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Negro tenía ke sé

La imagen del joven negro haciendo el papel de esclavo en un evento de promoción turística en Bogotá, se instala en el sistema socio racial vigente en Cartagena.

Un sistema cuyo poderoso mito subyacente consiste en la superioridad del hombre blanco sobre las demás razas, pero, en especial, sobre el negro. El mito, tiene la propiedad de incrustarse en la mente colectiva, de manera tal, que se acepta y se cree que las cosas, así como están, están bien. De ahí que, mi sospecha, es que los publicistas que crearon la puesta en escena del esclavo, no vieron nada de malo en ello.

El sistema socio racial nos habita a todos y el desafío consiste en cambiarlo. Y, quizás, una de las estrategias más urgentes consiste en aprender a ser negro. La profesora Lewis León, de la Universidad de Cartagena, lideró –en compañía de instituciones y diversos actores sociales- el proyecto de pedagogía social “Negro tenía ke sé”. En el proyecto se convocaron a niños y jóvenes en distintos barrios de la ciudad. La profesora León encontró que, buena parte de esta población, no se autorreconocía como afro. De tal forma, pues, que estaban elaborando parte de su identidad individual y colectiva, a partir de la intensidad de su color de piel. Así, el más morenito, se creía mejor que el más negrito. La organización de castas raciales que predominó en la colonia aún funciona. Es por eso que La Colonia, no se debe entenderse sólo como una etapa histórica. Creo, que debe entenderse también, como una estrategia de dominación social, política, cultural, económica y territorial plenamente vigente.

Ante la sospecha de que en nuestra mentalidad colectiva subyacen vestigios, restos, lastres de nuestro pasado esclavo, y que además, ello posiblemente incide en nuestras decisiones de vida; digo, ante la sospecha de tal posibilidad, tenemos que postularnos como seres humanos capaces de conocernos bien. Comenzando por la historia y continuando con el amplio conocimiento de nuestra realidad. Capaces de producir conocimiento, que tenga efectos directos en nuestra calidad de vida. No sólo estoy hablando de tener un título universitario. Ocurre que el colonialismo global no quiere que pensemos, que interroguemos, o que reinventemos los procesos, ni los objetos. El colonialismo actual necesita que aceptemos. Se trata de una dinámica social muy sofisticada, pues, aceptar el sistema socio racial es tener esperanzas en él. Esperanzas en que un día nos va ir bien, sin importar mucho lo que esto signifique. O a resignarnos. O a desesperarnos, lo que tiene consecuencias de una violencia insospechada. Ahí está la señora que cuando se enteró de la muerte de su hijo pandillero dio gracias al cielo, porque ya no lo aguantaba más.

En otros términos, en Cartagena, una parte de la ciudad vive a expensas de otra. Y para eso es importante que creamos – a través de poderosas imágenes, con las que nos bombardean a diario- en viejos mitos de profunda raigambre: Dios es blanco. Los negros y negras son gente inferior. Es pecaminoso e inaceptable, un matrimonio entre personas blancas y negras. Los negros son brutos, violentos, incapaces. La condición natural del negro es la pobreza. Son mitos de los que casi nadie quiere hablar, pues, el negacionismo es contundente y muy efectivo. Más bien, en cierto sentido estratégico dentro del sistema socio racial, ocurre el proceso de blanqueamiento, el cual, se lleva a cabo mediante tácticas cotidianas. De otra parte, no hay que perder de vista que para entender dicho sistema, es clave, dar cuenta de un proceso multi dimensional. Es decir, que entran en juego categorías como la clase social, el género, las diferencias generacionales, la religión,  o los modos de ser entre otros.

De ahí que un par de películas sean tan importantes para sostener este debate tan necesario. “Chocó” del director y productor chocoano Jhonny Hendrix Hinestroza y “Vidas cruzadas” (The Help). Al minuto quince de la primera película, uno se olvida del mundo afro-chocoano, para centrarse en la esencia humana de una mujer llamada “Chocó” y su tragedia frente a la violencia machista tanto del entorno, como de su marido. En “Vidas cruzadas” la atención se centra en el drama de las mujeres negras muchachas del servicio, en el Sur racista de los Estados Unidos, de los cincuenta. Son imágenes tan poderosas como la de aquel muchacho negro que se rebuscó vestido de esclavo una tarde en Bogotá.



ricardo_chica@hotmail.com

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