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Mis orejas y yo

Nunca se me había ocurrido escribir sobre ellas. De ahí que apenas recibí la propuesta de una revista colombiana de que las hiciera protagonistas de un artículo, ellas, mis orejas, mis grandes orejas, se pusieron en estado de alerta, como les ocurre a los gatos cuando un ruido inesperado suscita su atención.

¿Qué puedo contar sobre ellas? A los bebés les llaman poderosamente la atención. Si me acerco demasiado a ellos, atrapan la que encuentran al alcance de su mano, la entorchan con cierta fascinación como si fuera un objeto blando, elástico, de pronto comestible. Es una atracción comparable a la que también les producen las gafas, sobre todo cuando en ellas se refleja algún destello de luz. Gafas y orejas grandes hacen, pues, las delicias de los recién nacidos. También, cómo no, de los caricaturistas.

No sé a quién se las heredé. Nadie, entre mis antepasados de una o dos generaciones atrás, tenía orejas tan sobresalientes. Tampoco ninguna de mis hermanas. Un sobrino, sí. Pero no se resignó a ellas. A los diez años de edad se presentó donde su madre advirtiéndole que no quería seguir siendo objeto de burlas de sus condiscípulos. Algo había oído decir de correcciones quirúrgicas. Como ella no le prestó mayor atención, fue por su propia cuenta a un especialista que vivía cerca de su casa, le expuso el problema e inclusive le propuso la fecha de la operación. El médico no tuvo más remedio que llamar a mi hermana—madre del muchacho— por teléfono. “Ala, tu chino quiere que le pegue las orejas”, le dijo de una manera muy bogotana. Y ella, ante una determinación tan férrea, no tuvo más remedio que ceder. Operado, mi admirable sobrino dejó de parecerse a un duende despavorido para asumir un look más apuesto y dinámico, algo que hace pensar en el ímpetu de un caballo corriendo contra el viento.

No fue este mi caso, como es visible. Mi abuela decía que esas orejas levantiscas se las debo a una sirvienta que en Tunja, la noble ciudad donde nací, se empeñó en encasquetarme un gorro de lana que en vez de abrigarlas las dejaba por fuera y, para colmo, petrificadas por el frío. De esta manera habrían tomado su volátil independencia. Claro que el cuento del gorro no explicaba bien el atrevido tamaño de las mismas.

En el liceo, desde luego, este rasgo físico fue registrado sin piedad. Con frecuencia encontraba en el tablero de la clase un dibujo de mis orejas desplegadas a los lados, devorando de manera desmesurada el resto de la anatomía más bien insignificante. La verdad es que gracias a esas orejas, a los anteojos precoces, a los dos pomposos nombres latinos que me endilgó mi padre en recuerdo de mi abuelo cuando no estaba yo todavía en edad de defenderme, y gracias también a una reducida estatura por ser el más pequeño y tal vez el más joven del curso, nunca pude pasar desapercibido. Supongo que hay destinos marcados por singularidades no buscadas.

Aunque yo solo las advierto a la hora de afeitarme, es un hecho que mis orejas son tomadas muy en cuenta por personajes tan opuestos como son mis nietos, por los más connotados representantes de una izquierda biliosa así como también por los de la otra, más expeditiva y feroz: la que hace funcionar tiros y bombas a órdenes de la guerrilla.

Mis nietos franceses tranquilamente me llaman Papi, grandes oreilles, o sea “Abuelito, grandes orejas”, y ellas les sirven de rasgo de identificación cuando me pintan en sus cuadernos escolares. Con menos ternura, el periodista colombiano Antonio Caballero se refirió a ellas como las de un maligno Merlín en un  artículo a propósito de los amigos del presidente Álvaro Uribe. Allí exponía, además del terrible pecado derechista de no abrirle los brazos a la guerrilla, nuestros excesos físicos, con la misma maledicencia que muestran frente a ellos los delicados peluqueros de señoras. Tal vez ya he contado cómo, un día después de haber leído este artículo, vi a Caballero en la ventana de un restaurante de Madrid. Era cerca de la media noche. Al verme entrar en el establecimiento con aire resuelto se levantó con pavor. “¿Vienes a insultarme?, me dijo. “No hombre, qué va. Solo quiero decirte que mi nieta está de acuerdo contigo. Tengo orejas grandes”.

De su lado, los comandantes de las FARC  también se han ocupado de ellas. Cuando dirigentes políticos o gremiales de Colombia se entrevistaban con ellos con la esperanza de un acuerdo de paz, el entonces presidente de la Asociación Nacional de Industriales, Fabio Echeverri, me puso en guardia. “Ten cuidado, me dijo a su regreso del lugar donde se efectuaban las entrevistas con la guerrilla. Los de las FARC no te quieren”. “Ni yo a ellos”, le respondí. “Pero ten cuidado—repitió Fabio— Pueden hacerte algo. Te llaman orejón. Orejón h.p. Quieren hacerte pagar lo que escribes”. A mí, para ser franco, no me cayeron de nuevo sus amenazas. Pero sí aquello de orejón. Nunca imaginé que hubiesen registrado lo que hasta entonces consideraba poco perceptible en los ámbitos donde reinaban Manuel Marulanda y el llamado Mono Jojoy.

Lo cierto es que mi mujer sí tomó en serio aquella observación. Un día, cuando estábamos a punto de emprender un viaje en automóvil por parajes donde solían hacerse en otro tiempo los secuestros masivos o pescas milagrosas de la guerrilla, se empeñó en disfrazarme muy a su manera, poniéndome un sombrero y pegándome las orejas al cráneo y al poco pelo gris que me queda mediante dos fuertes esparadrapos. Claro, quedé irreconocible. Era otro; tal vez una especie de eunuco. “Cálmate, la vida es más importante. Nadie va a saber que eres tú”, me decía mi mujer, advirtiendo mi malestar ante un camuflaje tan oprobioso. Lo que nunca imaginó es que mis orejas no soportaron semejante castigo más de media hora. Al cabo de ese tiempo, como un pájaro que despliega súbitamente sus alas, se levantaron simultáneamente tirando del esparadrapo y jalándome el pelo de un modo atroz. Airosas, desafiantes, estaban devolviéndome mi identidad perdida.

Así, pues, nada que hacer. Donde vaya yo van ellas. “La culpa fue de esa condenada”, decía mi abuela refiriéndose a la sirvienta de Tunja y a la manera como me calaba el gorrito de lana. Pero, aquí entre nos, no lo creo. Nunca, ni cuando era un bebé, quisieron ser discretas.





* Texto aparecido en el libro “Muchas cosas que contar”, de Plinio Apuleyo Mendoza, publicado por Planeta, y cedido por su autor a Dominical.

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