la tan mítica "gran época del cine de oro", la cinematografía del país fue testigo de un par de etapas excepcionales de producción (a principios de los sesenta y, exactamente veinte años después, a principios de los noventa), que fueron prontamente bautizadas como "El nuevo cine mexicano".

Sin embargo, y aún a pesar de que esos momentos funcionaron como punta de lanza de las carreras de notables cineastas y produjeron emblemáticas películas de la cinematografía mexicana, los volátiles contextos políticos y económicos terminaron acabando rápidamente con estos periodos.

A la par de otras cinematografías latinoamericanas, particularmente la argentina, hacia finales de los años noventa y durante la última década varias circunstancias se conjuntaron para que pudiera florecer toda una vasta y diversa generación de jóvenes cineastas que han podido consolidar en muy pocos años una sólida carrera profesional transformando radicalmente la cinematografía local. Desde el propio proceso político del país (incluyendo la pérdida de la presidencia del partido hegémonico tras más de 70 años y el subsecuente desmantelamiento de las tradicionales estructuras de poder), así como el fortalecimiento de la sociedad civil, y en el caso particular del cine, la creación de fondos mixtos e híbridos de financiamiento (compuestos en su mayoría por apoyos gubernamentales, fondos latinoamericanos y europeos, así como de dinero privado –en gran medida fruto de nuevos programas de exención fiscal por los que la comunidad cinematográfica local luchó), el éxito en taquilla de ciertas películas, y la predominante carrera en el escenario internacional de varios directores empezando por Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, han sido algunos de los contextos que esta generación ha sabido aprovechar.

El número de jóvenes cineastas que han debutado y podido consolidar una carrera cinematográfica con dos, tres, cuatro, o en el caso de Nicolás Pereda, cinco largometrajes, es verdaderamente excepcional. Por mucho tiempo la posibilidad de hacer una carrera cinematográfica era sólo para un puñado de directores. Y al no depender de una sola fuente de financiamiento, la autonomía artística se ha mantenido bastante saludable. Más aún, en un país característicamente centralista sorprende que muchos de estos cineastas se colaron de canales no tradicionales, tal es el caso de Carlos Reygadas y de Pereda, quienes en su caso encontraron oportunidades en el extranjero para poder comenzar sus carreras fílmicas.

Quizás lo más notable de este trabajo cinematográfico radica en su pluralidad, tanto temática, como de forma de producción, y narrativa. En este sentido la película Revolución, compuesta por diez cortometrajes dirigidos por cineastas diferentes con motivo del centenario de la Revolución Mexicana, funciona como un buen muestrario de esta diversidad generacional. En esta renovación cinematográfica el documental también ha tenido un rol importante a la vez que muchos de estos cineastas han propuesto nuevas aproximaciones para entender la intricada y convulsa realidad del país, tal como es el caso de Juan Carlos Rulfo con En el hoyo y Yulene Olaizola y su Intimidades entre Shakespeare y Víctor Hugo. Aún más, varios de estos directores han creado fascinantes híbridos entre la ficción y el documental, como en el caso de El verano de Goliat, Alamar de Pedro González Rubio o el trabajo de Matías Meyer.

Y a pesar de que los contextos de distribución y exhibición distan mucho de ser óptimos y que hay muchos contextos que aún necesitan ser sorteados, esto no ha mermado el tezón y la vitalidad de esta nueva generación. Y es así como este novedoso y dinámico cine mexicano se ha dado tan a la marcha que ni siquiera ha habido la oportunidad de enlatarlo como "nuevo".

 

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