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Muntú: una filosofía africana para salvar al mundo

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La simiente primigenia de la humanidad nació en África. Este hecho fundamental para el entendimiento del desarrollo de la cultura universal ha sido sistemáticamente soslayado u ocultado por quienes persisten en erigir a Europa o Asia como las civilizaciones más antiguas de la historia.

¿Qué son veinte, quince o cinco mil años de antigüedad comparados con los dos millones de años que se le reconocen al homo habilis que construyó las primeras herramientas, los cimientos de la civilización?

Para justificar que la cuna de la humanidad tuvo lugar en Europa se inventó la teoría de la primogenitura del homo sapiens, o del neardental de la caverna de Lascaux (Francia) y de Altamira (España) y al cual se le atribuyen la primera civilización del fuego y las pinturas rupestres, cuando para esa época, calculada aproximadamente en 500 mil años atrás, ya en África varias familias de homo sapiens recorrían todo su territorio desde hacía más de dos o tres millones de años. La pregunta sin respuesta que subyace en la gran ignorancia de los paleontólogos, es cuándo y cómo la semilla africana de la vida inteligente se dispersa por Europa, Asia y América. Lo cierto es que estos restos humanos semejantes a los que vivieron originalmente en el sur y el norte de África se encuentran en Europa, el Cáucaso, Siberia, Pekín, y en islas como Java, donde Dubois encontró el fósil del pitecantropus erectus.

En esa edad ignorada de la historia se esconde la diáspora genésica africana, la más trascendente de la humanidad, cuando los primeros hombres iniciaron los descubrimientos de los grandes ríos, los mares, los continentes, los desiertos, los hielos y las estepas. Para explicar estos desplazamientos del hombre primitivo abundan las hipótesis, que siempre ignoran los testimonios fósiles que revelan su parentesco con la raíz africana. Surgen entonces los ocultamientos, afirmándose que por causas desconocidas, en distintos lugares del planeta aparecieron especímenes más evolucionados y con rasgos raciales —color, cabellos, tallas— diferentes. La teoría de la supremacía del hombre blanco—el neardental, el homo sapiens—sobre el resto de los humanos se asentó como verdad científica, ignorándose la unidad, evolución y dispersión biológica de la familia humana sobre la Tierra.

(...) En esta perspectiva, haremos énfasis principalmente en la filosofía de los pueblos bantúes, herederos de las primeras culturas que habitaron, ya en épocas históricas, el continente africano. Nos referimos a un período concomitante con la existencia de los grupos étnicos que caracterizaron los genotipos humanos contemporáneos. Sin embargo, por haber sido África la cuna de la humanidad, es de presumir que preservaban las más antiguas experiencias sobre la vida, la muerte, la enfermedad, la familia, las concepciones filosóficas del universo, los dioses, los ancestros, las herramientas y el medio ambiente. Eran trashumantes que transportaban en sus migraciones conocimientos sagrados de la vida y la cultura. No debe extrañarnos, entonces, que su filosofía del muntú resuma los más antiguos conocimientos del hombre para ajustar su conducta a la sociedad y la naturaleza.

(...) La filosofía del mantú, auncuando tenga la originalidad de ser la más antigua, incorpora elementos de otros pueblos africanos y de fuera del continente, lo que la hace ecuménica en el sentido más humano, es decir: tiene validez más allá de los credos religiosos o políticos. Su prédica mayor va dirigida a la enseñanza de los principios elementales de sobrevivencia y convivencia entre los hombres y la naturaleza. Una filosofía vitalista y existencialista, íntimamente sometida a los mandatos superiores y sagrados de los ancestros.

(...) El muntú concibe la familia como la suma de los difuntos (ancestros) y los vivos, unidos por la palabra a los animales, los árboles, los minerales (tierra, agua, fuego, estrellas), y las herramientas, en un nudo indisoluble. Ésta es la concepción de la humanidad que los pueblos más explotados del mundo, los africanos, devuelven a sus colonizadores europeos sin amarguras ni resentimientos. Una filosofía vital de amor, alegría y paz entre los hombres y el mundo que los nutre.

Aunque para algunos economistas fisiócratas hablar de difuntos trabajando a la par de los vivos les parezca un tema mítico sacado de las sociedades tribales primitivas, su sentido más profundo expresa que el trabajo de los vivos debe enriquecerse con la experiencia atávica acumulada en la tradición. Y esta filosofía y esta praxis, mantenidas inalterablemente por los pueblos africanos en América  a lo largo de quinientos años de exilio y opresión, les permitió no sólo conservar su propia autenticidad —material y espiritual— sino enriquecerla con la asimilación y recreación de las tecnologías indígenas y europeos  a través del mestizaje étnico y cultural.



* Apartes del libro La rebelión de los genes: El mestizaje americano en la sociedad futura, de Manuel Zapata Olivella. Altamir Ediciones. 1997.

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